Clientes cenando en un restaurante.

Clientes cenando en un restaurante. EFE

Tribunas

La cultura del ruido

De la cultura impuesta del ruido surge por necesidad el mimetismo del propio individuo que, acostumbrado a la estridencia, abandona toda norma de cortesía y grita en lugar de hablar.

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Todas las mañanas, las hojas son barridas por una máquina infernal que hace las veces de escoba. El ruido es estremecedor y nada detiene al jardinero que limpia las hojas caducas día tras día, sin que nadie comprenda el sentido de su rutina.

Al día siguiente, todo está igual y el manto de hojarasca vuelve a reclamar a este nuevo Sísifo, que con su ingenio estentóreo quiebra el encanto de la vida. Porque el ruido es contrario a la belleza, y sólo cuando se convierte en sonido virtuoso vence al silencio, su mejor versión.

Así, una voz bien timbrada que nos encanta escuchar, así una pieza musical, y así el sonido del viento en la cima de una montaña.

Por el contrario, no es bello escuchar a todo volumen el anuncio de una oferta de jamón o que las gambas son la oportunidad del día, mientras a las nueve y media de la mañana suena Jingle Bells. Eso es ruido, eso es algarabía molesta y eso es vulgaridad.

De un tiempo a esta parte, determinados centros comerciales y grandes superficies se significan por la falta de armonía en sus espacios, saturados de ruido. Pareciere que nos toman por tontos y que estimulados por su fanfarria insoportable compraremos más. Es una invasión flagrante de nuestra dignidad que toleramos sin quejarnos mientras nefandas mentes luminarias suben el volumen para engrasar sus ventas.

De la misma forma, es habitual encontrar bares y cafeterías que mucho antes del mediodía nos deleitan con pistas mal escogidas de canciones inapropiadas, tanto por la hora como por el lugar, siempre a todo volumen. La cuestión es hacer ruido y como dicen "crear ambiente".

Un andén del Metro de Madrid.

Un andén del Metro de Madrid. Europa Press Europa Press

Recientemente en uno de los más afamados restaurantes de moda, de esos que exigen reserva de varias semanas de antelación, fue imposible conversar con un buen amigo cerca de las nueve de la noche. Hablamos sincopado, a gritos.

De esa cultura impuesta del ruido surge por necesidad el mimetismo del propio individuo que, acostumbrado a la estridencia, abandona toda norma de cortesía y grita en lugar de hablar. Ejemplos se ven a diario, en los trenes, en el metro; personas que chillan sin pudor por sus móviles comunicando su vida a voz en grito para molestia del resto.

El pudor, el recato de la conversación privada desaparecen y hay quien considera normal participar a los demás de toda su conversación. La amena charla de bares y restaurantes torna zarabanda cuando concurren más de cuatro, y la risa, ni siquiera la risa, es educada, sino animal e incontrolada.

¿Acaso estamos perdiendo el sentido de la estética? Esta es armonía, apariencia agradable, belleza.

O por el contrario… ¿nos da ya igual frío que calor, mesas limpias que sucias?

No se comprende cómo los líderes de estos espacios de consumo se empeñan en vulgarizarnos deshumanizando sus locales hasta hacerlos hostiles y refractarios.

Como tampoco se comprende cómo no se recomienda de forma vehemente el silencio en el transporte público y hasta incluso cómo no se enseña en los colegios a evitar el ruido en toda manifestación de convivencia.

No se trata de reivindicar una especial protección para aquellos que padecen trastornos relacionados con el sonido (hiperacusia, por ejemplo), que también, sino en reclamar buena correspondencia entre la música y su volumen y el momento del día en el que suena, elegancia en la mise en scène de nuestros espacios sociales, civilidad en suma, que se pierde día a día en esta sinfonía ruidosa de consumo y donde el hablar a voces, sin respetar al prójimo, es norma; amén de prohibir las dichosas máquinas barredoras que invaden nuestras calles y plazas, o exigir (al menos) que sean más silenciosas.

*** Francisco Cancio es escritor y ensayista especializado en historia militar.