Una imagen de 'Dos mil metros a Andriivka'.
La devastación inútil de la guerra de Ucrania
Dados unos frentes prácticamente estables, y unas conquistas y reconquistas que producen muchos muertos y escasas ganancias territoriales, alguien debería sentar a los beligerantes para acordar el fin de la guerra.
Hace unas semanas y mientras esperaba la destrucción de la civilización persa, felizmente suspendida, me entretuve de madrugada en la oferta de documentales sobre la guerra de Ucrania, entre los que estaba Dos mil metros a Andriivka.
Se trata de una obra singular dirigida por Mstyslav Chernov (Veinte días en Mariúpol) que cuenta el relato directo, metro a metro, de la toma de un villorrio perdido del Donbás durante la llamada "contraofensiva" ucraniana de 2023.
Es como si, ante tanto misil cruzando desiertos y estrechos marítimos, quisiera no olvidarme de que "otra" guerra tiene lugar sin que se atisbe ni cómo ni cuándo podrá terminar.
El documental es un ejercicio de realismo digno de verse; las imágenes no llevan a engaño.
Se trata de emprender la singular hazaña de recorrer dos mil metros por un sendero antaño boscoso y hoy tierra desolada, horadada por un sinfín de cráteres provocados por cientos de explosiones en donde el enemigo, los rusos, acechan emboscados en unos pozos de zorro horadados tras los troncos calcinados, escondidos bajo tierra y rodeados de olores hediondos, cargadores vacíos y cadáveres alrededor que los ucranianos, en su avance metro a metro, esquivan como arbustos.
Sólo recogen a los suyos.
Es como volver a una guerra que creíamos superada: la guerra de trincheras, el avance encarnizado con el único propósito de alcanzar un objetivo militar, el poblacho, que está completamente derruido, a dos mil metros, tal como en el Somme, Ypres o Verdún.
Se ve a los soldados avanzar hacia la muerte con la sola esperanza de evitar las esquirlas o de acertar con la puntería en un tiro a lo loco dirigido hacia adelante.
Sorprende ver cómo los nervios del combate hacen que los disparos, lejos de ser un acto de pretendida precisión, se revelen en histérica metralla.
La manida "tecnología" sólo se advierte en las comunicaciones, walkie-talkies comprados en algún chino, a través de los que se conversa en clave, como siempre, para garantizar la reserva.
Un militar ruso en Ucrania. Europa Press y Ministerio de Defensa de Rusia
Si acaso, se ven imágenes del bunker de mando en donde efectivamente, se tiene una visión "dron" o satelital del escenario, pero que tan sólo sirve para avisar de que hay un "hijo de puta" enfrente. O sea, un ruso. De vez en cuando se pierde la conexión y la pantalla queda en blanco.
Hay una completa ausencia de sutileza táctica en todo el combate: es el hombre contra el hombre, el arma contra el arma, sin apoyo aéreo alguno, más allá de algún dron despistado que no saben si es amigo o enemigo, y, como en la Primera Guerra Mundial, de vez en cuando salvas de artillería para destruir aún más el bosque.
Cae el soldado Gagarin; cae herido Feyda, el bravo sargento que lidera el pelotón y que, tras recuperarse, regresa de nuevo al combate y acaba izando la bandera ucraniana en la aldea, señal de efímera victoria por cuanto los rusos volverán a tomar Andriivka en 2025.
Feyda morirá meses más tarde, abatido por el fuego.
Y uno se pregunta sobre el sentido de esta carnicería.
Alguien debería liderar seriamente un camino negociado para el final de esta contienda, si la guerra que se libra es de este cariz: con frentes prácticamente estables y en donde las conquistas y reconquistas de unos y de otros producen muchos muertos y escasas ganancias.
Tan sólo cadáveres y pueblos desolados.
No es creíble una gran ofensiva ucraniana que reconquiste el territorio perdido y, por lo que parece, Putin no está dispuesto a comprometer más de lo puesto en una gran ofensiva para doblegar la voluntad de Zelenski y así forzarlo a acuerdos ignominiosos que, sin embargo, el ruso sí podría acometer.
No lo hace por la firme oposición de Europa, a la que en el fondo respeta y teme.
Se limita a mantener la posición a costa de soldados forzosos cuyas vidas le importan poco y lanzando misiles de vez en cuando sobre Kiev.
Mientras tanto, otros bosques son pasto del tiro loco.
El presidente ruso Vladímir Putin.
Dicen muchos que ceder es sentar las bases de un nuevo Múnich por el que Putin saldría victorioso y presto para nuevas hazañas de conquista que amenazarían Europa irremediablemente.
Por eso hay que armarse, llamar a filas, restablecer el servicio militar (Alemania y Francia, entre otros) y subir presupuestos de defensa, más ahora que estamos solos.
Ya vemos tanques en las playas de Valencia, tal y como se esperaban durante la Guerra Fría.
Todo eso está muy bien, pero nos olvidamos a menudo de que la historia nos dice que esa "amenaza" es justo en sentido contrario.
Es Europa la que por dos veces intentó conquistar Rusia (Napoleón y Hitler) y no al revés.
No se conoce intento expansionista ruso más allá de la protección de sus fronteras e intereses del Mar Negro (para acceder al Mediterráneo, con Catalina la Grande, o al Báltico).
Incluidas las fallidas ofensivas sobre Finlandia y el Japón, y sin olvidar a la sufrida Polonia, que ha sido objeto de deseo ruso a lo largo de la historia.
Ahí acaban sus sueños de grandeza. Salvando, claro está, el período comunista, donde la conquista militar era paso previo necesario para la conquista ideológica.
¿Es realista, por tanto, esta percepción europea?
Desvaloramos que, a medida que la OTAN desfallece (consecuencia lógica del cambio de paradigma) y la orientación de las tensiones globales vira hacia entornos y actores distintos de los de la Guerra Fría (China e India), Rusia abandonará la percepción de esa amenaza atlántico-europea que alimenta su discurso y, en consecuencia, podría tornar sobre sí misma y moderar sus sueños imperiales a fin de potenciar sus ventajas en la guerra comercial, tecnológica y cultural que se avecina.
En ese marco, una alianza con Europa, su aliado natural, se antoja más productiva que un abrazo incondicional a Pekín. No sólo por razones históricas, sino porque el gas y el petróleo se pagan en euros.
A su vez, Bruselas está llamada a una profunda transformación y, en esa catarsis, una revisión de su posición con Moscú podría producir más ventajas que inconvenientes, en una suerte de transacción en la que todos ganen.
Ucrania encontraría en ese pacto su merecido espacio, y Polonia y los Estados bálticos podrían a buen seguro vivir en paz.
Hace falta realismo y excelsa diplomacia, pero no es imposible. Hace falta superar los muros infranqueables creados desde 2014 y darnos cuenta de que todos los caminos están expeditos.
Máxime en este marco, que nadie sabe dónde está, y mucho menos hacia dónde va.
De momento, lo que sí parece es que el bosque de Andriivka debería volver a crecer y los jóvenes soldados volver a sus casas para criar hijos y construir un futuro.
La alternativa es devastación inútil y muerte estéril.
*** Francisco Cancio es escritor y ensayista especializado en historia militar.