ALTERNATIVAS. Dios, el crimen o el cine. Martin Scorsese (Nueva York, 1942) tuvo que elegir entre esas tres alternativas. Lo resume muy bien el periodista, crítico y cineasta británico Ian Nathan en El cineasta más venerado (Libros Cúpula), su excelente estudio sobre el director de Los asesinos de la luna (2023).

Scorsese, a sus 83 años, es un superviviente, el más querido de la generación que cambió el cine norteamericano en los años 70, generación en parte truncada. Los Coppola, Spielberg, De Palma, Lucas, Scorsese y varios otros siguen suscitando el interés del público. El año pasado Anagrama volvió a editar –y van...– Moteros tranquilos, toros salvajes (1998), la escalofriante crónica de Peter Biskind, que cuenta con detalle las andanzas de ese grupo por las turbulentas aguas del cine, la droga, el sexo y el rock.

Scorsese, en estos días, está rodando su largometraje de ficción número 28, What happens at night?, un thriller psicológico con Jennifer Lawrence y Leonardo DiCaprio, la séptima película que, desde Gangs of New York (2002), reúne al director y al actor.

CLÁSICOS. Dios, el crimen o el cine, decíamos. Scorsese eligió las tres posibilidades. Nieto de emigrantes sicilianos, fue educado en el catolicismo y llegó a estudiar para sacerdote. Lo dejó. Pero la religión no le dejó a él, o viceversa. Con lo que ha llovido, se sigue confesando católico. Mucho más allá de películas como La última tentación de Cristo (1988) o Silencio (2016), el catolicismo vetea sus películas con reflexiones sobre el pecado, la culpa y la redención.

Crecido en el complicado barrio de Little Italy vio ebullir a su lado el crimen y la delincuencia. No llegó a entrar al trapo, pero de Malas calles (1973) a El irlandés (2019), pasando por Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990) o Casino (1990), ha dejado una ristra de clásicos modernos que abordan, generalmente con gran violencia, el delito y el crimen organizado.

En mayo se celebrará el Festival de Cannes, que homenajeará a 'Taxi Driver' a los cincuenta años de su Palma de Oro

Sus padres le llevaban al cine de pequeño para sacarlo de la calle. En su casa entró el primer televisor del edificio donde vivía. El solitario Scorsese acabó eligiendo el cine no solo como medio de vida, sino como su vida misma: ver películas, estudiarlas, hacerlas, promoverlas como productor, divulgarlas en libros y documentales, preservarlas y restaurarlas desde The Film Foundation, una fundación creada por él en 1990 que ya ha salvado más de 800 películas.

Como Coppola o Allen, Scorsese, desde muy joven, se nutrió del cine europeo también, muy especialmente de la Nouvelle Vague y, claro, del Neorrealismo Italiano.

CANNES. En mayo se celebrará el Festival de Cannes, que homenajeará a Taxi Driver a los cincuenta años de su Palma de Oro. Fue un espaldarazo crucial para el Nuevo Cine Americano que Scorsese abanderaba, aunque el mismo Cannes ya había encumbrado dos años antes a la corriente con el máximo premio para Francis Ford Coppola y La conversación (1974).

Accesible ahora mismo en Filmin, Movistar y otras plataformas, Taxi Driver provocó una conmoción por su visión sórdida y asfixiante de las calles y de la noche de Nueva York y por su hiperviolento apocalipsis final. Y también por su estilo rompedor. Antes de su colaboración en Toro salvaje (1980), el guion en solitario de su colega y amigo Paul Schrader –antiguo compañero de adicciones, preocupaciones religiosas y preferencias cinéfilas– fue puesto en escena por Scorsese con envolvente y jazzística partitura de Bernard Herrmann.

Con un despliegue de recursos que van del tono documental a la cámara lenta, los travellings o la profundidad de campo, Scorsese recoge por igual el drama íntimo y la tragedia colectiva en el atroz espacio, poblado de proxenetas, prostitutas y yonquis, en el que el taxista Travis Bickle (un mohicano Robert de Niro), erigido en ángel exterminador tras su infierno en Vietnam, busca al mismo tiempo la salvación y el castigo.