Raúl Quinto. Foto: MC Moreno Sánchez

Raúl Quinto. Foto: MC Moreno Sánchez

Letras

Raúl Quinto reúne su poesía en 'Un idioma siempre al borde de la extinción': una finísima mirada a los otros

Su obra está marcada por un expresionismo decididamente postromántico. Además, pocos poetas tienen su oído y su capacidad para cerrar en alto cada poema, sin clarines retóricos.

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Como en todo poeta genuino –y Raúl Quinto (Cartagena, 1978) lo es sobradamente– la clave, la sustancia de toda su obra, reunida en Un idioma siempre al borde de la extinción. Poesía 2002-2026, está ya contenida en su primer libro, Grietas (2002): el tono, la atmósfera, las obsesiones, esa madeja de imágenes y de tropos que va reiterándose, volviéndose más dúctil con los años…

Un idioma siempre al borde de la extinción

Raúl Quinto

La Bella Varsovia, 2026
390 páginas. 22,90 €

Para empezar, una férrea voluntad constructiva, que hace de cada libro un conjunto mayor que la suma de sus partes. Para seguir, una sensibilidad marcadamente expresionista y a veces incluso tremendista ("Stalingrado, 1942"), pero siempre repujada o estilizada por el cincel del minimalismo, ese callar a tiempo o decir lo justo que nos invita a leer entre líneas. Por último, el deseo de que cada título sea la etapa de un viaje que se confunde con el propio vivir.

"Una vida sin examen no merece ser vivida", se dice que dijo Sócrates, y nuestro poeta lo sabe muy bien. Pero no se malinterprete este afán de autoanálisis con solipsismo, ni mucho menos –todo lo contrario–, pues si algo ha distinguido esta obra, sobre todo desde La flor de la tortura (2008) y Ruido blanco (2012), es la mirada sobre los otros, la atención a lo colectivo.

En la poesía de Raúl Quinto cabe distinguir tres zonas simbólicas que pugnan de forma incesante entre sí: lo corporal (sangre, piel, venas, arterias, carne, etc.), la materia orgánica, generalmente vegetal (tierra, raíces, musgo, etc.) y la materia inorgánica, tanto dada por la naturaleza como hecha por el ser humano (piedra, fósil, arena, pero también vidrio, metal, joyas, espejos, etc.).

Son elementos que tienen una vida intensa en su imaginación y que establecen relaciones de contraste y oposición desde las primeras páginas: "Planeta de sarmientos como carnes / que se uncen la cara en los lavabos", "Su carne […] se deshebra líquida", o "Si te arañas la piel verás arena".

Vemos cada vez cómo el cuerpo humano se concibe como agregación débil o falible de materia inorgánica –esa carne arenosa que se esconde bajo la piel– en la que irrumpe sin cesar la violencia geométrica del metal, de los cristales rotos, de las esquirlas.

En la visión de Quinto el hombre no es polvo de estrellas, sino simple tierra y ceniza; y la historia es la crónica del daño que las herramientas y utensilios del ser humano –sus armas, en definitiva– han ido infligiendo a quien las creó. Somos las primeras y más inmediatas víctimas de nosotros mismos. Y esto es algo que asoma de manera particularmente intensa en La flor de la tortura.

Formalmente, Raúl Quinto es un poeta de respiración clásica, que rara vez se aparta de los metros imparisílabos. Es un cañamazo que maneja con maestría y que ha ido combinando, en libros recientes, con excursos en prosa. Pocos poetas entre nosotros tienen su oído y su capacidad para cerrar en alto cada poema, sin clarines retóricos, pero también sin esa ironía "batética" que es uno de los signos más irritantes de nuestra época.

En este sentido, el expresionismo de esta obra es decididamente postromántico, por más que haya dialogado con el cómic (La piel del vigilante, aunque Alan Moore es, lo sabemos, un vástago directo de Blake) o ciertas realizaciones del arte conceptual (Beuys, sin ir más lejos). El propio autor rastrea en La lengua rota (2019) la huella de un compromiso político que coincide con su militancia en los movimientos del 15M, pero las diferencias –creo– son más de grado que de cualidad.

Un idioma siempre al borde de la extinción se abre con el verbo "despierta" y se cierra con el sustantivo "corazón". Juntas, estas palabras forman un imperativo que explica o abarca a su autor, pero que a nosotros, sus lectores, nos permite hacer camino.

José Couso

Vieron el ojo. Contemplaron
un espejo confuso
y decidieron
romperlo. Cada esquirla.
Como un párpado
de piedra y humo. Para ver
es necesario
cerrar los ojos. Para hervir
la realidad y continuar de pie
frente a las alambradas.