Lord Byron murió a los treinta y seis años, la misma edad que tenían Vladímir Mayakovski y Alejandra Pizarnik cuando se suicidaron. Arthur Rimbaud murió a los treinta y siete años, la misma edad a la que Aleksandr Pushkin recibió un pistoletazo en un duelo.

Federico García Lorca fue asesinado a los treinta y ocho, los años que al morir tenían Giacomo Leopardi, Charlotte Brontë y Guillaume Apollinaire. Flannery O’Connor murió a los treinta y nueve años, como Dylan Thomas.

Franz Kafka murió a los cuarenta, como Edgar Allan Poe, como Jack London. Jane Austen, a los cuarenta y uno, la edad que tenía Cesare Pavese cuando se suicidó con una sobredosis de barbitúricos.

Nikolái Gógol murió a los cuarenta y dos, como Søren Kierkegaard. Anton Chéjov, a los cuarenta y cuatro, como Robert Louis Stevenson, como Francis Scott Fitzgerald, como Joseph Roth. A los cuarenta y cinco años, Anne Sexton se encerró en su garaje con el motor de su auto en marcha y falleció intoxicada.

Charles Baudelaire murió a los cuarenta y seis, como Oscar Wilde, como César Vallejo, como George Orwell; como Albert Camus cuando se estrelló con su auto, como T.E. Lawrence cuando se estrelló con su motocicleta, como Gerard de Nerval y David Foster Wallace cuando se ahorcaron.

Lo que yo sea hoy, mientras alcanzo la edad de muchos escritores que admiro o venero, contiene algún rastro de ellos, por ínfimo que sea

Fernando Pessoa murió a los cuarenta y siete, como Ingeborg Bachmann, como Malcolm Lowry cuando se mató mezclando whisky y antidepresivos. Walter Benjamin se suicidó a los cuarenta y ocho años, los mismos que tenían al morir Mijáil Bulgákov y Bruce Chatwin, la edad que tenía Marina Tsvetáieva cuando asimismo se ahorcó. Leopoldo Alas “Clarín” murió a los cuarenta y nueve de edad, la misma que tenía Paul Celan cuando se arrojó al Sena.

Roberto Bolaño murió a los 50 años, la edad a la que murió Carson McCullers, a la que se suicidó Gabriel Ferrater, a la que Bruno Schulz fue asesinado. Reiner Maria Rilke murió a los 51, como Balzac y Marcel Proust. Emily Dickinson, a los 53, los años que tenía Pasolini cuando fue golpeado hasta la muerte.

Danilo Kiš murió a los 54. Joseph Brodsky, a los 55. Stéphane Mallarmé, a los 56. Manuel Puig, a los 57. Gustave Flaubert murió a los 58, como Charles Dickens y James Joyce, como Horacio Quiroga cuando ingirió cianuro, como Bertolt Brecht. Virginia Woolf se suicidó a los 59, la edad que tenían Stendhal y Dostoievski cuando murieron, también Truman Capote.

Jaime Gil de Biedma murió a los 60, como Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Robert Musil, a los 61, como Luis Cernuda, como George Eliot, como Italo Calvino, como Ernest Hemingway cuando se metió un tiro. Ludwig Wittgenstein, a los 62, como G.K. Chesterton. Antonio Machado, a los 63. ¡A los 63! ¡Y parecía un anciano!

Roland Barthes murió atropellado a los 64, la edad a la que murieron también Iván Turguénev, Hermann Broch, Witold Gombrowicz, Mario Levrero, William Faulkner. Juan Benet murió a los 65, como Claudio Rodríguez.

Apunto aquí solo nombres de escritores y escritoras occidentales de la época contemporánea, no de artistas ni de pensadores. Escritores y escritoras que murieron por encima de los treinta y cinco años, la edad en que convencionalmente se supone que se halla uno nel mezzo del cammin della vita.

A todos los mencionados los supero ya en edad. Siento como un privilegio no tanto el vivir más que ellos como el vivir más con ellos. No sólo los sobrevivo, también ellos, de algún modo, sobreviven en mí, “y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos”.

Lo que yo sea hoy y siga siendo, mientras alcanzo la edad de otros muchos autores que admiro o venero, contiene algún rastro de ellos, por ínfimo que sea.

Gracias, entre otras cosas, a eso, cada año que cumplo mi vida es más rica, más experta en las complejidades de la inteligencia y del corazón, también en sus dolores, en sus espantos, en sus miserias, en su belleza.