Édouard Vuillard: 'Le Banc ros', 1890. Foto: Colección particular

Édouard Vuillard: 'Le Banc ros', 1890. Foto: Colección particular

Arte

La leyenda de los Nabís: los artistas parisinos que se convirtieron en profetas del color llegan a La Pedrera

La derivación del impresionismo en otro grupo de pintores con sus semejanzas y diferencias se muestra en Barcelona hasta finales de junio.

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Un regalo. Esta exposición es como un regalo cuyo atractivo es el de presentar un puñado de piezas míticas de difícil acceso al público autóctono. Acaso la exposición no aporta ninguna sorpresa, no es de aquellas que implican una revisión, no es una exposición de tesis. Y tampoco era de esperar: se trata simplemente de una muestra de celebración autocomplaciente que persiste y continúa una leyenda, la leyenda de los denominados Nabís.

Los Nabís: De Bonnard a Vuillard

Fundació Catalunya La Pedrera. Barcelona. Comisaria: Isabelle Cahn. Hasta el 28 de junio

Efectivamente, la historia del arte vive de leyendas. Y en este caso, el mito posee un acto fundacional: El talismán (1888) –no podía faltar en La Pedrera– de Paul Sérusier (París, 1864 - Morlaix, 1927). Este, celador de la Academia Julian, pintó bajo las orientaciones directas de Paul Gauguin en Pont-Aven un paisaje que no reproducía exactamente el mundo visible y utilizaba el color como sugestión de sentimientos.

Cuando Paul Sérusier volvió a París, aquella pieza conmovió y transformó a sus compañeros. Maurice Denis –integrante también de los Nabís– describe con detalle el acontecimiento: “[…] Sérusier nos habló de Paul Gauguin y nos enseñó, no sin misterio, la tapa de puros en la cual se podía adivinar un paisaje sin forma, sintéticamente expresado en violeta, bermellón, verde veronés y otros colores puros, tales como habían salido del tubo, sin casi mezcla de blanco. ¿Cómo le parece este árbol?, había preguntado Gauguin en el Bois d’Amour. ¿Es realmente verde? Entonces ponga verde, el verde más bonito de su paleta; ¿y esta sombra es un poco azul? No tenga miedo de pintarla tan azul como sea posible”.

Las teorías sobre el color de Gauguin, los ensayos de Paul Sérusier motivaron entusiasmo entre los jóvenes de la Academia Julian que empezaron a reunirse, a discutir sobre las nuevas ideas y a realizar exposiciones conjuntas a partir de 1888 hasta hacia 1900, en que se dispersaron. Se autodenominaron Nabís, derivación del hebreo neviim, profetas. A pesar de sus diferencias, los Nabís se mantuvieron unidos en torno a la idea de un arte esencialmente decorativo.

Aparte de los mencionados, Paul Sérusier y Maurice Denis, el grupo inicial estaba integrado por Paul-Élie Ranson, Pierre Bonnard y Édouard Vuillard. Más tarde se unieron Henri-Gabriel Ibels, Georges Lacombe, Aristide Maillol, Jozsef-Rippl-Rónai, Ker-Xavier Roussel, Félix Vallotton y Jan Verkade.

Paul Sérusier: 'Le talisman. Paysage au bois d’Amour', 1888. Foto: Colección particular

Paul Sérusier: 'Le talisman. Paysage au bois d’Amour', 1888. Foto: Colección particular

A la luz de esta relación de artistas, hoy en día nos parece que difícilmente se pueden aglutinar no ya bajo un proyecto conjunto, sino unas inquietudes compartidas. Son artistas de sensibilidades muy diferentes y de talento muy desigual (en este sentido, algunas de las piezas exhibidas se nos antojan simplemente kitsch).

Acaso se tendría que reflexionar sobre el significado de las jóvenes agrupaciones de artistas (¿quizás marcas o eslóganes?) tan frecuentes en el arte contemporáneo que aparecen como la promesa de un nuevo amanecer y se eclipsan cuando sus integrantes se han consolidado en el mercado.

¿Pero qué representan exactamente los Nabís? A falta de una explicación mejor, la exposición se articula a partir de un relato temático, entre otros capítulos: “La vida parisina”, “Teatro, música, espectáculos”, “Simbolismo. Entre esoterismo, sueño y misticismo”, “Paisajes y jardines”, “La decoración moderna”… Pero no sabríamos decir si estos núcleos se podrían aplicar, a modo de comodín, a otras manifestaciones como podría ser igualmente el impresionismo.

El subtítulo de la exposición es significativo, De Bonnard a Vuillard, ya que estos son los pintores que han alcanzado más proyección y fortuna crítica de los Nabís. No compartimos el entusiasmo generalizado por Bonnard. De él se ha dicho que descubre la vida secreta de la ciudad, que revela situaciones inadvertidas y no vistas en el espacio público.

Pierre Bonnard: 'Danseuses', 1896. Foto: Colección particular

Pierre Bonnard: 'Danseuses', 1896. Foto: Colección particular

Recuerdo también la fascinación de Ràfols Casamada –él mismo era pintor, y, por lo tanto, buen conocedor del oficio y secretos de taller– por este artista del que señalaba su particular pincelada realizada con toques de color, pero a la vez también vacíos que le otorgaban una particular vibración hipnótica.

Lamentamos no advertir estas cualidades: para nosotros, Bonnard resulta una derivación del impresionismo, los tópicos placeres de la vida parisina: el bullicio, la calle, el espectáculo. Vuillard es otro universo; con razón se ha calificado de pintura intimista.

El mejor Vuillard es el del pequeño formato –y en La Pedrera se exhiben buenos ejemplos– que describe interiores, rincones de habitaciones con figuras semiadvertidas. Se trata de lugares cotidianos, pero transformados en poesía y cargados de efectos psicológicos a causa de ambigüedades ópticas, una suerte de tejido pictórico con el que construye el espacio, que posee la virtud de hacer emerger o desaparecer los personajes.

No es extraño que se haya mencionado a Jean-Édouard Vuillard como un equivalente de Stéphane Mallarmé, precisamente, por la disolución de la materialidad, o a Marcel Proust, por el mundo de ensueño, entre colores y olores, que evoca. En fin, este puñado de obras a las que nos referíamos antes posee suficiente potencia y fuerza para contrarrestar la debilidad del relato curatorial.