Detalle de portada de la novela 'Adiós a una casa de muñecas', de Claire Bloom.

Detalle de portada de la novela 'Adiós a una casa de muñecas', de Claire Bloom.

A la intemperie

Claire Bloom, Philip Roth y el 'Adiós a una casa de muñecas'

Las memorias de la actriz son un acto necesario de venganza de una mujer excepcional que no pudo aguantar a un escritor inaguantable.

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La actriz Claire Bloom y Philip Roth vivieron una profunda, tórrida y horrible historia de amor que acabó en un matrimonio delirante y guerrero.

Porque entre ellos hubo una guerra que, tras el divorcio y cuando la actriz publicó sus memorias bajo el título Adiós a una casa de muñecas (2015), llevó al escritor hasta una depresión que lo tuvo al borde de la muerte.

No era para menos. En esas memorias, Bloom retrata a Roth como un ser mezquino, cruel e intratable, un borde absoluto. Roth, herido de muerte, no pudo soportarlo. La actriz relata, entre otros episodios de bochorno, que Roth, después del divorcio, se empeñó en seguir viéndola e invitándola a comer todas las semanas en un día fijo, creo recordar que los miércoles.

¿Por qué esa contumacia del escritor de seguir frecuentando a su exmujer, que antes había sido su novia y amante? Ella se lo preguntó en una ocasión, en medio de uno de esos almuerzos que terminaban en trifulcas y gritos por cualquier tontería. “Para seguir jodiéndote”, le contestó Roth con una sonrisa de triunfador.

He leído casi todas las novelas de Roth, que como novelista me resulta un escritor literariamente impecable e implacable, que incluso se retrata en algunos relatos tal como es, un ser indescriptiblemente cínico y maleducado.

Roth estaba poseído por lo que John Dos Passos llamó en sus memorias, Años inolvidables, el genus irritable vatum: el gen (o el genio, o el género) irritable de los poetas.

Irascible, soberbio, malcriado, intratable, Roth era una mala persona. Ya he dicho que a veces y casi siempre se confesaba en su escritura literaria de sus propios pecados humanos y terminó por inventarse un viejo profesor, Coleman Silk, que era su propio retrato literario.

Portada del libro 'Adiós a la casa de muñecas'.

Portada del libro 'Adiós a la casa de muñecas'.

Una vez, un periodista le preguntó a Roth en una entrevista cuánto tiempo escribía cada día. “Escribo dos folios al día”, contestó el escritor con firmeza. El periodista se sorprendió: le pareció poco trabajo. Irritado, Roth se volvió un ballenero sobre su presa: “¡Son 700 folios al año!”, dijo triunfante ante el derrotado. Ese era Roth, antes y después de Claire Bloom, henchido siempre por su insaciable genus irritabile vatum.

Él tenía su disciplina y no permitía que ningún engreído periodista viniera a ganarle una pelea por muy ballena de los siete mares que fuera.

En eso, en el genus, se parecía a otro escritor admirable: el aventurero e inventor de historias Ernest Hemingway. Seguro que algunas de las muchas mujeres que pasaron por su atormentada vida pudieron haber escrito unas memorias amorosas semejantes a las que Claire Bloom escribió sobre Roth, pero su irascibilidad era conocida por el mundo entero. Experto en boxeo, a Hemingway le gustaba resolver sus trifulcas a puñetazos.

Es leyenda que un día cogió un avión desde La Habana al aeropuerto de Laguardia, Nueva York, sólo por darle un puñetazo a un crítico que había escrito contra una de sus novelas. Entró en el restaurante Costa Vasca, en la 55, entre la 4.ª y la 5.ª Avenida, se encontró con el crítico, le dio su puñetazo, se volvió al aeropuerto de Laguardia y, por la noche del mismo día, estaba ya en su casa de La Habana.

Es historia que, otra vez, el escritor cubano Lisandro Otero quiso saludarlo y mostrarle su admiración. Hemingway estaba en su rincón preferido de El Floridita, echándose sus daiquiris y hablando consigo mismo.

Cuando Otero se acercó con los brazos abiertos, Hemingway le contestó con un puñetazo que tumbó al escritor cubano. “Para que aprenda que a un escritor no se le molesta cuando está escribiendo”, le dijo feroz y triunfante.

Vuelvo a Roth. No sé todavía por qué los académicos suecos lo tuvieron durante una década entre los cinco últimos finalistas del Nobel de Literatura para, al final, negárselo. ¿Por su carácter irascible, por su mala educación, por borde absoluto? ¿Y eso tiene que ver con la literatura, con la obra, con sus resultados literarios?

¡Pero si era un novelista para imitar! Y otro gallo nos cantaría, porque todavía tendrían que estarlo imitando, en el siglo XXI, un tiempo seco en literatura porque los escritores de hoy, con raras excepciones, se empeñan en escribir de sí mismos, de su vida vacía y de sus estupideces personales. Para autoficción las de Roth y Hemingway, vitales, aventureros, violentos de carácter, irascibles, soberbios, pero grandes inventores de historias.

Las memorias de Claire Bloom son un acto necesario de venganza de una mujer excepcional que no pudo aguantar a un escritor inaguantable. Miren el caso de Scott y Zelda Fitzgerald . Y tantos otros. Es difícil vivir con un escritor aunque sea dócil y buena persona.

Es difícil vivir con un alcohólico y no caer en el abismo del licor. Es difícil y hasta inútil convivir con un personaje como Roth, como lo prueba la experiencia de Claire Bloom, pero ¡qué gran escritor! Aunque, desde luego, para mucha gente razonable eso no sea precisamente suficiente, sino todo lo contrario.