Ópera

Mortier 'wagneriza' Brokeback Mountain

24 enero, 2014 01:00

Daniel Okutlich y Tom Randle en Brokeback Mountain. Foto: Sergio Enríquez-Nistal.

El estreno de Brokeback Mountain coloca al Teatro Real en el epicentro del universo operístico. No se recuerda tanta repercusión internacional en la historia reciente del coliseo madrileño. Wuorinen, compositor de la partitura, Mortier, impulsor del proyecto, y Annie Proulx, autora del relato y firmante ahora del libreto, garantizan una versión más oscura y honda que la exitosa película de Ang Lee. En pleno vértigo de los ensayos, desvelan a El Cultural las claves del montaje.

Charles Wuorinen (Nueva York, 1938) se encorva para pasar las páginas de la partitura de Brokeback Mountain. Está sentado en una butaca de patio del Teatro Real y tiene un atril tenuemente iluminado a su vera. Viste discreta ropa deportiva: no parece que la vanidad le alcance en exceso al músico estadounidense, ganador del Premio Pulitzer con tan solo 32 años. Muy de vez en cuando se levanta para hacer indicaciones al director musical. Arriba, en el escenario, la ópera que compuso tras conmoverse con la oscarizada película de Ang Lee empieza a cristalizar. Los ensayos van por buen camino. El día D del estreno, fijado para el martes 28 en el coliseo madrileño, está a la vuelta de la esquina. Pero los nervios los ha conjurado desde hace tiempo: "Soy demasiado mayor para tenerlos", advierte a El Cultural en un receso. Además, ya nada impedirá que su criatura vea por fin la luz, tras largos años de gestación.

Para llegar aquí, sin embargo, Wuorinen ha tenido que reponerse de variados sobresaltos que colocaron en grave peligro la representación de su versión operística de Brokeback Mountain. "Cuando Mortier tuvo que dejar la Ópera de Nueva York sí que me agobié. Temí que todo el trabajo cayera en saco roto". El gestor belga, tras enterarse, en una entrevista concedida por Wuorinen a The New York Times, de que éste quería componer una ópera sobre la historia de los dos cowboys, le citó corriendo en su despacho. Quería verla a toda costa bautizada en el teatro neoyorquino. Pero las disensiones de Mortier con sus propietarios modificaron el itinerario del proyecto, que ahora ha recalado en Madrid, ciudad que por unos días se ha convertido en la capital mundial de la ópera. No se recuerda en la historia del Real una cobertura de medios internacionales tan exhaustiva y numerosa (más de 70 periodistas extranjeros darán cuenta del acontecimiento). Ni siquiera el año pasado Haneke, en la cresta de la ola gracias al exitazo de Amor, movilizó tanta atención mediática.

Wuorinen, tras el susto, se siente muy afortunado de estar aquí. "Los teatros de Estados Unidos son enormes. La Ópera de Nueva York tiene casi 3.000 localidades. El Metropolitan roza las 4.000. En un espacio así

"El lenguaje rítmico de la música en EEUU está contaminado por géneros vernáculos como el jazz"

es mucho más difícil sumergirte en una historia. No es posible la intimidad. En este teatro, en cambio, puedes sentirte mucho más cerca de lo que ocurre en el escenario. Desde cualquier punto que estés. Aparte de que es mucho más bonito". Todo encaja al final. Wuorinen le está muy agradecido a Mortier: "Es un hombre que sostiene su palabra. Todo lo que me ha prometido, lo ha cumplido. Es algo poco común en este mundo". Tras su salida abrupta de Nueva York, le había intentado tranquilizar: "No te preocupes, llevaré Brokeback Mountain a cualquier sitio que vaya".

Así lo ha hecho. Aunque de entrada, recién asentado el teatro de la plaza de Oriente, no tenía muy claro cómo encajar en su programación el romance de los vaqueros gays de Wyoming. "Tenía mis dudas. No sabía si al público madrileño le podría atraer. Entonces, tras darle muchas vueltas, pensé que sí, porque, en definitiva, estamos ante una gran historia de amor que no es aceptada por la sociedad por motivos que poco o nada tienen que ver con los sentimientos. Una circunstancia que la emparentaba con Tristan und Isolde, otra pasión amorosa que choca contra las convenciones sociales", explica Mortier. Una bombilla se le iluminó sobre la cabeza: las intercalaría sobre las tablas del Real, de manera que una noche pudiese verse una y la siguiente la otra. Es lo que sucederá desde la premier de Brokeback hasta la última función de la emblemática obra wagneriana cincelada por Viola y Sellars.

Mortier también quiere marcar diferencias con la película, cuyo éxito (tres Oscar en 2006: mejor actor, música original y guión adaptado) funciona como un potente reclamo. "Es mucho mejor", enuncia categóricamente. "La ópera de Wuorinen no es tan sentimental. Es un retrato de la pasión que ata a dos hombres casados, con hijos incluso, que surgió en una situación de absoluto aislamiento en la que era imprescindible darse protección mutua. Son jóvenes elementales de campo y están confundidos, no saben muy bien lo que les sucede ni cómo encauzarlo". Era consciente de que manejaba un material susceptible de degenerar en el almíbar empalagoso de la sensiblería. Y para evitar esa indeseada deriva dio una pauta precisa a todos los agentes implicados en la concepción de esta ópera: "Que se parezca a Wagner, no a Puccini".

