El escritor Lorenzo Silva en Granada. Foto: Carlos Ruiz B.K.

El escritor Lorenzo Silva en Granada. Foto: Carlos Ruiz B.K.

Historia

Lorenzo Silva y el general leal a la República por el que Franco pidió clemencia: "Tenía una deuda con él"

El novelista publica 'Con nadie', donde novela la vida de este militar que hizo carrera en la guerra de Marruecos y fue fusilado por no sumarse al golpe de 1936.

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Francisco Franco no movió un dedo para salvar del paredón a su primo hermano, Ricardo de la Puente Bahamonde. Comandante del aeródromo de Tetuán-Sania Ramel en el protectorado de Marruecos, el aviador, que ya se había negado antes a los mineros asturianos durante la revolución del 34, se mantuvo fiel a la República durante los episodios de julio de 1936.

Es más, al llegar al aeródromo para tomar las riendas de las fuerzas sublevadas emplazadas en Marruecos y ser informado de los movimientos de su familiar en contra del golpe, no tuvo reparo en autorizar su ejecución. Un gesto que ilustra a la perfección la fría política de represalias que seguiría en los años siguientes.

Por todo ello, sorprenden las dos cartas que dirigió Franco a Queipo de Llano en agosto de ese primer año de guerra en las que pidió clemencia para Miguel Campins (Alcoy, 1880 - Sevilla, 1936). Era este veterano de las guerras coloniales en Marruecos el general al frente de las fuerzas militares en Granada. Como De la Puente Bahamonde, tampoco respondió a la llamada de armas de los golpistas. Pero ¿qué es lo que hizo que al futuro dictador se le despertara una piedad que se mantuvo dormida en el fusilamiento de su primo?

Es este uno de los interrogantes a los que busca responder Lorenzo Silva (Madrid, 1966) en su nueva novela Con nadie, en la que recorre la vida del general Campins. Consigna el escritor los episodios que forjaron el carácter de este personaje y que lo llevaron a salirse de la norma que imperaba en aquellos tiempos y que lo separan de lo que hoy se suele relacionar con el perfil del militar africanista: ultraconservador, colonialista, reaccionario y, en última instancia, faccioso.

No le pilla de nuevas a Silva la figura del "lealista". En 2017 el novelista publicó Recordarán tu nombre (Destino), en la que narraba la historia en primera persona del general Aranguren, máximo responsable de la Guardia Civil en Barcelona, que decidió no alinearse con las fuerzas sediciosas y mantenerse fiel al gobierno legítimo de la República.

Cubierta de 'Con nadie', de Lorenzo Silva (Destino, 2026)

Cubierta de 'Con nadie', de Lorenzo Silva (Destino, 2026)

Por esto y por sus anteriores inmersiones en la guerra de África, el novelista alega en su conversación con El Cultural que el protagonista de su nuevo trabajo le vino a buscar. "En Recordarán tu nombre aparece el personaje de Campins ya, pero no me había parado a mirarlo con detenimiento. Entonces en una presentación de ese libro se me acercó un nieto de Campins y me ofreció adaptar la vida de su abuelo, para lo que me ofreció el archivo familiar. Le pedí tiempo para pensármelo y empecé a ahondar en la vida de este hombre".

Recuerda Silva que fue el inicio de un proceso de investigación en el que descubrió "detalles fascinantes". Entre ellos, la anomalía que supone dentro del círculo de africanistas habitualmente conocido: "Es un perfil muy distinto al que solemos asociar con los veteranos de Marruecos. Por otra parte, es más africanista que nadie, porque llega allí en 1911 y no se va hasta 1927. Está en todos los episodios importantes: Annual, Alhucemas, Chaouen... está en absolutamente todas partes. Además, como es un oficial del Estado Mayor, tiene que hacer prácticas en todas las unidades de combate".

Una etapa que Campins encaró con una filosofía que se resume en las palabras que tuvo el propio militar de describirse: "En extremo avaro con la sangre de sus soldados". El respeto por la muerte de sus compañeros de armas, pero también de sus enemigos, lo llevó a convertirse en un líder sensato que jamás se prestaba a sacrificar la vida de sus hombres en vano.

Considera Silva que esta forma de liderazgo no debe confundirse con falta de arrojo. "A diferencia de otros lo que desarrolla es un sentido muy acusado del deber que tiene de preservar la vida de sus soldados. Cuando él tiene que hacer una operación, pues la hace y toma decisiones que supondrán inevitablemente la muerte de algunas de sus tropas. Pero nunca lo hace sin ton ni son. Él decía que el militar estaba hecho para el combate, aunque no debía desearlo".

