Un 'therian'.

Un 'therian'. EFE

Tribunas

La dignidad del esperpento therian

Quizá este fenómeno therian nos recuerda, a través de un reflejo deformado, una sabiduría antigua, y nos ayuda a ver que quizá hay algo errado en cómo pensamos el mundo en que vivimos.

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Llevamos una temporada asombrándonos con el esperpento de los therians, esa tendencia en la que ciertos adolescentes sienten una identificación profunda con un ser no humano, hasta el punto de moverse en manadas, andar a cuatro patas o imitar conductas y sonidos propios de ese animal.

Personalmente, lo que más me descoloca no es esta conexión psicológica o espiritual entre humano y animal, que al fin y al cabo tiene antecedentes en prácticas antropológicamente muy consolidadas, como el chamanismo, sino la manía de aderezar este impulso con caretas y otros accesorios comprados en Amazon o AliExpress, y compartir las andanzas therianas en redes sociales.

Sin embargo, admito a regañadientes que, en el fondo, no puedo evitar sentir cierta simpatía por este fenómeno.

Dice el filósofo Javier Gomá que sólo los seres humanos tenemos dignidad. Es esta una idea que siempre me ha producido cierta perplejidad.

¿Podemos negarle la dignidad a un roble centenario? ¿A un león que contempla la sabana? ¿O incluso a un paisaje?

¿No tiene dignidad Argos, fiel perro de Ulises, que esperó los veinte años que tardó el héroe en volver a Ítaca (entre otras cosas, por la nada digna razón de pegarse la gran vida con Circe y Calipso) para morir a sus pies después de verlo una última vez?

Quedada Therian en Vigo.

Quedada Therian en Vigo. Treintayseis

Gomá admite que, aunque no podemos considerarlos como "sujetos", a la naturaleza y a los animales debemos cuidarlos y protegerlos.

Pero ¿por qué empeñarse tanto en diferenciar la esencia del valor humano y la del valor del resto de los seres de nuestro planeta?

¿Está justificada esta diferencia tan marcada?

Pensemos en el río Atrato, víctima durante años a causa de la minería intensiva de mercurio, y que gracias a la movilización de las comunidades indígenas fue finalmente considerado como un titular de derechos en el 2016 por la Corte Constitucional de Colombia.

"Nuestro mundo necesita un cambio de ontología. Una ontología que, reconectando con culturas muy antiguas, considere lo humano como una parte indivisible del resto de la comunidad viva"

Al río Atrato se le concedieron derechos porque había sido gravemente dañado por la acción humana y la omisión del Estado, y porque protegerlo como "objeto" ya no funcionaba. Reconocerlo como "sujeto" era la única manera eficaz de frenar su destrucción y proteger a las comunidades que dependen de él.

La filosofía que permea las categorías con las que funcionamos cotidianamente es heredera de una larga cadena de ilustres pensadores (Platón, Descartes, Bacon, Kant) que se han empeñado en conceptualizar ontologías dualistas y marcar la diferencia entre materia y espíritu, cuerpo y alma, humano y no humano.

En sus lecciones de ética, Kant decía: "En lo que respecta a los seres no humanos, no tenemos deberes directos hacia ellos. Existen únicamente como medios para un fin. El fin es el ser humano".

Sospecho que muchos políticos actuales, pensadores y personas de a pie estarán muy de acuerdo con estas ideas: la tierra es una propiedad; los seres vivos y los ecosistemas son "recursos" que podemos explotar gracias a la ciencia y la tecnología.

El desarrollo sostenible impone ciertos límites a esta lógica, pero el principio sigue siendo el mismo: scientia potentia est.

Como dice el antropólogo Jason Hickel, se nos escapa que esta manera de concebir el mundo es el pecado original que nos está llevando al desastre ecológico al que parecemos estar abocados sin remedio.

Nuestro mundo necesita un cambio de ontología. Una ontología que, reconectando con culturas muy antiguas, considere lo humano como una parte indivisible del resto de la comunidad viva.

Donde todos los seres puedan compartir en cierto modo un mismo espíritu.

Donde los animales y las plantas pasan de ser recursos a ser "amigos" o "parientes" con los que lo correcto es establecer relaciones equilibradas y de reciprocidad.

En definitiva, una ontología theriana.

Con una base ontológica así, desarrollaríamos códigos morales que nos impedirían explotar de la manera que lo hacemos otros sistemas vivos.

¿Es esto una postura irracional, animista, primitiva?

¿Acaso podríamos pensar que separar radicalmente el espíritu de la materia, lo humano de lo no humano, es igualmente una posición dogmática y, yo diría, hasta oportunista?

La ciencia contemporánea nos empieza a dar pistas interesantes: cuervos que son capaces de manejar herramientas; pulpos que juegan con corrientes de agua por puro placer; elefantes que velan a sus difuntos; plantas que se comunican para defenderse de los depredadores y que protegen a sus vástagos.

Cada vez tenemos más evidencias de que animales y plantas no son meros objetos reactivos, sino sujetos biológicos capaces de procesar información, tomar decisiones y mantener relaciones significativas con su entorno, lo que obliga a repensar las fronteras tradicionales entre naturaleza, mente y sujeto.

Quizá este fenómeno therian nos recuerda, a través de un reflejo deformado, una sabiduría antigua, y nos ayuda a ver que quizá hay algo errado en cómo pensamos el mundo en que vivimos.

*** Teresa Sánchez Chaparro es profesora de la ETS de Ingeniería Industrial de la Universidad Politécnica de Madrid.