Cubierta de 'A oscuras' (Tusquets), de Thomas Pynchon

Cubierta de 'A oscuras' (Tusquets), de Thomas Pynchon

Letras

Thomas Pynchon está de vuelta después de más de una década: lee el arranque de 'A oscuras', su nueva novela

Tusquets publica la obra del enigmático escritor estadounidense. Ambientada en los años de la Gran Depresión, llegará a las librerías el 13 de mayo.

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Hace ya doce años que una novela de Thomas Pynchon no preside un escaparate de nuestras librerías como nuevo lanzamiento. Al límite se publicó en 2014 en Tusquets, la editorial que tradicionalmente ha auspiciado las obras del escritor en nuestro país. Desde entonces, el silencio; un silencio consustancial a un autor alérgico al establishment literario. No concede entrevistas, no comparece en actos. Ni siquiera intuimos cómo será su rostro, a no ser que hagamos conjeturas a partir de las pocas fotografías que se conservan de su época de estudiante.

A sus 88 años, Pynchon vuelve a la carga con A oscuras, una historia ambientada en los años de la Gran Depresión. La peripecia del protagonista, el detective Micks McTaggart, nos lleva de Milwaukee a Budapest. Por aquí cabe la observación de un Estados Unidos en crisis y una Europa a punto de ser atropellada por el nazismo.

Habrá quien establezca alusiones al presente, a propósito de los desmanes de Trump y la amenaza ultraderechista, aunque con Pynchon, ya se sabe, de poco sirven los vaticinios... y acaso los análisis concienzudos. Lo que sí parece A oscuras es una narración más convencional que el grueso de su obra, donde a menudo somete al lector a un desconcierto irritante, por más que aquellos callejones sin salida suelan ser muy divertidos.

Cubierta de 'A oscuras' (Tusquets)

Cubierta de 'A oscuras' (Tusquets)

La nueva novela se emparenta con las dos anteriores, Vicio propio (2011) y Al límite (2014), por su estética noir. En las tres, además, el protagonista es un detective –en Al límite, una mujer, Maxine Tarnow– de singularísimo carácter. No faltan, por supuesto, las digresiones, el humor, los diálogos delirantes, las referencias culturalistas, los personajes –muchísimos– desorientados, la paranoia sobrevolando todo el texto...

Su exclusivo sentido del ritmo, casi vertiginoso por momentos, y su prosa desenfadada volverán a envolver al lector fiel del autor de Vineland –adaptada muy libremente por Paul Thomas Anderson en Una batalla tras otra en una novela que podría ser su despedida. Matones, emboscadas, swing, espías soviéticos, nazis, güisqui... Por delante, unas 400 páginas de puro Pynchon. Reproducimos las primeras páginas.

1

Cuando los problemas llegan a la ciudad, suelen venir por las vías férreas de la North Shore Line. Y dados los tiempos convulsos que vive el lago Michigan a la altura de Chicago, con los vientos cambiantes, la derogación de la ley seca a la vuelta de la esquina, Big Al Capone en la trena federal de Atlanta, y los asuntos de la Mafia de Chicago más alterados e imprevisibles, todo el mundo que necesita una excusa para salir pitando de la ciudad acaba viniendo aquí, a Milwaukee, donde, por lo general, lo más grave que te puede ocurrir es que te roben la pasta.

Hicks McTaggart ha estado dando vueltas por el distrito de Third Ward, la mayor parte del día sin quitar ojo a un par de turistas con sombreros Borsalino y gabanes de pelo de camello, procedentes sin duda de sus cuarteles generales, lago Michigan abajo, en el cruce de la Calle 22 y la avenida Wabash, pues la Mafia de Chicago se ocupa de todo lo que se precise en Milwaukee desde que Vito Guardalabene la palmó, aunque al sucesor de Vito, Pete Guardalabene, todavía se le considera el jefe en el Third Ward y sus fotografías aparecen en las páginas de sociedad, sonriendo en bodas y esas cosas.

