Javier Bardem y Victoria Luengo en una escena de 'El ser querido'

Javier Bardem y Victoria Luengo en una escena de 'El ser querido'

Cine

Festival de Cannes: 'El ser querido' no es el 'Valor sentimental' de Sorogoyen

El director de 'As bestas' coincide con Steven Soderbergh en su interés por el cruce entre paternidad y creación artística. Su nueva película es una ahijada de los ensayos de Godard en clave de 'thriller'.

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Cannes hoy tomaba el pulso a los padres. John Travolta aparecía de la mano de su hija Ella Bleu poco antes de recibir la Palma de Oro honorífica del festival y proyectar el álbum de recortes de infancia Ven a volar conmigo. Por otra parte, Steven Soderbergh proyectaba el documental John Lennon: The Last Interview, una adaptación completa de la última entrevista del cantautor en vida, que es también, nada más y nada menos, un himno a la alegría en familia.

Lennon, tras siete años apartado de la música en un retiro ocioso junto a Yoko Ono, se extiende sobre las bondades de la paternidad con un brillo innegable y actual. La cinta de Soderbergh poco aporta al cine o a la música, pero qué tan irresistible resulta comprobar que antes de morir, John Lennon vivió.

La paternidad en El ser querido resulta definitivamente más delicada. La película arranca con un padre y una hija comiendo juntos, todo buenas palabras, pero el escorzo del uno y del otro se asfixian como hacían los dos gallegos asalvajados de As bestas con el pobre francés. Rodrigo Sorogoyen confía en la maquinaria pesada de las interpretaciones de Victoria Luengo y Javier Bardem para ejecutar un movimiento perfecto, una raya de ficción pura. "No me interesaba el restaurante, ni los camareros. Me interesaban solo ellos dos. Quería que el espectador estuviera atrapado en sus miradas", explicó a la prensa al presentar por primera vez el filme que hoy compite en Cannes.

Para orientar este reencuentro fatal, intentona de reconciliación después de trece años silencio, el director y guionista madrileño (junto con Isabel Peña siempre) pone en manos de sus personajes un objeto que puedan toquetear, estrujar cual azucarillo en una sobremesa nerviosa. Se trata de un proyecto, el rodaje en el desierto de Fuerteventura que él –un director de éxito– le propone a ella –actriz sin carrera– y que desde las butacas anticipamos, con ánimo de vecina cotilla, una idea peregrina y desastrosa incluso antes de empezar.

"Nos daba miedo hacer escenas de rodaje porque sí. Nos empeñamos en que en todas hubiera un avance en la relación entre ellos", seguía el responsable de Madre, otra película a dos personajes cuya intensidad dramática, sin embargo, quedaba desamparada, dispersa y excesiva, por lo vacío de las playas y las tramas alrededor. No es el caso de El ser querido, que es opuesto a Valor sentimental en tanto que allí la meta-película servía de simple excusa para la reunión familiar.

En la de Sorogoyen son los quehaceres del rodaje los que paradójicamente permiten centrar la mirada en el "elefante en el set". Y, de hecho, son los gajes del oficio los que lubrican los múltiples desencuentros entre padre e hija. El más memorable de todos, quizás por ser la escena que menos se siente cerrada por guion antes de existir, consiste en una accidentada cadena de tomas alrededor de una sopa de pescado, riquísima en tonos y puntos de vista, y donde la risotada se enhebra con el absurdo, y el absurdo con la violencia, y la violencia deja solo rabia y dolor a su paso.

Antes que con la de Trier, deberemos compararla con la eléctrica Nouvelle Vague de Richard Linklater o, incluso antes, con El desprecio de Jean-Luc Godard, con la que comparte el tesón de emplear un patchwork caprichoso con todos los lenguajes posibles del cine: "Hemos rodado en todo tipo de formatos: en fotoquímica y en digital, en blanco y negro, en cuatro tercios… Al hacer cine dentro del cine me interesaba utilizar todos los mecanismos posibles, siempre con coherencia". Disiento: coherencia no es, ni debería ser la palabra que contuviera a esta ahijada en clave de thriller de los ensayos de Godard.

En realidad, los episodios realmente emotivos de El ser querido (muy clásicos, en el fondo) llegan bajo la forma clara e imberbe del montaje más descoyuntado, moderno: Bardem contempla el deambular de su hija, que ahora le resulta una extraña –ella distraída en el bufet del desayuno– mientras una sinfonía conmovedora de Olivier Arson a lo Georges Delerue inunda la sala. No hay explicación posible, es puro cine.

Tampoco la relación entre padre e hija podrá resolverse nunca. El daño hecho se comprende y se negocia, pero la reconciliación suena a cuento de hadas; una película quimera. Hay quien, como el artista-genio de Bardem, perpetuará la sangre persiguiendo el perdón. Sin embargo, un rodaje fue siempre un taller a muchas voces que se sostienen entre sí, y no, no hay ninguna película obligatoria.