El Gran Canal de Venecia. Foto: Annette Reuther / Europa Press

El Gran Canal de Venecia. Foto: Annette Reuther / Europa Press

A la intemperie

Venecia, entre la decadencia y la gloria eternas

El viaje a la ciudad de los canales abisma al viajero irremediablemente hasta el borde mismo del síndrome de Stendhal.

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El viaje siempre es una experiencia, pero el viaje a Venecia encierra siempre sorpresas, esas epifanías joyceanas que nos abisman hasta el borde mismo del síndrome de Stendhal. No sé si esa sensación estética llega a alcanzar las fibras más íntimas de los millones de turistas ocasionales, pero para los viajeros de oficio y vocación la emoción veneciana es única en nuestras vidas.

La ciudad nadando sobre la cara del agua de color azul en tonos según el límpido o nubloso cielo; en cada esquina, una sorpresa, en cada fachada un espectro, entre la niebla es el lugar exacto para un magnicidio, una ópera profunda para vivir sentado en una terraza de la Piazza San Marcos tratando de dilucidar el ajedrez sagrado, secreto y masónico de la fachada de la gran Basílica, esos detalles escondidos que pasan inadvertidos para el universo profano pero que inundan de luz al iniciado que observa el fondo del cuadro como quien busca el verdadero tesoro, vedado siempre a las mentes vulgares.

Esta vez viajé a Venecia para hablar como protagonista principal de dos actos académicos que tuvieron lugar la semana pasada en la Università Ca' Foscari, una de las más importantes de Italia (y de las cien más importantes del mundo).

Todo fue organizado, presidido y dirigido por la gran profesora Margherita Cannavacciuolo, una joya intelectual y académica que conoce a fondo los textos y las vidas de toda la literatura hispanoamericana. ¡Como para olvidar nuestras interminables francachelas y veladas veraniegas en la terraza del Mónaco de Las Palmas de Gran Canaria hablando sobre la literatura en general, y la hispanoamericana en particular! ¡Como para olvidar nuestras charlas y debates sobre los mismos temas estos días en Venecia, al borde del agua y de las puestas de sol espléndidas en medio de un frío terrible!

El primer acto se forjó en torno a mi trilogía cubana, mis tres novelas habaneras, cubiertas en veinte años de trabajo. Lo dije una vez más en Venecia: La Habana es una ciudad muy habladora, de más de cien capas superpuestas; un escritor extranjero, aunque ame y ande la capital cubana con locura, llegará como mucho a conocer diez u once capas de esas cien maravillas que esconde La Habana cómplices sólo de sus habitantes, los habaneros, habladores y parlanchines de mil historias verdaderas e inventadas sobre la marcha, mil maneras de contar para que entienda la gente.

Y conocí a dos importantes personajes académicos que asistieron al acto, a la conversación literaria con José María Ayaso: Elide Pittarello, catedrática de Española en Ca' Foscari, con especial y profunda dedicación a los siglos XX y XXI, gran especialista y traductora de la obra de Javier Marías y de los poetas novísimos; y a Susanna Regazzoni, profesora jubilada de Literatura Hispanoamericana.

El segundo acto fue una visión natural del boom hispanoamericano de los años 60 del siglo pasado. El asunto aquí resultó más movido. La profesora Regazzoni se mostró más combativa, muy sugerente y polémica, y muy argentinoide.

Afirmó que el boom fue en esencia un fenómeno editorial de manos de "Barral & Company". Le pregunté a quién se refería con el término inglés company, pero no me supo contestar. Y le aclaré que, en mi concepto, el boom no tuvo origen en un fenómeno editorial sino tras el triunfo de los textos de los novelistas que son ya canónicos por los siglos de los siglos.

Añadí a Cabrera Infante y reivindiqué la memoria de Elena Garro, María Luisa Bombal y Rosario Castellanos. Nihil novum sub sole. La segunda intervención estuvo a cargo de una estudiante de veinticinco años a la que no entendía casi nada de su discurso en español pero que acabó diciendo que la única escritura literaria que ella pensaba llevar a cabo era la suya, la autobiográfica.

El 'boom' no tuvo origen en un fenómeno editorial sino tras el triunfo de unos textos que son ya canónicos por los siglos de los siglos.

El tío Marcel Proust habrá suspirado entre sonrisas. Pero, mujer, ¡si más acá o más allá toda narrativa literaria es autobiográfica, incluido el Ulises de Joyce! Con mis ochenta años sobre las espaldas (y veinte más de noche) le sugerí, para terminar, algunas cosas a la estudiante atrevida: vive mucho, peca mucho, escribe mucho, rompe mucho de lo que escribes y publica poco. Me temo que, con ese temperamento, no me hará caso.

Venecia, entonces, para siempre, su belleza estática, paradigma histórico del quehacer glorioso de Italia y de toda la Humanidad europea; vieja señora y, a la vez, joven mujer cara que guarda sus impulsos sensuales para quienes se postran a adorar sus encantos, siempre escondidos entre secretas humedades.

Venecia, gracias siempre, ciudad, sorprendente y clásica cariátide bañándose entre túnicas en el agua azul mar, la mar poética de su decadencia, gloria y brillantez eternas. Volveré a verte, a pesar de las cuitas de la edad, la pereza y las condiciones objetivas de mi vejez de escritor viajado.