Elon Musk divirtiéndose en un mitin de Donald Trump.
Yo también odio a los periodistas
Los periodistas nunca nos jugamos nada por nuestras ideas. Ni dinero, ni tiempo, ni responsabilidad personal. Somos inquiokupas del ático de la superioridad moral.
Entiendo la antipatía que despertamos los periodistas. De verdad.
Los sondeos de opinión lo dicen claro: ni somos creíbles ni caemos bien.
Los periodistas lo criticamos todo, pero no construimos nada. Y eso es ventajismo de la peor calaña.
¿Cómo vamos a caerle bien a alguien si vamos por ahí con la barbilla levantada dándole lecciones a quienes se juegan el cuello en la vida real?
Cuando alguien construye algo, le ponemos peros. Lo criticamos. Y transmitimos la idea de que es mejor no hacer nada. Porque, si lo haces, los periodistas te trituraremos. Y si no lo haces, también.
Así, queramos o no, le despejamos el camino a los Pedro Sánchez de la vida. A los amorales que actúan en su propio interés y sin esperar la aprobación de nadie.
Lee por favor el editorial de EL ESPAÑOL de hoy. Es un ejemplo de lo que digo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión de control al Gobierno. Europa Press
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Los periodistas somos el mejor incentivo jamás inventado para la indolencia.
Nosotros "lo habríamos hecho de otra manera" (y ahí acabamos el artículo, con un cliffhanger).
"Hay una manera más sensata de hacerlo" (nunca aclaramos cuál).
"Así no, señores, así no" (y nunca decimos cómo sí).
"Entre X y Z hay un término medio" (nunca decimos dónde está).
Desde este punto de vista, todos los periodistas somos de izquierdas. Porque frente a las consecuencias de lo real, siempre oponemos la pureza del ideal.
Así cualquiera.
Los periodistas nunca nos jugamos nada con nuestros análisis. Ni dinero, ni tiempo, ni responsabilidad personal. Somos inquiokupas del ático de la superioridad moral.
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En octubre de 2018, un periodista del Wall Street Journal le dijo a Larry Ellison, fundador de Oracle, que Elon Musk "no se entera de nada".
Larry Ellison le contestó:
"Dices que Elon es un idiota. El tipo está aterrizando cohetes. ¿Tú has aterrizado alguna vez un cohete? ¿Quién eres tú? Estás ahí sentado escribiendo en tu portátil Mac un artículo diciendo que Elon es un idiota, y nosotros estamos viendo cómo aterrizan los cohetes en balsas robot en el océano".
'Intellectuals and Society', de Thomas Sowell.
Thomas Sowell habló de esto en su libro Intellectuals and Society.
Sowell distinguió en el libro entre la "visión no restringida por la realidad" de los intelectuales (que creen que sus ideas abstractas son superiores a la realidad) y la "visión restringida" de los ingenieros y los empresarios (que deben enfrentarse a los hechos y sus consecuencias).
Nassim Taleb lo definió como "jugarse la piel" (skin in the game).
Los intelectuales, los académicos y los periodistas (eso que en la prensa llamamos muy generosamente "los expertos") nunca nos jugamos la piel. Nuestros errores no nos cuestan nada, mientras que los errores de Musk o de Ellison pueden costar miles de millones, cientos de despidos y años de trabajo tirados a la basura.
Responde a esta pregunta. ¿Quién tiene más incentivos para la excelencia? ¿Alguien que nunca paga por sus errores de juicio o aquel que sí lo hace?
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Yo he vivido esta tensión entre arrogancia y realidad docenas de veces.
Por ejemplo. He comido con políticos un sinfín de veces y me he sorprendido a mí mismo dándoles lecciones como si yo hubiera construido Singapur, Estados Unidos y Japón con mis propias manos.
"No, mira, Isabel, lo que yo haría en tu lugar es".
"A ver, Alberto, creo que no lo estás entendiendo, lo que pasa aquí es que".
"Ester, por favor, ¿cómo puedes decir eso?".
