Hammershøi: 'Tres mujeres jóvenes', 1895. Foto: Ribe Art Museum

Hammershøi: 'Tres mujeres jóvenes', 1895. Foto: Ribe Art Museum

Arte

Hammershøi, el pintor de silencios y vacíos que no te puedes perder esta temporada

Su éxito de visitantes la está convirtiendo en una visita imprescindible. Una experiencia que trae la paz de Dinamarca al Museo Thyssen-Bornemisza.

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Hay varias posibilidades de abordar la reseña de esta exposición. Una empieza por verificar que los cuadros son puertas y las fotografías son ventanas. Es decir, que a través de una fotografía puedes asomarte a mundos desconocidos. Pero en un cuadro puedes entrar y quedarte. Tengo la sospecha sin pruebas de que podrías quedarte tanto tiempo como se empleó en pintarlo.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha

Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Comisaria: Clara Marcellán. Hasta el 31 de mayo

Esa capacidad evocativa acaso proceda de su cualidad orgánica (resultado de un complejo equilibrio de habilidades físicas y mentales) o de nuestro antiquísimo trato con la representación (llevamos pintando casi cuarenta mil años). El caso es que un cuadro es habitable y se puede transitar en todas las direcciones del espacio que abarca.

Hay otro asunto relacionado con todo esto, yendo ya a Hammershøi. Y es cuánto me importa la luz que esa tarde de 1903 atravesó una ventana del número 30 de Strandgade, en Copenhague. Esa luz que ondea ahora sobre la pared de una habitación pintada sobre un lienzo, nítida y soñadora, apenas unos centímetros cuadrados de pigmento y sin embargo inapelable. Me importa porque es una bandera blanca con la que pedir una tregua al olvido y yo necesito enarbolarla cada día.

Pero hay más horas de sol nórdico en vilo en otros cuadros de esta exposición. En esas habitaciones de paredes grisáceas, pocos muebles (algún instrumento musical) y acaso una figura, parece que el artista ha querido pintar sobre todo el tiempo y el espacio que hay entre ellos.

Entre la mujer y la mesa, entre el alféizar y la cómoda. Son esos intervalos entre las notas, por así decir, el argumento de los cuadros. Pintor por lo tanto de silencios y vacíos, qué peculiar es Hammershøi. Si quisiera presentárselo a alguien sin mostrarle sus obras, tendría que recurrir a una ecuación: Hammershøi es igual a Vermeer partido por Mondrian, más Morandi partido por Robert Ryman.

Hammershøi: ' Interior, mujer vista de espaldas', 1904. Foto: Randers Kunstmuseum

Hammershøi: ' Interior, mujer vista de espaldas', 1904. Foto: Randers Kunstmuseum

En efecto: vemos aquí figuras femeninas aisladas junto a ventanas, en estancias de marcada ortogonalidad. Añadámosle la soledad de un escaso mobiliario que se repite una y otra vez, pintado en una exploración infatigable de las monotonías del gris, el azul y el ocre.

Esta matemática artística, sin embargo, no resuelve el misterio. Me produce desazón que la figura femenina esté casi invariablemente de espaldas, que no sepamos qué hace ni por qué está allí. Es raro también que el mobiliario Biedermeier sea completamente anacrónico (corresponde más bien a la década de 1830 o 1840).

También, que las puertas resulten tan elocuentes en sus grados de apertura, como si mantuvieran una conversación. Aunque como él mismo confesó,lo que le interesaba era “la actitud arquitectónica de la imagen”, los escasos paisajes que aquí podemos ver son sin embargo igualmente desolados y magnéticos. No sé, quizás Hammershøi fuera un poco agorafóbico.

Así que mejor dejo de opinar y para presentar esta exposición empiezo por situar al pintor. Vilhelm Hammershøi nació en Copenhague en 1864 y murió en esta misma ciudad en 1916. Se formó básicamente en la Academia de Artes de su ciudad y se casó en 1891 con Ida Ilsted, hermana de un compañero. La pareja pasó largas temporadas en París y Londres (son extraordinarios sus dos cuadros de los alrededores del British Museum).

Hammershøi pintó unos 400 cuadros (aquí se exhiben 70) y gozó en vida de una excelente reputación. Influido tempranamente por James Whistler y el simbolismo, durante su vida se desarrollaron el impresionismo, el postimpresionismo, el expresionismo y el cubismo, sin que ninguno tuviera la menor repercusión en su obra.

Más bien, la influencia detectable son los pintores holandeses del siglo XVII. La consolidación del canon vanguardista dio lugar a que desde la década de 1930 cayera en el olvido más absoluto. La revisión de ese canon en los últimos cincuenta años le ha redescubierto y hoy su pintura se exhibe con interés creciente.

Hammershøi: 'Puertas Abiertas', 1905. Foto: The David Collection

Hammershøi: 'Puertas Abiertas', 1905. Foto: The David Collection

Otro abordaje posible de la exposición debería aludir a su acogida por parte de los medios que, más allá de la eficacia del departamento de comunicación del Thyssen, creo que es consecuencia de su sintonía con ciertas modas intelectuales. Modas o corrientes de pensamiento, no quiero minusvalorarlas. Ya desde el título, El ojo que escucha, se alude al silencio, la atención y la quietud.

Y efectivamente, silencio y quietud son valores cada vez más codiciados en nuestra sociedad, que perseguimos a través de la meditación, el mindfulness, el yoga o los menús de proximidad. Como dice el titular de una revista del corazón: “Hammershøi: un refugio de quietud en la era del ruido”.

Pero podríamos incluso pensar que el interés es directamente proporcional a la gravedad de nuestro problema con la vivienda. Porque el atractivo inmobiliario de sus cuadros es innegable. Hay en ellos un derroche de espacio, limpieza y soledad que resultará fascinante para quienes viven en una habitación o han pagado el metro cuadrado de su casa a precios de obra de arte.

Los lujos burgueses de la privacidad, la amplitud, la armonía cromática, el silencio salpicado de música y la discreción de sus habitantes, convierten estos de Hammershøi en algunos de los mejores pisos de nuestra capital.