Kirk Douglas y Lana Turner en 'Cautivos del mal'.

Kirk Douglas y Lana Turner en 'Cautivos del mal'.

Entreclásicos

'Cautivos del mal': Kirk Douglas y Lana Turner en el lado oscuro de Hollywood

La obra maestra de Vincente Minnelli, ganadora de cinco Oscar, condensa la quintaesencia del melodrama y todo el encanto de la época dorada del cine clásico estadounidense.

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A veces, no respetar el título original de una película inspira alternativas mucho más poéticas e inspiradoras. Centauros del desierto, la gran obra de John Ford, se titulaba The Searchers (Los buscadores). Creo que el título español es mucho más sugerente. La infidelidad no siempre es un defecto. Sucede lo mismo con The Bad and the Beautiful, la obra maestra de Vincente Minnelli.

En nuestro país, se descartó la traducción literal para utilizar una fórmula mucho más atractiva: Cautivos del mal. En realidad, ni el Malo es tan malo, ni la Bella, tan inocente. Evidentemente, la película, estrenada en 1952, cuando Hollywood vivía su época dorada, juega con el mito de la Bella y la Bestia.

Con un magnífico guion de Charles Schnee, que ya había demostrado su gran talento en 1948 con Río Rojo, de Howard Hawks, el film de Minnelli se basa en un relato breve de George Bradshaw, Tribute to Bad Man, aparecido en 1951 en la revista Ladies Home Journal.

Rodada entre abril y junio de 1952 en los estudios de MGM y en escenarios naturales como Beverly Hills Hotel o Lake Arrowhead, Cautivos del mal fue nominada a seis Oscar y ganó cinco (guion, actriz de reparto, dirección artística, fotografía y vestuario). Después de haber visto la película más de quince veces, no le he encontrado ninguna grieta, ninguna imperfección.

Es la quintaesencia del melodrama, pero sin desbordamientos innecesarios. Aborda todos los grandes temas del género: pasiones autodestructivas, ambición desmedida, horribles traiciones, amores imposibles, amistades rotas, luchas por el poder, dilemas morales, tragedias que parecen fruto de un destino ineluctable.

Ambientada en el Hollywood de 1958, el centro de la trama es el productor Jonathan Shields. Interpretado por un Kirk Douglas intenso y con el paradójico carisma de los actores que parecen interpretarse siempre a sí mismos, Shields es hijo de un productor sin escrúpulos al que nadie recuerda con afecto o respeto.

Enterrado una mañana lluviosa y desapacible, Jonathan tendrá que pagar para conseguir reunir un puñado de asistentes durante la ceremonia.

No es mucho mejor que su padre. Con rasgos de David O. Selznick, Irving Thalberg, Orson Welles, Val Lewton y Darryl F. Zanuck, Shields solo se mueve por una obsesión: la sed de éxito y poder. Su insaciable ambición sugiere un profundo vacío interior.

Durante el rodaje de las películas, Shields es un hombre vigoroso, perfeccionista e hiperactivo, pero al finalizarlas, su entusiasmo se convierte en desánimo, hastío y frustración. Necesita estar en movimiento, luchar por un proyecto, no desperdiciar ni un minuto.

En realidad, su actividad desenfrenada parece una huida. No es capaz de amar, desconoce la amistad, no le interesa tener hijos. Ni siquiera anhela acumular mucho dinero.

La riqueza para él solo es una herramienta para rodar una nueva película. Más que malvado, parece secretamente desdichado. Su existencia solo cobra sentido al revisar un guion, supervisar una escena, visitar la sala de montaje, buscar una nueva estrella, asistir a un estreno. El éxito solo le produce un placer efímero.

Su personalidad no es la de un multimillonario ávido de lujos, sino la de alguien que no soporta pasar unos minutos a solas. Si contempla un amanecer, no repara en su belleza, sino en sus posibilidades para utilizarlo en una escena. No es un artista ni un creador. Solo una mente que no aguanta permanecer inactiva.

Detrás de su arrogancia y vanidad, hay miedo e inseguridad. Miedo a no encontrar un porqué para vivir. Su soledad es descomunal, muy similar a la del Calígula de Camus, pero sin una filosofía que justifique sus actos. Solo sabe que le gusta bajar al barro y mezclarse con el lodo, ignorando la voz de la conciencia, donde solo percibe un sentimentalismo estéril.

Ni siquiera se plantea vender su alma al demonio. Simplemente, quiere desprenderse de ella y vivir el instante. La sospecha de habitar en un mundo absurdo es lo que le empuja a buscar la gloria, pero en el fondo de su mente flota la idea de que el brillo de Hollywood solo es un destello fugaz en medio de la tempestad.

Fotograma de 'Cautivos del mal'.

Fotograma de 'Cautivos del mal'.

Frente al nihilismo de Shields, sus antiguos colaboradores muestran una actitud menos trágica ante los desafíos de la vida. El director Alfred Amiel (Barry Sullivan) y su esposa Kay (Vanessa Brown) son una pareja sana y sin una pizca de malicia. Amiel es honesto y trabajador. Su único objetivo es hacer buenas películas.

En sus inicios, Shields y Amiel trabajan codo con codo. Obligados a realizar películas de bajo presupuesto, consiguen transformar un proyecto mediocre en una obra de gran originalidad y creatividad. Su película sobre los hombres pantera es una clara alusión a La mujer pantera (Cat People, 1942) de Jacques Tourneur, que recaudó ocho millones de dólares con un presupuesto de 134.000.