Merodeando por el callejón al que da la parte trasera del Bella Palermo, el restaurante de Pasquale, Hicks oye la algarabía de un compadreo que enrolla fideos, le llega el olor a salsa de espaguetis, a ajo friéndose y a sfinciuni bagherese haciéndose sobre un fuego de ramas de olivo, y eso le da hambre, aunque hoy, tan cerca del día de cobro, el menú de su comida es un termo de café y un buñuelo de mantequilla que lleva metido en alguno de sus bolsillos.

Cuando se produce la explosión, parece proceder de alguna parte de la otra orilla del río y más cerca del lago. Los cubiertos y la cristalería hacen una pausa entre la mesa y la boca, como si todo el mundo estuviera observando un momento de quietud, y nadie parece sorprendido.

Es todavía el tema de conversación un poco después, cuando la gente sale apresuradamente a la calle.

— Vienes buscando un poco de paz y tranquilidad, y antes de que te des cuenta...

— Esto empieza a parecerse a Chicago.

Todo el mundo mira a los demás como si todos estuvieran metidos en algo. Tras la familiaridad o la indiferencia, se está cociendo una profunda maldad.

Durante las siguientes escasas horas, hasta que los dos tipos vuelven a subirse al tren, Hicks escucha no pocas historias diferentes, relacionadas con los líos de faldas del hampa, o con atracos para robar alcohol de los que todo quisqui ha oído hablar antes; pero ninguna le aporta gran cosa, ni siquiera lo que descubre cuando se acerca a la combinación de farmacia y ferretería, además de barra de almuerzos, conocida como Oriental Drugs, el verdadero corazón del East Side y fuente habitual de información fiable de Hicks en Milwaukee, y a veces hasta lugar para comer cuando no está demasiado cerca el día de cobro; porque, cuando sí está cerca el día de cobro, prefiere ir al Otto’s Oasis, un antro clandestino de licor, camuflado bajo un puesto de comida ambulante de barrio, con una lista de bebidas que abarca desde alcohol casero destilado hace apenas unas horas hasta importaciones de ron Real McCoy que se saltan el bloqueo, y adonde Hicks, por pura chiripa, llega junto a la puerta de la cocina justo en el momento en que la esposa de Otto, Hildegard, está sacando una bandeja de bocados gratuitos a la zona de la barra, así que mientras otros intentan toquetear a Hildegard, Hicks, todavía cavilando sobre la comida siciliana del Bella Palermo, se las apaña para hacerse con los suficientes bocados para aguantar al menos un par de horas más.

Más tarde, en la agencia de detectives Unamalgamated Ops, Hicks se encuentra a su jefe, Boynt Crosstown, esperando en el umbral y repiqueteando con los zapatos un nervioso boogie-woogie.

— Noticia flash — le dice, agarrando a Hicks y simulando tirarle de la corbata a lo largo del local hasta llegar a su despacho— , solo te pido un minuto.

Hicks intenta mantener una actitud profesional:

— Si por casualidad has oído algo a eso de la hora del almuerzo...

— Las piñas van y vienen — así llaman por aquí a las granadas de fragmentación— , olvídate de la reunión de la Cámara de Comercio de Santa Flavia y escríbeme un informe, se acabó la calderilla, nos ha entrado un cliente y es una persona extraordinaria, te digo yo que con él nadaremos en la abundancia... — y etcétera, etcétera.

— Ojalá no vinieras a trabajar cuando estás así, Boynt.

— Claro, claro, bueno, por una vez esto no es como soñar despierto en plena Depresión. Te garantizo que en este caso sí hay dinero, mucho dinero. ¡Lo he visto!

Con Boynt, eso suele acabar con un ilegible reconocimiento de deuda escrito a lápiz en una servilleta de bar húmeda. Hicks procura que la expresión de su cara no trasluzca ninguna duda.

— Esta vez va en serio, estaba allí mismo sobre la mesa, y verde... Tan verde como Wisconsin antes de que empezaran a talarlo.

— Qué lástima, mi colchón ya está por encima de su capacidad legal, los billetes sobresalen por las esquinas, ya me entiendes...

— Siempre has cobrado poco por tu trabajo — dice Boynt moviendo a un lado y otro la cabeza— , incluso antes del Crash, cuando bailabas por un centavo. — Pulsa un interruptor de su interfono— . Thessalie, ¿te importa traernos ese expediente?

