Joaquín Sabina, 76 años

Joaquín Sabina, 76 años

Corazón

Joaquín Sabina (76), sobre su juventud en los 70: "Dejé el plato de lentejas con chorizo de mi madre y me exilié a Londres"

El veterano cantautor relató algunos episodios de su vida en los años 70 en España.

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A sus 76 años, Joaquín Sabina no es solo un nombre en la música, sino un cronista de vida y sentimientos, reconocido también por su manera de observar lo cotidiano y por describir con ironía y ternura las pasiones y cicatrices que deja la existencia.

Para comprender mejor la hondura de su obra y ese cinismo sensible que lo acompaña, es imprescindible retroceder a sus años juveniles, especialmente a la España de la posguerra, donde un joven Sabina tomó decisiones que marcarían el rumbo de su vida.

Nació en 1949 en Úbeda, en una familia humilde pero estable. Su padre era policía y su madre ama de casa.

Aunque no pasaron hambre extrema, el ambiente estaba marcado por la escasez, el silencio y el miedo propios del franquismo.

Desde pequeño sintió que aquel mundo se le quedaba estrecho. Úbeda era un lugar cargado de tradición y religiosidad, algo que despertó en él una temprana necesidad de rebeldía y de búsqueda personal.

La literatura fue una de sus primeras vías de escape. "A los 14 años, escribí mi primer poema. Era malo, pero no tanto como yo a esa edad", ha contado con su habitual sentido del humor.

La música llegó casi al mismo tiempo. Con varios compañeros del colegio formó un grupo llamado The Merry Youngs, con el que tocaba versiones de Elvis, Chuck Berry o Little Richard.

Aquellas actuaciones eran pequeñas grietas en una realidad demasiado rígida.

Su educación pasó por colegios religiosos y por un bachillerato marcado por la disciplina.

La dictadura seguía presente en cada gesto y cuestionar el orden establecido era impensable para muchos.

En 1968 decidió marcharse a Granada para estudiar Filología Románica. Allí, encontró un ambiente universitario más abierto, donde las ideas políticas circulaban entre cafés, recitales y reuniones clandestinas.

El joven Sabina

Fue en esos años cuando su compromiso antifranquista se hizo más visible. Participó en movimientos estudiantiles y acciones que llamaron la atención de la policía, algo que cambiaría su vida para siempre.

Uno de los recuerdos más simbólicos de esa etapa está ligado a la comida. "Mi plato preferido eran las lentejas con chorizo que me preparaba mi madre cuando volvía de la universidad a Úbeda".

"Yo lo adoraba, pero, esa vez, el plato se quedó sobre la mesa", recordaba.

Ese plato sin tocar marcó una ruptura. "Eran los últimos años del franquismo y yo, perseguido por la policía, porque éramos estudiantes antifranquistas y habíamos hecho alguna barbaridad, decidí exiliarme, buscar un pasaporte falso e ir a Londres", explicaba.

La decisión tuvo un fuerte impacto familiar. "Se quedó ahí el plato de lentejas, mi madre se vistió de luto y dos años después vinieron mis padres a Londres, para romper ese nudo siniestro que se había creado con las lentejas".

Ese reencuentro cerró una herida que había quedado abierta. Cocinaron juntos aquellas lentejas y transformaron el dolor en reconciliación.

Con el paso del tiempo, Sabina ha reflexionado sobre esa juventud marcada por ideales, huidas y renuncias.

Aun así, mantiene intacta la mirada del joven que quiso escapar. Como él mismo dice, ha vivido "de la adolescencia a la vejez sin pasar por la madurez", una frase que resume su vida, su obra y su forma de estar en el mundo.