Image: William Klein, el hombre de la multitud

Image: William Klein, el hombre de la multitud

Exposiciones

William Klein, el hombre de la multitud

Las ciudades de Klein

16 junio, 2005 02:00

Paris, 11 de noviembre, 1968

Centro Cultural Conde Duque. Conde Duque, 11. Madrid. Hasta el 17 de julio

Ya sé que se han citado diez mil veces las palabras de Baudelaire (inspiradas en un relato de Edgar Poe) sobre el artista moderno como hombre de la multitud (homme des foules): "La multitud es su dominio, como el aire para el pájaro, como el agua para el pez. Su pasión y su profesión es casarse con la multitud. Para el perfecto paseante, para el observador apasionado, es un inmenso goce elegir su domicilio en el número, en lo ondulante, lo fugitivo y lo infinito". Es como si esas palabras se hubieran escrito para el incansable explorador de multitudes que fue William Klein (Nueva York, 1928).

Nacido y criado en Nueva York, Klein se marchó a París al licenciarse del ejército; estudió pintura con Fernand Léger y con André Lhote, creó murales abstractos y comenzó a experimentar con la fotografía inspirándose en Moholy-Nagy y Kepes. En 1954 volvió a Nueva York por invitación de Alexander Liberman, director de arte de "Vogue", quien le ofreció un contrato para trabajar como fotógrafo de moda (terreno donde introdujo nuevas técnicas informales). Liberman también patrocinó el proyecto de Klein de captar Nueva York a través de una especie de diario fotográfico. El resultado fue un libro que no encontró editor norteamericano y se publicó en París en 1956 con un subtítulo tan excéntrico como las imágenes que contenía: Life is Good and Good for You in New York: Trance Witness Revels.

En esta exposición del Conde Duque tenemos reunidas las imágenes de aquella obra junto a las de otros tres libros de Klein sobre otras tantas ciudades: Roma (1958), Moscú (1961) y Tokio (1962), así como sus fotos sobre el París de los ochenta y noventa y el espléndido material inédito de un viaje a Madrid en 1956. Klein sale a las calles de Nueva York y de las otras ciudades para abordar la vida directamente, buscando el "disparo bruto", "el grado cero de la fotografía". Su gesto es instintivo y agresivo. Busca una fotografía sin estilo y sin quererlo inventa un estilo absolutamente personal, un estilo que contrasta con el fotoperiodismo amable de "Life" y "Look" y con el buen gusto de los fotógrafos franceses de la época. Del caos urbano extrae la energía para romper todos los moldes de la fotografía convencional. Sus fotos incurren en los "defectos" más obvios: ángulos forzados, desenfoques, contrastes excesivos, grano muy visible…

Pero lo más característico de Klein es una combinación peculiar de intimidad y extrañamiento. En su primer libro sobre Nueva York, el fotógrafo está mirando a los ojos a la ciudad donde ha nacido y crecido. Pero ha crecido como un chico de familia judía pobre en medio de un barrio irlandés. Es un americano que ha vivido seis años en Europa, donde se ha formado su mirada. Y por eso, como él dice, mira a los neoyorquinos con la curiosidad de un etnógrafo, como un explorador blanco miraría a los zulúes. Esa extraña mezcla de distancia y proximidad, persiste luego en toda su obra y se traduce en sus recursos formales favoritos, el gran angular y el close-up, instrumentos para abordar a la multitud desde fuera y desde dentro al mismo tiempo. Con su Leica de gran angular, Klein consigue panorámicas que parecen abrazar el mundo entero y a la vez primeros planos de caras, rostros deformados y grotescos que nos permiten entender por qué Federico Fellini le ofreció un puesto como ayudante en una de sus películas.