— En Shorewood tenéis tramos impositivos completamente diferentes, ¿verdad? — A Boynt le llegan muchas pullas con respecto a la lucha de clases (en un tempo de máquina de coser industrial y sin parar), desde que, un día, una página de su expediente confidencial se plegó misteriosamente y tomó la forma de un avión de papel que entró volando en la habitación donde está el mimeógrafo, y en un abrir y cerrar de ojos las copias llegaron a todos los que trabajaban en el despacho, informando de los ingresos anuales de Boynt: un poco más de diez de los grandes, a lo que se añade lo que le corresponde del reparto de beneficios de varias pequeñas empresas cuyo cierre veremos algún día, aunque no a corto plazo.

Thessalie Wayward entra sin pedir permiso con la carpeta de un expediente de un tamaño no desdeñable que Boynt abre con dramatismo. Hicks atisba el recorte de un tabloide que le suena.

— ¿Qué es esto?, ¿el bueno de Bruno ha aparecido otra vez? — Se refiere al multimillonario local Bruno Airmont, conocido en toda la industria láctea como el Al Capone del Queso en el Exilio desde que en plena noche, no hace muchos años, llenó de billetes el maletero de un coche y se largó— . Se supone que se pasa el día tumbado en una hamaca — finge recordar Hicks— , en una remota isla tropical, nadie está seguro de cuál, bebiendo cócteles Singapore Slings por una manguera para incendios. ¿Y qué le pasa? ¿La jubilación lo pone nervioso?

— En realidad, esto tiene más que ver con su hija Daphne, con la que, si no estoy mal informado, tienes algún lío.

— Eso fue hace mucho tiempo — dice mientras se saca unos cigarrillos del bolsillo de la camisa, se mete uno entre los labios y lo enciende— . ¿Qué hace ahora?

— Pues parece que tu antiguo amorío se ha fugado con un clarinetista de una banda de swing.

— Ya veo que se mantiene ocupada. Por lo último que supe, creo que estaba comprometida con un tipo relamido de la North Shore.

— De hecho, acabo de colgar el teléfono después de hablar con ese feliz novio, G. Rodney Flaunch, de los Flaunch de Glencoe, que actúa como portavoz de las numerosas partes interesadas que nos han contratado, y, déjame que te lo diga, toda esa multitud no ha puesto la menor objeción a nuestras tarifas.

— ¿Y el trabajo consistiría en...?

— Localizar a la señorita Airmont allá dondequiera que haya ido, convencerla de buenos modos para que abandone a ese clarinetista, y traerla de vuelta. Una sencilla recogida y entrega.

— Imagino que a algunos les parecerá muy divertido, pero, por desgracia, como recordarás, los problemas conyugales nunca han sido mi especialidad...

Tiempo atrás, cuando empezaba en el negocio, una de las primeras cosas en las que se fijó Hicks fue en la cantidad de predivorciadas que parecían dispuestas, solo en los condados de Milwaukee y Waukesha, a demorarse ante líquidos prohibidos por la ley mientras le contaban sus intimidades con todo lujo de detalles, como si lo confundieran con un abogado que no cobraba demasiado y que incluso ofrecía sus músculos gratis, lo que culminaba en situaciones románticas fáciles de imaginar (salvo cuando le pasaron cosas que nunca vio venir), y después de bastantes de esos episodios inesperados se encontró más que preparado para transferir los casos matrimoniales a vigorosos empleados júnior, como Zbig Dubinsky, quien considera que la invención de la cremallera delantera del pantalón es un importante paso en la historia de la civilización y puede soportar cualquier larga y triste historia que prometa la menor posibilidad de sacar el asunto a pasear.

Ignorando esto, como suele hacer, Boynt continúa:

— Bueno, pero está tu relación personal con la dama, claro... Perdona, ¿qué quiere decir esa expresión en tu cara?

— ¿Esta? Es la de prestar mucha atención, diría.

— No. Si algo quiere decir es: «Pobrecito Boynt», y además impostada. ¿Quién te crees que eres para actuar como un dechado de virtudes? Aquí, el de pasado más glamuroso, incluso chillón, eres tú, ¿no?

— Lo que me hace menos cualificado si cabe...