Así es un día (real) en la vida de un pastor

Así es un día (real) en la vida de un pastor

Reportajes gastronómicos

Así es un día (real) en la vida de un pastor: "Ahora nuestro trabajo vale algo más que el peso del cordero"

El oficio más antiguo del mundo, y uno de los más frágiles: así se resiste a desaparecer. En voz de pastores de Cantabria, Burgos y Jaén, descubrimos cómo es la realidad del pastoreo.

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Braulio, Guadalupe, Santiago, Marina y Rodri. Nombres distintos, pero un mismo verbo: pastar. Viven pendientes del tiempo, del monte, de los partos... Sostienen un paisaje que se desangra poco a poco, con menos ovejas, menos manos y más lobos. Si hay algo verdaderamente vocacional, es esto.

Acompañamos a varios de ellos en un viaje organizado por Interovic, la Interprofesional Agroalimentaria del Ovino y Caprino, para conocer distintas realidades del pastoreo en España: desde los Picos de Europa hasta Burgos y Jaén. Son historias de esfuerzo, pero también de orgullo.

Braulio, Guadalupe y su hijo: 850 ovejas a 2.500 metros

En los Picos de Europa, el día amanece entre nubes bajas. Braulio arranca el todoterreno y sube con su mujer Guadalupe y su hijo por pistas imposibles hasta alcanzar los 2.500 metros de altitud, donde su familia cuida 850 ovejas que pastan en 2.500 hectáreas de monte comunal. “Las conozco todas”, dice sonriendo. “Sabes si una cojea o si falta otra. Te lo dicen ellas.”

Allí arriba, el aislamiento es absoluto. Los mastines que protegen el rebaño pasan semanas sin bajar, y la familia, gracias a la ayuda de la Fundación Quebrantahuesos, puede subirles comida en helicóptero cuando se quedan incomunicados por la nieve. “Si no, no llegan a nada.

Montar una explotación así cuesta más de 300.000 euros, y no hay garantías. “Esto se aprende en seis u ocho años, lo que tarda un rebaño en conocer el monte. Lo difícil no es tener ovejas: es conocerlas”, cuenta Braulio, mientras observa el horizonte.

Sus ovejas forman parte del programa Pro-Biodiversidad, impulsado por la Fundación Quebrantahuesos, que vincula el pastoreo extensivo con la conservación del entorno. Hoy son casi más de una veintena de ganaderos los que forman parte de esta red, que en 2023 comercializó más de 1.600 lechazos de montaña criados en libertad.

La iniciativa, que une ganadería y biodiversidad, ha logrado que Paradores de Cantabria y Asturias incluyan el Lechazo Pro-Biodiversidad en sus cartas y que mantengan un precio justo para estos productores.

Por primera vez sentimos que nuestro trabajo vale algo más que el peso del cordero”, dicen. Y es que además de esto, ellos han conseguido un acuerdo con los supermercados Lupa y Alimerka que en el momento en que empiezan a tener lechazo, lo venden bajo su nombre. "Tenemos que estar muy pendientes de la calidad, para que todo salga perfecto."

Santiago: 150 ovejas y un monte con lobos

Un poco más al norte, en la zona de Vega de Pas (Cantabria), encontramos a Santiago, otro de los pastores que conocimos en ruta. Tenía casi 200 ovejas, pero ahora apenas le quedan 150, todas dedicadas al lechazo. “Antes teníamos más, pero el lobo me las fue matando.

Sus ovejas pastan en la parte alta del valle, donde el aire es limpio y el pasto fresco. “El problema es que el lobo se mueve por las mismas zonas. Antes hacíamos cierres para protegerlas, pero ya está prohibido.” Cuando lo cuenta, baja la voz.

Antes subía a diario al monte, ahora, se queda más cerca del pueblo. “Ya no pasto tan arriba. Entre los ataques y los inviernos tan duros, es jugártela.” Otra de las problemáticas a las que se enfrenta es que allí arriba, donde antes pastaba, es que es imposible subir en coche. Lo hace a caballo y solo en subir y bajar emplea más de 2 horas.

