Geoff Dyer. Foto: Guy Drayton

Geoff Dyer. Foto: Guy Drayton

Letras Libro de la semana

Las memorias de Geoff Dyer: una necesaria rebelión contra sus padres para cambiar la novela inglesa

El autor de 'Los últimos días de Roger Federer', un autodidacta, describe en 'Tareas' lo extraño que es, en sí mismo, el acto de recordar.

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Joanna Biggs
Publicada

"Lo más importante de mi formación como escritor", declaró Geoff Dyer ( Cheltenham, Inglaterra, 1958) a The Paris Review en 2013, "es que vengo de una familia que no lee". Tareas. Unas memorias, el último libro del prolífico y galardonado escritor británico, narra la historia de esa formación en su ciudad natal, y describe el mundo que el joven Dyer dejó atrás al mudarse a Oxford a los diecinueve años.

Tareas. Unas memorias

Geoff Dyer

Traducción de Damià Alou
Random House, 2026
344 páginas. 23,90 €

¿Pero acaso lo dejó atrás? No sería el primer, el único escritor que se ha pasado toda su vida volviendo a acontecimientos que ocurrieron antes de que tuviera palabras para expresarlos, y mucho menos para escribirlos. ¿Qué relación tiene el escritor de sesenta y siete años, que desprecia los géneros, es inteligentemente poco intelectual y muy dolorosamente divertido, con el niño que coleccionaba las tarjetas promocionales de las cajas de té Brooke Bond?

La continuidad es una exquisita y exasperante intimidad con el aburrimiento. Dyer ha tocado el hastío como un piano en sus libros anteriores, convirtiendo su impaciencia por escribir sobre D. H. Lawrence en el sui géneris libro Por pura rabia, una muestra de frustración, por cierto, que resulta totalmente apropiada para un lawrentiano.

De niño, Dyer era coleccionista no solo de cromos sino también de maquetas de aviones (construidas con impaciencia, por supuesto) y de soldaditos de plástico, antes de pasar a los vinilos de rock progresivo y los libros modernistas en su adolescencia. Los objetos de deseo del joven Dyer parecen dolorosamente ingleses, no solo de hace medio siglo sino de una civilización que desde entonces ha desaparecido.

Aunque escuchar las memorias personales de otra persona sigue siendo tan aburrido como siempre –en los momentos más bajos, leer este libro puede parecer como estar atrapado en una conversación con un tío que disfruta de sus recuerdos mucho más que tú–, Dyer es maravilloso al describir lo extraño que es el acto de recordar en sí mismo. Como adulto, se da cuenta de que el apego de su yo más joven a una tarjeta sobre la tortuga de las Galápagos supera con creces la emoción que siente al ver una en la vida real.

Tareas recoge el tipo de recuerdos que todos tenemos –el primer sorbo de cerveza, la primera pelea, la primera relación sexual–, pero también las rarezas que recordamos vívidamente, como aquella tarde de verano en la que los niños del barrio de Dyer jugaron en la calle con una pelota de playa hasta que explotó. Lo importante se desvanece rápidamente y lo trivial resulta ser inolvidable.

El padre de Dyer es uno de los personajes más inolvidables del libro. Se trataba de un obrero que creó las mejores condiciones para el aburrimiento con su renuencia a gastar dinero. También es, como suelen ser nuestros padres, el principal torturador de su hijo.

Cuando Dyer se interesa por el tenis, la visita a una tienda de deportes para comprar una raqueta se convierte en una catástrofe. Su padre está a punto de pagar cuando le dice al cajero que ha oído que los socios del club de tenis local tienen descuento. El cajero le pregunta si es socio. A lo que él responde: no.

Mientras el trabajador va a consultar con su jefe, el ambiente en la tienda, escribe Dyer, se vuelve completamente incómodo, y todos lo perciben, excepto su padre. Consiguen el descuento, como cortesía excepcional, pero Dyer recordará para siempre el precio pagado en humillación. (Más tarde escribió de forma memorable sobre este deporte, en particular sobre Roger Federer, al que dedicó Los últimos días de Roger Federer, 2023).

Las memorias de Dyer capturan hábilmente la tan improbable como inevitable transformación de la recatada novela inglesa

La madre de Dyer comparte la austeridad de su marido, aunque la suya es emocional. Trabajaba sirviendo el almuerzo en una escuela local –pronto dejó de llevar las sobras a casa cuando Dyer se negó a comerlas–, pero siempre hablaba de querer ser costurera. En casa, cosía trajes para los muñecos de su hijo, pero, para su desconcierto, nunca se permitió convertir su afición en su trabajo diario.

Parecía pensar que ese camino no estaba abierto para ella, como parece que creían muchas mujeres de su época sobre sí mismas. (Aunque le esperaba un giro inesperado, que da lugar a algunos de los pasajes más bellos del libro).

Quizás fue la actitud de sus padres, más que cualquier otra cosa, lo que llevó a Dyer a escribir. Habiendo sido "educado en casa en nociones de aceptación que más tarde me parecieron totalmente inaceptables", decidió no quedarse en casa catalogando sus colecciones toda su vida.

El acontecimiento más importante de la juventud de Dyer fue aprobar el examen que le permitió ingresar en una escuela secundaria, la institución más rigurosa del sistema de dos niveles que existía en Gran Bretaña por aquel entonces. Allí, un profesor de inglés lo animó. Dyer, que se encaminaba hacia la universidad, ya sabía que no podía informar a sus padres sobre las cosas que le resultaban más esenciales.

Aún no podía saber que la carrera que su educación le permitiría seguir significaba que se uniría a una rama de escritores británicos que iba desde Thomas Hardy hasta Zadie Smith, un linaje de autodidactas marginados que revitalizaron la recatada novela inglesa. Las memorias de Geoff Dyer capturan hábilmente esta transformación, tan improbable como inevitable.