"Pero, señor ministro, ¿es que no comprende que?".
"Qué barbaridad, qué barbaridad, señor juez".
Lo raro es que no me hayan calzado un guantazo todavía.
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También he estado en docenas de comidas con periodistas que hablaban con aplastante seguridad de asuntos de los que no tienen no ya la más remota idea, sino ni siquiera una fuente medianamente cercana al tema.
"Elon Musk es un pobre ignorante". "Israel no existirá como país en dos años". "China aplastará al ejército americano en 48 horas". "La economía mundial está a una semana del colapso". "Invertir en el Nasdaq es tirar el dinero". "Arbeloa no se entera". "Bad Bunny es un genio".
Chorrada sobre chorrada sobre chorrada.
Pero no creas que esos periodistas están pagados por el enemigo o que dicen tonterías porque China o Rusia les financian. Muy, muy pocos reciben dinero de China, Rusia, el FC Barcelona o el PSOE de Pedro Sánchez.
Es sólo la prepotencia del ignorante, que es la puerta de entrada a la ideología.
Y no es un problema de formación. Porque la clase periodística, al igual que la académica, está cada vez más titulada. Los títulos universitarios, los posgrados y las prácticas en medios de postín están hoy a la orden del día.
No queda ya un solo ignorante en España que no tenga el currículo del director del New York Times.
Títulos, lo que se dice títulos, tenemos para empapelar la catedral de Toledo. Otra cosa es que esos títulos sean indicativos de algo más allá del hecho de que su portador ha pagado por la matrícula.
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Según datos de la Asociación de la Prensa de Madrid, la confianza en la información de los medios está en su punto histórico más bajo (5,4 sobre 10).
Las redes sociales como X y los informadores no-periodistas (principalmente youtubers) son ya más creíbles que los propios periodistas para la mayoría de los ciudadanos españoles.
Según el Reuters Institute Digital News Report de 2025, la "confianza general" en las noticias está en su punto más bajo de la última década: sólo un 31%.
La desconfianza no es solo numérica, es perceptiva y generacional.
Los españoles valoran el rol democrático del periodismo (75 % según Reuters), pero castigan el sesgo ideológico y la falta de credibilidad.
Y frente a esto, los periodistas nos hemos atrincherado.
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El Washington Post dice que "los populistas están reemplazando la meritocracia con algo mucho peor".
Casi dan ganas de contestarles "¿con los resultados, quizá?".
Es irónico que quienes más han hecho por acabar con la meritocracia (por "fascista") sean los primeros en echarla de menos cuando creen que su autoridad intelectual está siendo puesta en duda.
La revista Unherd habla de "el ocaso de las credenciales intelectuales".
Los libros sobre la presunta ola de "anti-intelectualismo" que amenaza con ahogarnos abarrotan las estanterías de las librerías.
Todos esos libros y artículos han sido escritos por gente que no ha construido nada, nunca, jamás.
Y no me refiero a construir un cohete espacial. Hablo de jugarse la piel. Hablo de poner el cuerpo donde está tu lengua. Este diario, por ejemplo, sí ha sido levantado desde cero poniendo skin in the game. Es una de las cosas que más me gusta de él.
Pero no es lo normal. En La 1 o la agencia EFE, por ejemplo, la piel la pones tú.
El caso es que los periodistas hemos logrado convencer al público de que la diferencia es entre "gente que sabe" y "gente que no sabe". Ese punto de vista nos conviene mucho a los periodistas. Porque somos nosotros los que decimos "quién sabe y quién no sabe". Y siempre nos incluimos en la lista.
En realidad, la diferencia es entre gente que hace y gente que habla.
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Lorena G. Maldonado me habló hace unos días de El ladrón de orquideas, de Spike Jonze.
El protagonista de la película es Charlie Kaufman, un guionista atascado en la autocompasión, la ansiedad y la depresión que recibe el encargo de escribir una adaptación del libro El ladrón de orquideas de Susan Orlean.
Junto a él vive su hermano gemelo, Donald, un tipo mediocre que vive de gorra en su casa.
