Image: Carlos León, pintura de cámara

Image: Carlos León, pintura de cámara

Arte

Carlos León, pintura de cámara

Fuego, lluvia, cenizas.

Mariano Navarro
Publicada
Actualizada

Autorretrato griego, 2009

Galería ArteSonado. Rey, 9. La Granja de San Ildefonso. Hasta el 14 de septiembre. De 2.500 a 26.000 euros.

Poco más de dos años después de su última comparecencia pública, en una memorable muestra en el Patio Herreriano de Valladolid y en su galería madrileña, Max Estrella, vuelve Carlos León (Ceuta, 1948) a mostrar una breve y muy cuidada selección de trabajos fechados en el último lustro haciendo especial incidencia en varios realizados durante el 2010.

No hay entre aquellas muestras y ésta ningún gran salto transformador ni tampoco diferencias notables en los tratamientos o motivos que han caracterizado su labor en lo que va de siglo, aunque sí la confirmación, me atrevo a decir que espectacular, del acierto de un modo de hacer y de entender la práctica contemporánea de la pintura. Amén de que el espectador atento puede encontrar recursos y variantes antes no vistos en su pintura e incluso diálogos inesperados y fructíferos entre obras realizadas en tiempos diferentes y alejados.

La primera obra que se pone ante nuestros ojos, Noctámbulos, de 2008, en el límite cronológico que cerraba las exposiciones antes citadas, apunta ya a uno de esos detalles perceptibles y a su rico desarrollo: el cuidado equilibrio que Carlos León ha mantenido en su trayectoria entre la solidez estructural del cuadro y la libertad corporal del hecho mismo de pintar. En ella, entrevemos un fondo denso y compacto, que parece forjar una consistente superficie de sustentación a la maraña trepidante, casi vegetal, de expansión arbórea, que constituye lo sustancial de la pintura.

Un segundo aspecto, igualmente potente, es su abundancia y riqueza cromática, que lo hace infatigable a la contemplación y a la vez sorprendente. Creo que es la riqueza y diversidad en el color lo que ha guiado la delicada distribución que ha hecho el comisario, José María Parreño, en los sucesivos y recoletos espacios en los que se divide la galería.

Siguiendo el debate que entablan piezas que podríamos considerar aéreas, que no evanescentes -como la serie Agua y fuego, 2010-, con otras más apretadas y densas -Junto al río, 2009-, lo más seductor de la exposición se encuentra en la diversificación y concatenación de los colores, de los que resultan fascinantes no sólo sus enlaces o vínculos, sino también, el mero citar de sus nombres industriales: índigo y azul real; carmines, incluido el carmín brûlé o quemado; rojos de cadmio, de cuerpo lleno; el tête de morte o cabeza de muerto, con resonancias de vino y los verdes, las tierras de sombra y los sepias. Carlos León afirma que cuando pinta, los colores entran en escena sobre la tela como los cantantes de ópera lo hacen sobre un escenario. En esta ocasión interpretan una sentida y deliciosa pieza de cámara que no deja indiferente a quien aprecia timbre, voz y dicción de la pintura.