Cada año vende alrededor de un centenar de lechazos, la mayoría a carniceros y restaurantes de la zona. “Esto da para vivir, pero no para hacerse rico. Hay que quererlo mucho.

Marina y los Quesos El Vidal: del rebaño a la quesería

En Oquillas (Burgos), el pastoreo tiene otro acento. Allí, Marina y su familia gestionan Quesos El Vidal, una pequeña explotación familiar que ha sabido reinventarse y adaptarse. Su padre, Lázaro Vidal, lleva medio siglo rodeado de ovejas. “Antes teníamos 1.300, ahora 500. Pero lo hacemos todo nosotros y vivimos de ello.”

La suya es raza churra, reconocible por sus ojos oscuros y su grasa infiltrada, que da lugar al célebre lechazo de la Ribera del Duero. “Si están bien alimentadas, paren dos o tres corderos por parto.”

Marina, que dejó su trabajo en el audiovisual, ha dado un nuevo impulso al proyecto. “Me metí en la parte comercial, montamos un pequeño centro de visitantes, hago catas y talleres de queso, y con eso -más el lechazo- mantenemos a la familia.

La quesería se ha convertido en parada obligada para quienes viajan entre Madrid y Burgos. “Vendemos carne, queso y cuartos de lechazo preasados, listos para terminar en casa.” También aquí el lobo ha cambiado las reglas: “Antes subíamos al monte; ahora no. Es demasiado arriesgado.

Antonio Rodriguez: del hospital al aprisco

En la Sierra de Segura (Jaén), Rodri, como todos lo conocen, representa otra forma de volver al campo. “Era enfermero y trabajaba en Londres. Cuando mi padre se iba a jubilar y pensé que iba a vender las ovejas, me dio pena. Así que dejé el hospital y volví.”

Hoy es pastor y alcalde de su pueblo. Cuida 700 ovejas de raza segureña en pastos comunales y combina el oficio con la gestión del municipio. “La mitad de las hectáreas del pueblo son públicas, eso facilita mucho las cosas.”

Su manera de trabajar es distinta: usa GPS para controlar el rebaño y conduce cada día hasta la finca, a quince kilómetros de casa. “Hay que ir a verlas todos los días, pero ya no hace falta estar pegado a ellas. La tecnología ayuda.”

Para él, el gran reto está en la comercialización. “No ha cambiado nada en cien años. Seguimos vendiendo mal. El mayorista te paga lo que quiere y cuando quiere.” Aun así, su historia es una excepción dentro de un sector con edad media por encima de los 60 y menos del 10% de jóvenes incorporándose. “En los últimos años nos hemos sumado unos treinta nuevos pastores, pero seguimos siendo una rara avis.”

Un oficio que sostiene el paisaje

En todas estas historias se repite la misma idea: el pastoreo extensivo no es solo una forma de vida, sino una herramienta ecológica. Mantiene la cubierta vegetal, fertiliza el suelo, reduce la erosión, favorece la infiltración del agua y crea cortafuegos naturales que previenen incendios. Además, mejora la biodiversidad y reduce las emisiones.

La lana, que antaño fue símbolo de riqueza, hoy es casi un quebradero de cabeza. Esquilar cuesta más que lo que se gana vendiéndola, aunque su uso en moda sostenible o construcción ecológica empieza a abrir nuevas oportunidades.

El relevo generacional, sin embargo, sigue siendo el gran desafío. “Un rebaño se hace en seis u ocho años. Lo que no se aprende en la escuela lo enseña el monte.

En apenas cinco años, la red de pastores vinculados a Pro-Biodiversidad ha pasado de cinco a casi veinte explotaciones. No parece mucho, pero en un oficio que se extingue a pasos agigantados, cada nuevo rebaño es una pequeña victoria.

Cuando cae la tarde, Braulio, Guadalupe, Santiago, Rodri y Marina vuelven a lo suyo: contar ovejas, revisar vallas, mirar el cielo. “Yo vine de mi padre… y me he pasado la vida equivocándome. Y sigo. Pero quiero lo que hago", sentencia Rodri. Aquí, la palabra oficio, todavía significa algo.