Gracias a ese talante, Campins logró uno de los grandes éxitos que marcarían su carrera militar. Fue en 1934, cuando el President de la Generalitat de Cataluña Lluís Companys proclamó el Estado Catalán. En este contexto, Domingo Batet, capitán general del Ejército en Cataluña, encomendó al general de Alcoy la misión de sofocar la rebelión en la ciudad de Girona. Tarea que cumplió con honores: el derramamiento de sangre fue mínimo, con apenas dos muertos. "En Cataluña se puede decir que no hubo bajas", valora Silva. "No se puede decir lo mismo de lo que hizo Franco en Asturias, que fue una carnicería".

El futuro líder sublevado y Campins eran para entonces viejos conocidos. Su primer encuentro se remonta a los primeros años de la guerra de Marruecos. Sucedió en 1912 bajo el fuego del caudillo rifeño Beni Sidel. Para entonces, Franco era un joven segundo teniente de apenas 19 años, mientras que el militar de Alcoy ya había alcanzado el rango de capitán a sus 31 años.

El general Miguel Campins. Foto: Editorial Destino

El general Miguel Campins. Foto: Editorial Destino

Más tarde, las tornas cambiarían por azares no tan casuales del destino: Franco confió en su famoso baraka para medrar en la jerarquía castrense gracias a los méritos de guerra que acumuló presentándose voluntario para las tropas de choque, mientras que Campins se topó en varias ocasiones con obstáculos burocráticos que dificultaron su ascenso.

En consecuencia, ambos volvieron a coincidir en 1928 en condiciones muy diferentes en la recién inaugurada Academia Militar de Zaragoza, donde Franco desempeñó el cargo de director y Campins de jefe de estudios. Durante los siguientes tres años, los dos militares trabaron una amistad que se extendió a sus dos familias. Sin embargo, el protagonista de Con nadie nunca formó parte de la camarilla ideológica de su superior.

Este detalle ayuda a entender la actitud de Franco ya en 1936, cuando el fusilamiento de su antiguo compañero era ya inminente. Si bien mandó dos cartas a Queipo de Llano, impulsor principal de la ejecución del hasta pocos días antes comandante militar de la ciudad de Granada, "tampoco se desvivió para evitarlo", matiza Lorenzo Silva. "Podría haber hecho más, claro, pero por aquel entonces no tenía su poder afianzado, no era todavía el líder de la facción sublevada. Tenía mucho que perder aún y en Sevilla, donde iban a ejecutar a Campins, Queipo era poco menos que el virrey".

Explica el escritor, sobre los motivos de estas medias tintas del por entonces líder de las tropas venidas de Marruecos: "Pese a todo, Franco lo respetaba como un hombre digno, cabal, que cumplía el deber. Tenía una deuda de gratitud porque sin él no hubiera sido capaz de dirigir la Academia, que, al fin y al cabo, era un centro universitario. Su jefe de estudios tenía la experiencia y él no. Además, tenía un respeto personal por él. Creo que pensaba que había hecho lo que creía que era su deber, con el mérito además de que no había derramado ni una gota de sangre".

"Por añadidura —continúa el escritor sobre la intervención de Franco—, conocía muy bien a Queipo, con el que no se llevaba nada bien. Creo que tenía la sensación de que Queipo estaba atropellando a Campins de una manera injusta. Por eso se sintió en la necesidad de hacer algo. No fue mucho, claro, pero porque para Franco, lo primero era Franco. Tampoco iba a perjudicarse en exceso cuando había tanto en juego".

Miguel Campins fue ejecutado el 16 de agosto de 1936 después de que Queipo rompiera sin leer la segunda carta de su compañero sublevado en la que pedía la conmutación de la pena de muerte. El tristemente célebre e improvisado locutor de Radio Sevilla no perdonaba que desobedeciera en varias ocasiones sus órdenes directas.

Franco, eso sí, respondió a Queipo de Llano más tarde en el idioma que mejor manejaban estos dos altos mandos rebeldes. Cuando Domingo Batet, el mismo que neutralizó la proclamación de independencia catalana de 1934, fue condenado a muerte por no secundar el golpe desde Burgos, Franco hizo oídos sordos a las peticiones de clemencia del virrey sevillano. Un ojo por ojo que tuvo como saldo final la muerte de dos hombres condenados por su lealtad.