Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Foto: Wikimedia Commons

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Foto: Wikimedia Commons

Entreclásicos

La muerte del intelectual comprometido

Aún quedan voces críticas como Rebeca Solnit, Noam Chomsky o Leonardo Boff, pero cada vez son más minoritarias y entre los escritores ya no se estila el compromiso social. 

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Distinguir entre alta y baja cultura no es un gesto de elitismo, sino un ejercicio de coherencia y responsabilidad. No es lo mismo escribir para entretener y ganar dinero que bregar con el lenguaje para plasmar una interpretación de la vida, el ser humano, la historia, el bien y la belleza.

Un verdadero escritor busca la verdad y está dispuesto a dejarse la piel en cada palabra. Un profesional de la escritura solo persigue el éxito y la fama. Un escritor crea su público, sin hacer concesiones. No busca agradar, sino expresar su punto de vista, sin preocuparse de concitar incomprensión o antipatía.

Un autor de bestseller se adapta a los gustos de la mayoría. Su único objetivo es alcanzar el mayor número posible de lectores. Por eso intenta no incomodar o, lo que es peor, solo incomoda a los que nunca podrán perjudicarle, que casi siempre son los más vulnerables. En cambio, un escritor es molesto, intempestivo, insobornable, como Sócrates, que —paradójicamente— no escribió nada, pues atribuía más valor a la enseñanza oral por su carácter dialógico.

Un escritor es capaz de oponerse a su propio país, como hizo Thomas Mann durante la dictadura de Hitler con sus mensajes desde la BBC o Jean-Paul Sartre, que se alineó sin tibiezas con los independistas argelinos. Un mercachifle con pluma u ordenador blanquea a los autócratas, ataca a las voces críticas y glorifica el pasado de su patria, aunque incluya genocidios como el perpetrado por los filibusteros españoles que diezmaron a la población nativa de América Latina.

Nunca se arriesga. Siempre juega sobre seguro, aunque finja ser un inconformista. Sabe que jamás se adoptarán medidas contra él, pues sus provocaciones coinciden con los prejuicios de las élites y de las masas embrutecidas. Aunque haga ruido con sus exabruptos, evita desafiar al poder real, a los centuriones y oligarcas que podrían arruinar su carrera o incluso privarle de su libertad, como le sucedió a Bertrand Russell a los noventa años, encarcelado en Estados Unidos por protestar contra la guerra de Vietnam e incitar a la desobediencia civil.

Hay ejemplos muy dignos de baja cultura, como las canciones de los Beatles, pero no se pueden comparar con las sinfonías de Beethoven, siempre orientadas a la exaltación de la libertad y la fraternidad universal en una Europa que aún soportaba el yugo de las monarquías absolutas.

Republicano, humanista y admirador de la Ilustración, el compositor alemán concibió su obra como un canto a la dignidad humana y un himno a favor de los cambios revolucionarios. Además, buscó a Dios en cada nota, pero no al Dios de las iglesias, sino al Creador supremo que engendró un cosmos saturado de belleza y misterio.

En el terreno de la literatura, las novelas de Enid Blyton pueden resultar entretenidas para los lectores de mi generación (eso sí, ignorábamos que la escritora inglesa era racista, machista, xenófoba, filonazi y no quería a sus hijas), pero carecen de profundidad y mérito artístico.

Por el contrario, La montaña mágica, de Thomas Mann, menos amena, posee las grandes cualidades de la alta cultura: prosa elaborada, ambición intelectual, hondura, intensidad, elevación moral. Mann reflexiona sobre el conflicto entre la Ilustración y el Romanticismo para comprender las causas de la Gran Guerra y advertir sobre la posibilidad de una nueva conflagración, quizás más aterradora. De hecho, Mann no se equivocó. La montaña mágica apareció en 1924 y quince años después estalló la Segunda Guerra Mundial.

En el campo del séptimo arte, La jungla de cristal es un divertido entretenimiento, pero sería una insensatez incluirla en la misma categoría que La batalla de Argel, una película que desentraña con crudeza los mecanismos del poder y los sueños de libertad de un país colonizado.

La alta cultura no va dirigida a un público selecto, sino a los espíritus inconformistas que no se resignan a vivir como boyas a la deriva. La pedantería académica no es alta cultura, sino una perversión de la cultura y se caracteriza por el lenguaje hermético y la profusión de notas a pie de página.

La alta cultura no va dirigida a un público selecto, sino a los espíritus inconformistas que no se resignan a vivir como boyas a la deriva

Los grandes creadores son grandes comunicadores. Eso sí, a veces exigen cierto esfuerzo. Es más fácil bailar con una canción pop que concentrarse para escuchar La Canción de la Tierra, de Gustav Mahler. Bailar al ritmo de ABBA es una experiencia lúdica y nada reprobable. Oír "La despedida", el sexto movimiento de La Canción de la Tierra, es algo mucho más complejo y fecundo. Nos ayuda a expandir nuestra mente, a ir más allá de nuestros límites. En cierta medida, es una experiencia trascendente, pues nos hace transitar hacia regiones desconocidas, donde surge la posibilidad de experimentar una transformación interior.

