La arrolladora victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt de este domingo supone un severo aviso a navegantes para todo el continente.

El histórico 43,8% de los votos obtenido por la formación de extrema derecha confirma que sus éxitos electorales han dejado de ser un mero voto de protesta coyuntural.

Estamos ante la consolidación de un cambio de paradigma político del que las fuerzas democráticas tradicionales deben extraer lecciones inmediatas si no quieren ser barridas por la marea populista.

El triunfo de esta fuerza identitaria (en cuyo programa figuran el revisionismo sobre la memoria del Holocausto, una feroz agenda antiinmigratoria y la suspensión de la ayuda económica y militar a Ucrania) ha desencadenado un terremoto político no sólo en Alemania, sino en toda Europa.

Porque tanto en Alemania como en la Unión Europea ha estado en vigor una convención tácita para excluir a las fuerzas extremistas de la gobernabilidad que ahora amenaza con romperse.

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una formación ultra roza la mayoría absoluta y el gobierno de un land.

Por eso, estos resultados trascienden el aspecto circunstancial de la debilidad del Gobierno de coalición federal encabezado por el canciller Friedrich Merz, duramente castigado en el antiguo territorio oriental.

Nos hallamos ante un contexto geopolítico favorable a la derecha radical, espoleado por el regreso de Donald Trump. Y alimentado por las dinámicas de desinformación y polarización que amplifican los gigantes digitales y su agenda política disruptiva.

Y así el panorama político europeo está tomando los inquietantes visos de que la extrema derecha pueda alcanzar el poder en los principales países europeos a partir del próximo ciclo electoral del año que viene.

El caballo de Troya del Kremlin que representaba la Hungría de Orbán fue afortunadamente neutralizado. Pero ahora la mayor potencia europea corre el riesgo de caer en manos de una fuerza partidaria de entenderse con una Rusia que ha aumentado sus campañas híbridas de desestabilización, envalentonada por el debilitamiento del orden internacional auspiciado por la Administración Trump.

En esta circunstancia, el acelerado declive de las dos grandes familias políticas que vertebraron Europa desde la posguerra (la democristiana y la socialdemócrata) supone una amenaza cierta para la cohesión comunitaria.

Y por ello el resto de las naciones europeas que aún estén a tiempo deben sacar las lecciones pertinentes de la experiencia alemana.

Sin embargo, líderes como Pedro Sánchez parecen empeñados en ignorar los hechos. En lugar de asumir que la estrategia del cordón sanitario y el recurso sistemático a la alerta antifascista no sólo ha fracasado, sino que son contraproducentes al alimentar el victimismo ultra.

El presidente del Gobierno ha vuelto a instrumentalizar el avance de la extrema derecha para lanzar su precampaña, al esgrimir este lunes los resultados alemanes como prueba de que "este Gobierno es más necesario que nunca".

Erigiéndose en "la guardia del avance frente a los reaccionarios", Sánchez reincide en la estrategia del frentismo cuya crecida lamenta. Olvidando que la profunda fractura social en las sociedades europeas es uno de los factores explicativos del ascenso de las fuerzas de ultraderecha.

Pero también Alberto Núñez Feijóo debe extraer las conclusiones adecuadas del escenario alemán. Siendo la principal que la experiencia ha demostrado que la derecha convencional fracasa cuando intenta mimetizarse con el discurso identitario.

Es cierto que, en el excepcional caso español, el Partido Popular ha acabado siendo el gran partido de su familia política en Europa que mantiene la hegemonía en su espacio.

Pero su fortaleza dependerá de su capacidad para desmarcarse con nitidez del populismo, ofreciendo una alternativa institucional, templada y rigurosa a las inquietudes ciudadanas.

La lección primordial de Sajonia-Anhalt es que la mera defensa abstracta de las instituciones resulta estéril.

El incremento del coste de la vida, la inflación, el precio de la energía y el estancamiento económico en las clases medias, empobrecidas en el marco de una economía fisurada de la globalización, ocasionan un profundo malestar.

Y para que ese descontento no sea capitalizado por quienes proponen soluciones demagógicas, los partidos moderados deben ser capaces de hablar y actuar en favor de esas clases medias, susceptibles de ser seducidas por mensajes simplistas y de falso regreso a una edad dorada.

La democracia liberal también se asienta sobre una legitimidad material. Y existe un razonable anhelo de orden, seguridad y progreso económico del que los defensores de este sistema tenemos que hacernos cargo y ser capaces de proveer.

El auge de los extremismos no se detendrá trazando cortafuegos ineficaces, mientras permanece la incertidumbre que actúa como caldo de cultivo para esta clase de fuerzas antisistema.

El auge de la ultraderecha sólo podrá atajarse con políticas públicas eficaces que aporten estabilidad y certezas en este mundo de transformaciones tecnológicas y económicas aceleradas.