Los estudiantes españoles de quince años acaban de firmar el peor resultado de su historia en el Informe PISA.
En lectura obtienen 451 puntos. En matemáticas, 457. En ciencias, 477. Están por debajo de la media de la OCDE (461, 463 y 482) y de la Unión Europea (459, 463 y 481).
Quien quiera suavizar esta catástrofe hablará de "contexto internacional". O, como la ministra Milagros Tolón, dirá que los estudiantes españoles puntúan alto en "curiosidad por aprender".
Lástima que esa curiosidad no vaya acompañada de verdadero aprendizaje y se quede en mera "curiosidad", que es la perplejidad del ignorante por aquello que desborda su limitada capacidad intelectual.
Pero quien analice los resultados verá otra cosa. Verá que España no sólo cae. Sino que cae mucho más que sus pares, y que toca suelo en las tres competencias a la vez.
La OCDE estima que veinte puntos equivalen, aproximadamente, a un curso. Desde 2022, España pierde veintitrés puntos en lectura: más de un año escolar en tres cursos.
Desde el máximo de 2015 (496), la hemorragia es de 451: cuarenta y cinco puntos, más de dos cursos.
El anterior mínimo histórico era 461, en 2006. Hoy estamos diez puntos por debajo de aquel suelo.
En matemáticas, 2022 había sido nuestro peor registro (473). 2025 lo empeora en dieciséis puntos y deja el descenso cercano a treinta desde 2015 (486).
En ciencias, 477 es el peor dato de la serie: ocho menos que en 2022 (485), dieciséis menos que en 2015 (493).
El detalle cualitativo es, si cabe, más grave que la media. Sólo un 2% de los examinados alcanza un nivel alto de lectura, que consiste en comprender textos extensos, manejar lo abstracto y distinguir hechos de opiniones. Eso quiere decir que a la mayoría de los estudiantes españoles les cuesta un mundo comprender un texto de apenas dos párrafos. Un libro entero, aunque sea de pocas páginas, es para ellos un imposible.
No estamos ante un tropiezo en un examen de temario. Estamos ante una generación que no sabe leer, que no entiende lo que lee y que es incapaz de comprender conceptos elementales.
Se dirá, y es verdad, que el mundo desarrollado también empeora. Entre 2015 y 2025 el promedio de la OCDE cae unos veintisiete puntos en lectura, veintidós en matemáticas y siete en ciencias. Las pantallas, la lectura fragmentada y la atención espasmódica no las inventó el BOE.
Pero ese argumento ya no sirve en España. En 2022, el Gobierno pudo decir que España caía menos que el entorno. En 2025 ocurre lo contrario: el deterioro español es más intenso que el de la OCDE, especialmente en lectura y matemáticas, y se extiende a casi todos los grupos sociales.
La tentación de echarle toda la culpa a Pedro Sánchez es tan política como la tentación inversa de no echarle ninguna. El pico de España es 2015. Sánchez llega a la Moncloa en junio de 2018. La LOMLOE (la ley Celaá) se aprobó a finales de 2020.
El deterioro, por tanto, no nace en 2020.
Pero 2025 es el primer informe PISA que evalúa a una cohorte que ha cursado 3º y 4º de ESO con el currículo de esa ley ya implantado. Coincide con la cronificación de lo que empezó siendo excepción de pandemia: promocionar y titular sin límite de suspensos, restar peso al contenido concreto, hinchar actitudes, valores y "situaciones de aprendizaje", sustituir la nota concreta (entre 0 y 10) por evaluaciones "cualitativas" que consuelan.
En las escuelas españolas ya no se estudia: se reconforta al estudiante convenciéndole de que ser un zoquete es una opción tan válida como cualquier otra.
Lo que está en juego ya no es un resultado concreto de una prueba concreta. Es una idea del ser humano. Durante años se ha vendido que memorizar era arcaico, que exigir era excluyente y que el mérito era sospechoso. El resultado está a la vista.
Sin memoria no hay comprensión, porque no se puede interpretar lo que no se posee.
Sin esfuerzo no hay movilidad. El hijo de la familia culta compensará en casa lo que la escuela ya no impone; el que depende de la educación pública se quedará con la retórica de las competencias y mucho apoyo emocional, que es el camino más directo posible al fracaso vital.
La equidad entendida como igualación por abajo no iguala oportunidades. Reserva el saber verdadero a quien puede pagarlo o heredarlo, y deja al resto con un título más fácil y una cabeza más vacía.
PISA añade un dato incómodo para el relato compasivo. El deterioro ha sido más intenso entre el alumnado de mayor nivel socioeconómico (treinta y tres puntos menos en lectura frente a quince entre los más desfavorecidos). El sistema ya no tira ni de los que partían con ventaja. No hay ascensor. Hay descenso compartido: ricos y pobres se amontonan juntos en el pozo de la ignorancia.
Si la causa fuera sólo el espíritu del tiempo (el móvil, TikTok), no se entendería el mapa autonómico. Con la misma ley estatal, un alumno de quince años en Madrid obtiene 477 en matemáticas y 495 en ciencias; 469 en lectura, a dos puntos de Asturias (471). Madrid supera en matemáticas a Finlandia (469), Suecia o Estados Unidos, y queda veinte puntos por encima de la media española.
Eso no lo explica "el siglo XXI". Lo explican el currículo real, la evaluación, la inspección, la lengua vehicular, la cultura de centro y la idea (o la ausencia de idea) de que aprender cuesta.
El Gobierno, mientras tanto, saca pecho por la "inclusividad" y la "curiosidad". Son bienes decorativos cuando ya se sabe leer, calcular y razonar. Pero la aspiración de la educación pública no debería ser la de producir ignorantes curiosos e "inclusivos", quiera decir eso lo que quiera decir.
La receta no es la nostalgia. Es lo que funciona allí donde PISA no se despeña: contenidos canónicos y secuenciados; lectura diaria de textos largos en papel; evaluación numérica externa y comparable; consecuencias reales para quien no alcanza el mínimo; móviles fuera de clase; IA permitida para practicar y prohibida como sucedáneo del producto evaluable; autoridad del profesor en lugar de formularios competenciales.
Premiar el mérito no es elitismo. Es la única pedagogía democrática: decirle al alumno que su trabajo cuenta, que el suspenso informa y que nadie le va a regalar lo que sólo se adquiere con años.
España escogió no frustrar a los alumnos de doce años. La factura, ya se ha visto, llega a los quince, con una generación entera de adolescentes que a duras penas son capaces de comprender un folleto publicitario. O España se vuelve a tomar en serio la educación, frustre a quien frustre, o su futuro es el Segundo Mundo.