Los grandes autores no siempre son intelectuales comprometidos, pero incluso los que parecen más interesados en lo estético que en lo moral, raramente eluden pronunciarse contra las injusticias. En el breve ensayo El alma del hombre bajo el socialismo, Oscar Wilde denuncia que el capitalismo nos condena a vivir "rodeados de una horrenda pobreza, de una atroz fealdad y de una repulsiva miseria".

La caridad no solucionará este drama, pues no afecta a los mecanismos que engendran las injustas desigualdades. La única alternativa es "la reconstrucción de la sociedad sobre unos cimientos tales que la pobreza resulte imposible". Si no nos indignamos ante el espectáculo de la pobreza, nos ponemos al nivel de las bestias.

La rebeldía es un imperativo moral: "la desobediencia es la virtud primordial del ser humano". Wilde incluso justifica el robo en caso de necesidad: "Representa una sana protesta". Desgraciadamente, la pobreza produce "un efecto paralizador". De ahí que sean necesarios los agitadores: "Sin ellos, dada nuestra natural imperfección social, no habría el menor progreso hacia la civilización". Sin agitadores que movilizan conciencias, jamás se habría abolido la esclavitud ni se habría avanzado en los derechos de las mujeres.

De vez en cuando, aparece un artículo criticando los crímenes de Netanyahu, Putin o Trump, pero no hay voces tan poderosas como la de Sartre

Los rebeldes del siglo XX fueron intelectuales como Bertolt Brecht, Simone de Beauvoir, Ernst Bloch, Herbert Marcuse, Blas de Otero, Gabriel Celaya, César Vallejo o Michel Foucault. Aún quedan voces críticas como Rebeca Solnit, Noam Chomsky o Leonardo Boff, pero cada vez son más minoritarias y entre los escritores ya no se estila el compromiso.

De vez en cuando, aparece un artículo criticando el genocidio de Gaza o los crímenes de Netanyahu, Putin o Donald Trump, pero no hay voces tan poderosas como la de Jean-Paul Sartre. Sartre ha sido demonizado por la posteridad. Se le ha acusado de encubrir la represión del régimen soviético, pero lo cierto es que condenó el estalinismo, la invasión de Hungría en 1956 y rompió definitivamente con Moscú después de la Primavera de Praga en 1968.

Eso sí, nunca dejó de ser marxista y eso es lo que no se le ha perdonado. Es hora de rehabilitar a Marx y mostrar que su filosofía no propicia el gulag, sino una utopía que jamás se ha realizado, un mundo donde cada uno aporte según su capacidad y reciba según su necesidad. Marx no aboga por arrebatar a nadie el fruto de su trabajo. Solo pide que nadie se apropie del trabajo ajeno.

¿Soñar con un mundo sin injusticias ni abusos constituye una utopía? Puede ser, pero —como escribe Oscar Wilde— "un mapamundi en el que no figurarse la utopía no valdría la pena de ser consultado". Sin utopías, el ser humano no puede mirar al futuro con esperanza: "El progreso no es más que la realización de las utopías".

El arte es una prefiguración de ese porvenir utópico y necesita de una libertad absoluta para materializarse. Nunca debe transigir con las consignas del poder ni con las expectativas del público: "El arte no debe intentar nunca ser popular. El público es quien debe intentar hacerse artista". El arte es rebeldía, ruptura, herejía. Si lo despojamos de esos rasgos, pierde su potencial transformador.

La alta cultura no es una filigrana elitista, sino una apuesta radical. Beethoven vuelca en sus creaciones el anhelo de una humanidad unida por sentimientos de hermandad. Shakespeare explota su genio para desenmascarar a los tiranos y usurpadores, cuya ambición tiñe de sangre la historia.

Picasso aprovecha su imaginación para mostrar el horror del fascismo con el ejemplo de Gernika, destruida sin piedad por aviadores alemanes e italianos al servicio de Franco y sus conmilitones. El verdadero creador siempre sueña con un mañana utópico, pues sabe que sin esa perspectiva, "la vida es una pasión inútil", como advirtió Sartre.

Por cierto, se cita esta frase del filósofo francés, omitiendo que no esboza una callejón sin salida, sino un camino. El camino del compromiso. La vida deja de ser una pasión inútil cuando se pone al servicio de la libertad y la dignidad. Algo que puede aplicarse a la creación artística. Las notas de la Novena Sinfonía no son un simple prodigio formal, sino —como ese luchador antifascista al que Luis Cernuda dedicó el poema "1936"— "el testigo irrefutable / de toda la nobleza humana".