Jonathan traiciona a Amiel al presentar como un trabajo propio su adaptación de La montaña lejana, un clásico que nadie se había atrevido a llevar al cine. A pesar de ese revés, Amiel logrará cumplir su sueño de dirigir grandes películas y ser premiado con un Oscar.

Interpretada por Lana Turner, se ha dicho que el personaje de Georgia Lorrison, hija de un galán fallecido, posee rasgos de Diana Barrymore y Judy Garland, exesposa de Minnelli. Ambas actrices sucumbieron al alcoholismo y el consumo de barbitúricos.

Hija de John Barrymore, Diana finalizó prematuramente su irregular carrera como actriz por culpa de sus adicciones y, tras una vida caracterizada por las carencias afectivas y los idilios malogrados, se suicidó con 38 años.

Judy Garland sí triunfó como actriz, pero su personalidad inestable y neurótica precipitó su muerte a los 47 a consecuencia de una sobredosis accidental de Seconal.

Alejada de su habitual papel de femme fatale, Lana Turner encarna a una joven vulnerable, atormentada y hambrienta de afecto, pero también con un carácter absorbente e inmaduro. Leal y de buen corazón, conservará a Sammy, su viejo y torpe agente, cuando se convierta en una estrella.

Fotograma de 'Cautivos del mal'.

Fotograma de 'Cautivos del mal'.

Shields la rescatará de una espiral de autodestrucción, pero fingirá enamorarse de ella para potenciar su talento. Sin embargo, cuando Georgia consiga su consagración, la desengañará brutalmente y le dejará muy claro que jamás podrá amar a nadie.

Tras el shock, Lorrison conduce temerariamente bajo la lluvia, buscando la muerte, pero se salvará de milagro. No es alma inocente, sino una criatura profundamente dependiente que crea lazos asfixiantes.

No vive el amor como simple entrega, sino como un gesto de desesperación. Shields era el madero que la mantenía a flote, no el hombre con el que podía construir un futuro desde planteamientos sanos y adultos.

La relación de Shields con James Lee Bartlow (Dick Powell), un profesor universitario de Virginia que publica novelas históricas con ciertas dosis de erotismo, no es menos truculenta. Bartlow está casado con Rosemary (Gloria Grahame), una mujer frívola y superficial que se deja embaucar por el esplendor de Hollywood cuando su marido empieza a trabajar como guionista.

Jonathan utiliza a Victor “Gaucho” Ribera (Gilbert Roland), un galán con cierto parecido al Errol Flynn de las alocadas salidas nocturnas y las fiestas salvajes, para alejar a Rosemary de James Lee, pues sus caprichos y su egocentrismo constituyen un obstáculo para su trabajo.

El ardid permitirá a Bartlow finalizar su guion bajo la supervisión de Shields en una casa de campo situada junto a un lago, pero cuando vuelven a Hollywood escuchan por la radio que Gaucho y Rosemary han muerto en un accidente de aviación mientras regresaban de México.

James Lee tardará en descubrir que Shields organizó la aventura de su mujer con el actor, pero cuando una indiscreción saca todo a la luz, le propinará un fuerte puñetazo y romperá su relación con él. La pérdida de Rosemary no impedirá a Bartlow continuar escribiendo y ganar un Pulitzer.

Cartel para el estreno en los cines estadounidenses de la película de 1952.

Cartel para el estreno en los cines estadounidenses de la película de 1952.

Dos años más tarde, un Shields arruinado recurre al productor ejecutivo Harry Pebbel (Walter Pidgeon) para convocar telefónicamente a sus antiguos colaboradores y proponerles un nuevo proyecto.

Mediante flashbacks, todos recuerdan sus vivencias con Jonathan y deciden unánimemente rechazar la oferta, pero antes de abandonar el despacho de Pebbel descuelgan el teléfono del vestíbulo para oír la voz de Jonathan, que habla con el productor ejecutivo desde París.

Sus gestos y expresiones muestran más curiosidad y nostalgia que rencor. No parece imposible que acepten volver a trabajar con el hombre que les hizo tanto daño, pero al mismo tiempo impulsó sus carreras.

La sobreactuación de Kirk Douglas, histriónico e hiperbólico, no caricaturiza a su personaje, sino que lo sitúa en la exacta dosis de desmesura que caracterizó al Hollywood clásico.

El trabajo de Gloria Grahame, reconocido con un Oscar, refuerza el contraste entre el glamur de las estrellas y la cotidianidad de las personas corrientes. Hollywood es una fábrica de sueños, pero también una trituradora de seres humanos. Cautivos del mal es una película perfecta, con todo el encanto de la época dorada del cine clásico estadounidense.

La banda sonora de David Raskin y la fotografía en blanco y negro de Robert Surtees (Ben Hur, William Wyler, 1959) aportan la elegancia y emotividad que necesitaba un filme con un guion exquisito, una dirección espléndida y unas interpretaciones sobresalientes.

Las vidas cruzadas de los personajes parecen transmitirnos algo que ya intuyó Rilke: el arte siempre exige un duro peaje. La belleza no es algo paradisíaco, sino el fruto de un largo viaje por abismos insondables.