Alfredo Bryce Echenique. Foto: Archivo Europa Press/ El Comercio / Zuma Press / ContactoPhoto

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Letras

Bryce Echenique, la lucidez antes del güisqui

El viejo Bryce había quedado con Sabina. Su acompañante decía que, si no nos veíamos por la mañana, llegaría borracho y la conversación sería un desastre.

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Bryce Echenique, uno de los grandes narradores del boom, ha muerto.

Aquel día, la persona que lo acompañaba me llamó asustado y febril: "Hay que cambiar de hora la entrevista. No puede ser después de comer. Debe ser antes".

El viejo Bryce había quedado con Sabina. Su acompañante me decía que, si no nos veíamos por la mañana, Bryce llegaría borracho y la conversación sería un desastre.

Llegué al Wellington. El escritor me recibió sentado en una butaca junto a los lavabos. Tenía pánico a las escaleras y, para llegar al bar, había que vencer tres o cuatro peldaños.

Empezamos hablando del miedo. De cómo la depresión, la ansiedad y el insomnio lo torturaron siempre. (Llegó a ir a la universidad para dar clase en ambulancia). Y de cómo la literatura, también siempre, le hizo vencer. Venció al miedo y fue feliz.

"Desabrocha el estilo", le dijo Cortázar. Me dio el mismo consejo.

En París, tenía baño turco en la pensión. El baño turco de aquel París era un agujero en el suelo para todos los habitantes de la pensión.

Bryce, me dijo, fue feliz cumpliendo los tres mandamientos de Hemingway: ser pobre, estar enamorado y escribir mucho.

Nos reímos una barbaridad, aunque yo llegué muy enfadado. Bryce quería contar en la entrevista que dejaba de escribir. Le contesté poniendo una pila de sus libros en la mesa para que me los firmara.

Dijo que se puede ser "exescritor", que se le había pasado, que no tenía más cosas que decir. Se lo conté a Vargas Llosa, que me dijo que no lo creyera: "Ya verás, volverá pronto con uno de sus cuentonotes". Pero no volvió. Mario se murió y Bryce también se ha muerto.

Bryce tuvo la tentación de ser marxista por culpa de una novia, pero se dio cuenta de que ser marxista era planificar hasta el último día de la vida.

Amaba Madrid, aunque, cuando llegó, todo era gris "y todos los españoles os llamabais Paco, como el dictador".

Solo quiso ser padre una vez y esa mujer se mató en el accidente al que él sobrevivió.

Nos dijimos adiós hablando de la muerte. Quería que sus cenizas fueran al mar. Aunque tenía miedo de lo que le pasó a un amigo que quería lo mismo: su mujer las echó al váter.

Le pedí un epitafio. Musitó: "Vivió, escribió, amó".