El presidente chino Xi Jinping, durante una recepción oficial en Pekín.

El presidente chino Xi Jinping, durante una recepción oficial en Pekín. Maxim Shemetov. Reuters.

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Xi Jinping, el 'emperador' de una nueva dinastía que resucita a Confucio: la ambición que se esconde bajo su hermetismo

Los dos hombres más poderosos del mundo están a punto de encontrarse de nuevo. El semblante poco expresivo del presidente chino oculta la ambición de resucitar la antigua grandeza imperial.

Más información: López Aranguren, profesor y analista, sobre la cumbre EEUU-China: "Xi sigue una estrategia meticulosa, Trump va de farol".

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Las claves

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Xi Jinping se proyecta como un líder heredero de la tradición confuciana, aplicando valores como la armonía social y el deber al frente de China.

Durante sus 13 años de mandato, ha impulsado una intensa lucha contra la corrupción, con más de un millón de funcionarios sancionados y condenas a muerte para altos cargos.

Xi ha reforzado el control estatal sobre la economía y la política, promoviendo la industria militar y erradicando la pobreza, con una clase media que pasó del 7% al 50% de la población.

Ha sido implacable con la disidencia interna y defiende la unificación de Taiwán como parte esencial del renacimiento nacional, resucitando el legado de los antiguos emperadores chinos.

El presidente Xi Jinping recibe este jueves a su homólogo estadounidens,e Donald Trump. El protocolo establece que le espere al pie de la larga escalera del Gran Salón del Pueblo, la sede de la Asamblea Popular Nacional china, en Pekín.

Los dos mandatarios mantienen una buena relación desde que se conocieron en 2017, cuando el presidente estadounidense y la primera dama viajaron por primera vez a Pekín. Xi Jinping no es tan expresivo como Trump, no gesticula ni hace aspavientos como el estadounidense. Pero tras su hermetismo se esconde la ambición de guiar a China hacia la grandeza del imperio.

El líder asiático se proyecta como custodio de la civilización milenaria. Recuerda a los antiguos reyes-filósofos entre cuyos deberes estaba el de aplicar los valores del confucianismo a la labor estadista: mantener la armonía social. En el lenguaje comunista: el partido y el pueblo están por encima del individuo.

En público, el presidente Xi se muestra discreto. Ni siquiera en los grandes discursos oficiales se expresa con intensidad. Eso no significa que no diga lo que piensa. The New York Times relata una anécdota que puede definir el concepto que tiene del actual inquilino de la Casa Blanca.

A finales de 2016, poco después de que Trump ganara las elecciones, Xi se encontró con Barack Obama en la cumbre de Lima. Según testigos de la conversación, el presidente chino expresó al norteamericano su sorpresa porque las elecciones las hubiera ganado un personaje tan poco convencional.

Obama le transmitió que los votantes estaban descontentos con la situación económica. En parte, porque se habían perdido muchos empleos al trasladarse la capacidad productiva a fábricas chinas. Xi no pareció muy conforme con la explicación: "Si un líder inmaduro arrastra al mundo al caos, el mundo sabrá de quién es la culpa", respondió.

Un hombre tranquilo

El presidente Xi es comedido hasta para llamar la atención a alguien. En 2022, durante la cumbre del G20 que se celebró en Bali, mantuvo una reunión privada con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.

Parte de la conversación se filtró a la prensa. En un descanso de las reuniones multilaterales, el mandatario chino se acercó al canadiense para decirle que no le había parecido bien que se contaran detalles de una conversación privada.

Trudeau se defendió diciendo que eso formaba parte de cómo se hace la política en su país. Xi le interrumpió: "En ese caso, conviene que antes de discutir otra vez, pactemos como han de ser las reglas de nuestra relación", señaló.

El episodio tiene valor más allá de lo anecdótico. En la cultura china existe el concepto de 'perder la cara' (losing face). Equivale a nuestro sentimiento de 'quedar mal', aunque, llevado al ámbito de la alta política internacional, se podría expresar como sufrir una humillación pública.

El presidente Xi Jinping saluda los asistentes a la ceremonia de recepción del presidente de Mozambique en Abril.

El presidente Xi Jinping saluda los asistentes a la ceremonia de recepción del presidente de Mozambique en Abril. Haruna Furuhashi. Reuters.

Recibir un daño profundo en la imagen del presidente tendría un impacto grave en la armonía social de la nación. Algo insoportable para un seguidor de Confucio.

Hay una segunda lectura: al presidente chino no le gustan las sorpresas. Prefiere dejar las cosas claras desde el principio. Establecer las reglas de una relación es la mejor forma de definir las expectativas y evitar futuros conflictos.