A Wuorinen no era necesario encarrilarle. De hecho, el tenía clara la línea que quería seguir desde que empezó a emborronar pentagramas. Sobriedad, hondura y oscuridad. Por ahí debería ir el tono y el clima de su composición. "Que nadie espere escuchar reminiscencias countries", alerta Mortier. "Es una obra inscrita en la tradición europea del dodecafonismo de Arnold Shönberg". El músico neoyorquino asiente: "Si tuviera que simplificar el árbol genealógico
"La ópera es sencillamente mejor que la película de Ang Lee. No es tan sentimental"
de mis principales influencias, diría que Shönberg y Stravinsky son mis abuelos. Es curioso porque cuando ambos vivían, en la época en yo era un joven aprendiz, se consideraban modelos absolutamente opuestos. En mi interior, en cambio, siempre estuvieron unidos. Y mis padres serían Elliot Carter y Milton Barbitt, tan influyentes en la música norteamericana. Eran también dos compositores muy dispares pero ambos me dejaron huella".

Wuorinen se siente más un artesano que un artista: "Me veo a mí mismo como un zapatero". Su pareja, que le acompaña durante la entrevista en un despacho del Real, tercia para confirmarlo: "No hay un solo día que no componga, puedo dar fe". A los responsables de prensa del Real les pidió que no le concertaran ningún compromiso por las mañanas, periodo del día en el que no está para nadie salvo para la música. Esa perseverancia tiene sus frutos. En su currículum figuran más de 260 obras. La mayor parte instrumentales. Brokeback Mountain es la tercera ópera que completa. Otra anterior, Haroun and the Sea of Stories, estaba basada en un libro infantil homónimo de Salman Rushdie. "No es que no tenga interés en este género, pero, la verdad, suelo componer cuando existe una cierta seguridad de que mi trabajo se va a dar a conocer. En la ópera es casi imposible. Por eso me adentro en ella muy puntualmente".

La copiosa producción musical de Wuorinen goza de gran popularidad en los Estados Unidos. Allí sus páginas son recurrentemente interpretadas por las principales orquestas del país en los auditorios de mayor empaque. Pero la verdad es que a este lado del Atlántico apenas se le conoce. Él, por un lado, lo achaca a una razón muy prosaica: "Mi agente ha sido bastante ineficaz a la hora de promocionarme aquí". Y, por otro, a una de mayor calado intelectual: "El lenguaje rítmico de la música norteamericana, no importa lo abstracta que sea, está muy contaminado por ritmos vernáculos que tienen su origen en África y que han dado lugar a géneros como el jazz. Yo no tengo nada que ver con el jazz pero este fenómeno es un hecho. El otro aspecto diferencial que yo veo, y esta es una perspectiva muy personal, es que los músicos europeos al término de la II Guerra Mundial perdieron la habilidad para tratar con las armonías por una obsesión constante por romper con la música del pasado. Les cegaba un afán de ruptura que luego también saltó a los Estados Unidos".

Más allá de estas digresiones teóricas, Wuorinen explicita que, aparte del drama de los dos personajes protagonistas, la fuente de inspiración más potente para él ha sido el sonido de la propia naturaleza, más concretamente el de las montañas Big Horn de Wyoming, un territorio de una belleza imponente pero que a su vez puede matar al cowboy más pintado. Esa amenaza constante, que está en la cordillera y sus ventiscas repentinas y también en la sociedad que vigila con ánimo censor a Ennis y Jack, late en su partitura. Y se traslada al escenario de la mano de Ivo van Hove, director de escena escogido por Mortier para su personalísima apuesta. "Le conozco desde hace mucho tiempo pero nunca habíamos trabajado juntos.

"La pintura de Edward Hopper ha sido mi principal referencia"

Un día me comentó: ‘Por fin tengo algo para ti'", recuerda Van Hove, mucho más eléctrico que Wuorinen desde su mesa de mando en el patio de butacas del Real. No para de fijar las referencias por las que deben transitar los dos vaqueros, encarnados por el tenor Tom Randle (Jack Twist) y el bajo Daniel Okulitch (Ennis del Mar). "Me dejó claro desde el principio que no quería ni una proclama gay ni un melodrama sentimentaloide. Me pareció muy lógico, así que desde el principio estuvimos muy bien sintonizados. Creo que me llamó precisamente por ese motivo: mi trabajo nunca ha ido por ahí".

Van Hove desvela a El Cultural las cartas estéticas de su escenografía: "La principal referencia que he tenido en mente ha sido la pintura de Edward Hopper, su realismo minimalista tan atento al detalle". La ópera se divide en tres partes. Una primera está ambientada en la montaña, donde Ennis y Jack disfrutan de la libertad y el anonimato que se les negará cuando bajen a espacios presuntamente más civilizados. La cordillera se recrea con proyecciones. La segunda transcurre en las casas de ambos, desventradas para poder ser escrutadas por las miradas morbosas en busca de las miserias de sus matrimonios fracasados. Es una puesta en escena muy similar a la que desplegó Lars Von Trier en Dogville. Y la tercera, tras el asesinato homófobo de Jack, el escenario se convierte en una inmensa caja negra vacía, por la que Ennis arrastra su dolor y su humillación.

Veremos si todas esas emociones terminan conectando con los tendidos del Teatro Real, que acogerá una concurrencia muy heterogénea en las ocho funciones previstas. Algún abonado de mente obtusa ya ha devuelto su entrada. Pero el interés entre la gente joven, gay o no, está garantizado. Y arrastrar a este público a la ópera ya tiene un mérito loable.