El presidente ruso Vladímir Putin durante la celebración del Día de la Victoria.

El presidente ruso Vladímir Putin durante la celebración del Día de la Victoria. EFE EFE

Columnas BLOC DE NOTES

¿Por qué y cómo caerá Putin?

El cerco se está estrechando sobre Putin. A los ucranianos les corresponde el desgaste del imperio. A los jenízaros del Kremlin, el golpe de gracia.

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Putin, como Hitler, Mussolini y Ceausescu, como Calígula, Nerón, Cómodo o Pablo I de Rusia, como todos los dictadores del mundo, se volverá desconfiado, paranoico, convencido de ser odiado por todos, sin ver a nadie e imaginando complots por todas partes, enclaustrado y viendo en bucle las imágenes de la muerte de Sadam Husein y de Gadafi. Y tendrá razón.

Ninguno de los dictadores que cito murió de muerte natural.

¿Es la psicosis del líder la que termina por crear las condiciones del complot que tanto teme?

¿Acaso el alejamiento o la eliminación de los traidores, lejos de restaurar el terror, destruyen lo que le queda de soberanía y, en sus súbditos, de fidelidad?

Y a fuerza de humillar, purgar, vigilar y aterrorizar a sus allegados, ¿se fabrica, como Robespierre, a hombres cuya única idea, incluso dentro de la casta de los prefectos, chambelanes y servidores, es sobrevivir a su amo y, si es necesario, matarlo?

Esta es la paradoja del tirano. Cuanto más purga, más enemigos se crea. Cuanto más se atrinchera, más amenazado está en realidad. Cuanto más gobierna a través del miedo, más se convierte él mismo en presa de ese miedo que propaga.

Yevgeny Prigozhin, fundador del Grupo Wagner.

Yevgeny Prigozhin, fundador del Grupo Wagner. Reuters

Y, de paso, cuanto más miedo tiene y más filtra las voces autorizadas a acercarse a él, menos fiables son las informaciones que le llegan.

Entonces, la realidad se desdibuja. El tirano ya no ve a su alrededor más que rostros mentirosos, temblorosos y traidores. Pierde su facultad de distinguir el peligro real del peligro imaginario. Reina sobre un teatro de sombras y, un buen día, ha temido tanto a los fantasmas que ya no ve venir al hombre real que se acerca y se lanza a su cuello.

Todo el mundo lo ha olvidado. Pero el régimen de Putin ya estuvo a punto de caer bajo los golpes de uno de sus servidores y según la ley exacta que describo. Fue el primer año de la guerra total contra Ucrania. El servidor se llamaba Yevgueni Prigozhin. No era uno de los servidores, sino el servidor más fiel.

Había comenzado como cocinero de Putin, organizador de sus banquetes y, metafóricamente, según la lógica de las cortes zaristas, catador. Era aquel en quien el amo de Rusia, digno nieto de Spiridón Ivánovich Putin (cocinero y catador de Stalin y, antes de Stalin, del propio Lenin), más confiaba.

Y el día en que, al contrario de todos los principios enseñados al niño Putin por su abuelo Spiridón, infringiendo la regla sagrada según la cual un catador nunca traiciona a aquel con quien comparte el pan y protege su vida, Prigozhin pasó a la acción y decidió marchar sobre Moscú, nada ni nadie lo detuvo; los soldados, en el camino, en los puestos de control, ofrecieron bebidas calientes a sus pretorianos; y se necesitó al propio Putin para que, en el último minuto, en una última conversación telefónica, Prigozhin, "en memoria de Spiridón y por el honor de los catadores", bajó los ojos.

Más tarde, lo mató.

¿Pero acaso los milagros se repiten? Cuando César triunfa sobre Pompeyo, ¿no sucumbe a la siguiente conjuración, la de Bruto? Y Calígula, tras haber humillado a la aristocracia romana y aterrorizado al Senado, ¿no terminó asesinado por sus propios guardaespaldas?

Esta es la otra ley de las dictaduras y de su séquito. Se sabe, tras un complot frustrado, que el tirano puede ser desafiado, que el rey puede estar desnudo (y el aplastamiento ejemplar de la primera rebelión no es más que una invitación, la próxima vez, a golpear más rápido y más certeramente).

Putin ya ha sobrevivido más tiempo que sus predecesores encerrados en la misma mecánica de sospecha, desgracia y soledad. ¿Hasta cuándo?

Hay, por último, un detalle que no le habrá escapado al tirano bunkerizado. La guerra en Ucrania, que debía ganar en tres días, dura ya más de cuatro años. Su ejército, a pesar de su número, su potencia y la desmesura de los medios empleados, no ha logrado ningún avance significativo durante estos cuatro años.

Y los ucranianos, a quienes consideraba subhumanos, hacen más que resistir, ya que acumulan éxitos diplomáticos, logros militares y golpes de mano de un género nuevo que ahora llevan el fuego hasta las profundidades del suelo ruso.

Ursula von der Leyen, Mark Carney, Mark Rutte y Volodímir Zelenski, durante la cumbre de la Comunidad Política Europea.

Ursula von der Leyen, Mark Carney, Mark Rutte y Volodímir Zelenski, durante la cumbre de la Comunidad Política Europea. Unión Europea

Esta es mi convicción desde mis primeros viajes a Ucrania y mis primeras filmaciones en los frentes: el presidente Zelenski no perderá frente a Rusia; tiene a su favor el impulso patriótico de su pueblo, el coraje de sus soldados y, a partir de ahora, la mejor experiencia del mundo en el nuevo arte de la guerra que nace ante nuestros ojos, donde la inteligencia de los drones cuenta más que el número de blindados.

Por eso, esta guerra será para Putin el equivalente de lo que fueron, para Napoleón, las nieves de Moscú; para Hitler, la batalla de Stalingrado, donde se rompió el mito de la invincibilidad alemana; o, para Darío III, el surgimiento de Alejandro Magno y, con él, de una voluntad histórica más intensa que la voluntad persa.

El cerco se está estrechando sobre Putin. A los ucranianos les corresponde el desgaste y el desangramiento del imperio.

A los jenízaros del Kremlin, por pura lógica, el golpe de gracia.