Entre el millón de memorias literarias de mi vida profesional, recuerdo siempre las conversaciones que en 1967 mantuve con Lin Yutang. El gran filósofo de la historia china, que intelectuales serios comparan con Spengler, Huizinga o Toynbee, me invitó a almorzar, en compañía de Beatriz, mi mujer, en su casa a las afueras de Taipéi.

Lin Yutang me hablaba de la poesía de Ai Ching, de Kuo Mo-Jo, de Mao Tse-tung y sus versos de amor dedicados a Yang Kai-hui. Y me hizo reflexionar sobre la tentación del suicidio que afectó a muchos poetas relevantes: el malgache Rabearivelo, el ruso Mayakovski, la hispana Alfonsina Storni o el chino Ge Mai. Rainer Maria Rilke no se suicidó, murió del pinchazo de una rosa. Pero sí se quitó la vida nuestra Paloma Palao.

Se publica ahora una Antología de la poesía taiwanesa contemporánea, a cargo de Luisa Shu-Ying Chang y Luisa Cheng-Fan Chen (Visor), que demuestra el vigor y la musculatura de la poesía en la China nacionalista, en el Taiwan de Lin Yutang y mis recuerdos.

Desfilan por el libro Hsiung Hung y su lamento por la amada que ya no contempla el fulgor de las estrellas. Y Chen I-Chih, atónito porque ella desapareció en las tardes de otoño y de tristeza. Y Hsia Yu, que dedica un poema a Borges porque todos vivimos en susurros. Y Yang Hua, que enciende la luz sobre las oscuras golondrinas de Bécquer. Y Tu Pan Fan-Ko, que no teme a la muerte lejana y sola. Y Chin Tzu-Hao, que descubre todo lo oculto en las profundidades del cabello de la amada. Y Un Yingtao, porque el viento y la lluvia esculpen las ruinas desoladas.

Yu Kwang-Chung vierte el ardor de la entraña encendida y pide que le den un pétalo de rojo hibisco. Yang Huan recuerda a su árbol golpeado por hachas despiadadas. Ya Hsien recuerda a España, entierra su libro de piedad despiadada y detrás del agáloco sorbe el zumo ácido del nombre de Federico, mientras clava una rosa en el rayo de la luna. Cheng Chou-yu, extrañado ante la tumba del joven Werther, se asombra por las agrietadas rocas del jardín de los frutos dorados.

Esta soberbia antología publicada por Visor demuestra el vigor y la musculatura de la poesía en Taiwán

Pau Chiu, sabe que está suspendido en medio de lo infinito, solo como las hojas del viento. Zhou Mengdie convierte el fuego en nieve bajo el árbol Bodhi. Chen Chien-wu entierra el dolor por sus muertos en los mares del sur. Shang Qin canta su cielo desangrado en el que no aleteaba un solo pájaro. Hsi MuRen, bajo los rayos del sol, se siente convertido en árbol y sus hojas no son pétalos sino latidos de su marchito corazón.

Y Yang Mu, con su romance prematuramente truncado. Y Lee Min Yung, que se pregunta de quién es la sangre que se refleja en el suelo. Y Ling Yu, al que inquietan las paredes blancas de la casa abisal. Y Xiang Yang, que despierta al cielo en la isla Lalu, donde reposan los espíritus de Paclan. Y Su Shao-lien, convertido en un animalejo de encendidos versos surrealistas. Y Yen Ai Lin, que canta el epitafio de Marilyn Monroe. Y Chen Yuhong, enamorado de la pantera nebulosa.

Y Sing Xiang Hai, en fin, el poeta que se detuvo en la tortura de la noche eterna. Lin Yutang se hubiera emocionado como yo ante esta soberbia Antología, hogar de China en la tormenta de la creación literaria.