Charlie se bloquea, se amarga y acaba convencido de que el libro de Susan Orlean es imposible de adaptar al cine.
Mientras tanto, su hermano, que no es un intelectual, que no vive encogido en posición fetal en su propia cabeza, que no le da tantas vueltas a todo y que carece de la exacerbada autoconciencia de Charlie, escribe sin pensárselo demasiado un guion formulaico y vulgar que es recibido como una genialidad (y comprado a precio de tal) por aquellos a los que Charlie aspira a complacer.
Todos los periodistas somos Charlie. Y por eso odiamos a los Donald de la vida. Porque ellos hacen mientras nosotros juzgamos.
En el fondo, todos los periodistas sabemos que los valiosos son ellos.
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Hay un motivo por el que académicos e intelectuales suelen ser de izquierdas y criticar el mercado libre.
Lo explicaba muy bien Agustín Laje en el videopodcast Carajo Stream.
Dice Agustín Laje que los intelectuales y los académicos suelen tener poca o nula salida laboral en el mercado libre porque sus "habilidades" no generan un valor económico directo por el que alguien esté dispuesto a pagar voluntariamente.
Así que se sienten "genios incomprendidos" y desarrollan resentimiento hacia los productores reales: desde un ganadero o un agricultor a Elon Musk, desde Juan Roig o Amancio Ortega hasta cualquiera, por pequeño que sea su negocio, que viva del mercado libre y se gane la vida por sí mismo.
"Pero ¿cómo va a ganarse mejor la vida este tipo que hace madalenas cuando mi obra es una de las cimas del pensamiento occidental?". Y a renglón seguida, piensan "el Estado debe corregir esta injusticia del mercado libre, que no valora el verdadero talento".
Como los académicos y los intelectuales no compiten bien en el libre mercado, necesitan un Estado grande que les dé estatus, subsidios, cargos públicos, universidades estatales financiadas con impuestos y redistribución de riqueza.
Por eso defienden el socialismo y el estatalismo. No por "compasión" hacia los pobres, sino por interés propio.
Y los periodistas, que siempre hemos competido en el mercado libre, estamos poco a poco convirtiéndonos en intelectuales y académicos en el sentido de que, habiendo perdido el monopolio de la atención del ciudadano, no hemos hecho autocrítica sobre el porqué.
"Es que la polarización". "Es que el populismo". "Es que las redes". "Es que las fake news". "Es que son idiotas".
No, amigo. Es que no les estás hablando de lo real, sino de tus neurosis ideológicas. Baja al suelo, donde está el público, y verás como el público sigue ahí. Pero si insistes en hablarles desde el ático, bueno, que no te extrañe entonces que tu voz no les llegue.
El periodismo solía ser un oficio de tipos que sólo pasaban por la redacción para cobrar la nómina. Ahora es un oficio de gente que no toca realidad. De comentaristas de salón de té.
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¿De dónde sale nuestro engreimiento? Somos periodistas en un país que no puede conseguir que los trenes lleguen a su hora sin estrellarse y emitimos sentencias como si fuéramos una civilización intergalática. ¡Señores, que se nos murieron seis en un apagón! ¿A quién le vamos a dar lecciones?
¿Pero qué triunfos en la vida real nos hacen merecedores de esas ínfulas oceánicas?
¿En qué nos basamos, por ejemplo, para andar enmendándole la plana a tipos que están poniendo coches autónomos en las calles, cohetes en órbita, IA agéntica en nuestros ordenadores?
¿Has visto alguna vez una película de meteoritos de esas en las que el gobierno de los Estados Unidos selecciona a los ciudadanos más "útiles" para que embarquen en "arcas de Noé espaciales", huyan de la Tierra, se salven de la hecatombe y reconstruyan la civilización desde cero?
Ingenieros, médicos, científicos, artesanos, constructores, soldados.
Nunca hay un periodista en esas arcas. Y lo comprendo.
Así que entiendo perfectamente la antipatía. Yo también estoy hasta los c***nes de todos nosotros.