Ella, la poeta, gime mariposas. Sobre sus versos llueve el surrealismo de André Breton. Su infancia tuvo algo de sepulcro. Le labraron la tierra con un pincel tembloroso. En Que el río responda (Visor), Carmen Verde Arocha saca el hierro de su cintura, cava hondo en el alma y le recorre el destino mientras los aviones cercanos arrasan naranjas viejas. La poeta pretende dormir abrazada a su sombra. Mira la lluvia que le invade el corazón y siente el aroma del primer beso. El agua se sostiene en el aire. En algún lugar, la mujer tiene una abeja incrustada en la garganta. Y suda la miel lejana y sola.

Los libros de poetas iberoamericanos, ellas y ellos, se adensan sobre mi mesa de trabajo. Pablo Neruda, mi inolvidado Pablo, anticipó la tormenta de los poetas que al otro lado del atlántico escriben versos en español. Carmen Verde Arocha, venezolana, carga sobre sus hombros el copioso equipaje de varios libros excelentes. No es un caso único.

Debajo del lago, la voz del agua está agotada y Juan Sebastián Bach tiembla sufrimientos. La poeta sabe que el amor se acuesta sobre el estiércol de la luz. Ignora a qué edad la vida se vuelve dolorosa. Escribe con canela fina sus poemas, uno pulcro por cada mordedura. Aunque esté junto a su amor un día o un siglo insiste en avivar el fuego blanco que enciende el rostro del amado inmóvil, respira su aliento de limón y se sostiene con el olor de sus manos a la verde hierba.

El barro la hace feliz y se yergue sola con sus voces, con los gestos que viven de lo añorado. Le basta desmantelar los árboles hasta las canas y dejar que cabalgue el amor para que un cielo inacabado se derrame sobre los dos, amada en el amado transformada, amada y amado atrapados en la misericordia de escribir.

Huye entonces del hambre como el arroz y se decide a acudir al entierro de las avispas junto a los elefantes de Dalí con las patas delgadas como alfileres, cabe las levitaciones de Magritte o las palabras quebradas de Eluard y Aragon. Anda ella, la poeta, con los pies descalzos hasta la consumación de la carne y se acuerda del día que se acercó a Dios para ofrecerle un té de yerbabuena, ovejas y leones.

Se siente golpeada por el verso surrealista, por la pesadilla onírica, y camina arropada por Buñuel y Arrabal, por Artaud y Chirico

Se siente golpeada por el verso surrealista, por la pesadilla onírica, y camina entonces con paso inmóvil y mirada de absorta cal, mientras una gota de miel le cae del cielo, arropada por Buñuel y Arrabal, por Artaud y Chirico, al fondo la poeta argentina Valentine Penrose.

Cuenta entonces la autora con cada uno de sus dedos el amor disperso mientras el dolor brilla en sus ojos de pantera negra. Escucha la voz del África endrina, el eco de la madre iluminada, Léopold Sédar Senghor y sus hostias negras, Aimé Césaire en la penumbra del Corps perdu, ilustrado por Picasso, prologado por Sartre. Para templar el miedo, Carmen Verde Arocha deja abiertas sus puertas, la lengua tiznada de versos y sudores.

"He visto –escribe– un leopardo a la orilla de mi cama, el corazón lleno de nieve"… Con sus fauces ennegrecidas, el felino no responde a la llamada herida, tal vez embriagada. Los labios de ella se pincelan entonces de duraznos. Genuflexa y aterida ovaciona a Nefertiti y a la Virgen María, a Cleopatra y a Afrodita porque todo es posible en el sueño inacabado, con la esperanza inútil de existir, de enamorar a esta muerte que se consume en silencio. Vive, como la Santa, sin vivir en ella y tan alta vida espera que muere porque no muere. Y acierta la poeta, sí, acierta al pedir al cielo: "Escríbeme por dentro".