Esa puede ser la razón que explica por qué Trump y él se llevan bien: han establecido sus reglas. Además, el estadounidense ha expresado su admiración y respaldo en público: el máximo reconocimiento internacional posible. Que Trump le admire delante de los demás confirma que la superpotencia mundial le trata como igual y eso es importantísimo para el mandatario chino.

Xi no levanta la voz, pero tampoco se calla. Durante la primera visita de Trump en 2017, él y esposa Peng Liyuan, acompañaron al presidente y la primera dama a conocer la Ciudad Prohibida, el hogar de los antiguos emperadores en Pekín.

Como muestra de su admiración, Trump quiso que su anfitrión le confirmara si la cultura china se extendía a lo largo de 5.000 años de historia. Xi asintió y aclaró que existen registros escritos desde hace 3.000 años. El estadounidense, siempre obsesionado por los grandes números y los récords, comentó: "Pero la cultura egipcia es más antigua, ¿no? Tiene 8.000 años".

Xi asintió sin alterarse. "Sí. La civilización egipcia es más antigua, pero la china sigue viva. Hace 5.000 años, ya había personas así, como yo, con el pelo negro y la piel amarilla". "Nos llamamos descendientes del dragón", zanjó.

La carrera política

La infancia del presidente Xi estuvo marcada por el efecto de la Revolución Cultural. Su padre, Xi Zhongxun, alto dirigente del Partido Comunista, fue víctima de las purgas de los años 70. El joven Jinping fue enviado a un campo de rehabilitación en una región remota.

Se unió al Partido Comunista Chino en 1974. Cursó Ingeniería Química entre 1975 y 1979. Más tarde, ingresó en la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales donde se especializó en teoría marxista y educación ideológica. Las narrativas oficiales dicen que se doctoró en Derecho.

Su aparición en política fue en el ámbito local. En 1999 fue nombrado gobernador de la provincia de Fujian, la región costera más cerca de Taiwán. Poco después, asumió el papel de secretario del Partido Comunista en la provincia vecina de Zhejiang.

El presidente Xi Jinping preside el 20.º Comité Central del Partido Comunista Chimo.

El presidente Xi Jinping preside el 20.º Comité Central del Partido Comunista Chimo. Li Xiang. Xinhua, vía Europa Press.

En 2007 dio el salto a la Secretaría del partido en Shanghái, para ostentar la Secretaría General en 2012. Un año después fue nombrado presidente de la República Popular China. Su mandato actual termina en 2028, aunque la reforma de la Constitución de 2018 permite que sea reelegido indefinidamente.

Lo más destacado

Sus 13 años de gobierno están marcados por la lucha contra la corrupción interna. Diversos medios destacan que la Comisión Central para la Inspección Disciplinaria (CCID) cifra en un millón de funcionarios sancionados por prácticas corruptas solo en 2025.

El pasado jueves, la agencia de noticias Xinhua anunció la condena a muerte de dos exministros de Defensa. Sólo en los últimos meses, 9 altos cargos militares, entre ellos varios generales, han sido apartados de sus funciones.

Figuras de Xi Jinping, Putin, Trump, Netanyahu y Úrsula von der Leyen en el carnaval de Viareggio (Italia)

Figuras de Xi Jinping, Putin, Trump, Netanyahu y Úrsula von der Leyen en el carnaval de Viareggio (Italia) Stefano Dalle Luche, Europa Press.

Xi defiende que en la última década, su mayor logro ha sido aprovechar el fuerte crecimiento de la economía china para erradicar la pobreza. En menos de dos décadas, la clase media ha pasado de representar un 7% de la población al actual 50%.

Bajo su mandato, el Estado ha incrementado el control de la economía. La centralización extrema ha servido para fomentar el uso de las energías renovables y reducir la dependencia del exterior. Pero, sobre todo, para desarrollar una industria militar puntera que está a un paso de competir con la estadounidense, la más avanzada del planeta.

En cuestiones internas, ha sido implacable con la disidencia: ha restablecido el orden en Tíbet y ha aplastado las revueltas en Xinjiang, donde recluyó a más de un millón de uigures en campamentos de refugiados. Respecto a Taiwán, el presidente ha asegurado que la unificación es una parte inevitable de la historia y es esencial para el gran renacimiento de la nación China.

Como los antiguos emperadores, Xi Jinping ha impulsado los valores de Confucio para reforzar el 'alma de la nación'. Tras décadas de rechazo, rehabilita su legado ligando la legitimidad cultural de lo antiguo a los dictados del Partido.

Las virtudes confucianas, como la ética del deber, la disciplina y la armonía social, se incorporan al discurso político. Sirven para aportar continuidad histórica a la ideología. Así, China resucita la grandeza del imperio del que Xi Jinping se erige como único monarca todopoderoso.