Es un martes a las diez menos cuarto de la noche en una pequeña escuela de escritura de Madrid. Fuera está oscuro y, aunque esa oscuridad ya no sea la oscuridad propia del invierno, tampoco es la oscuridad de la primavera. Yo estoy impartiendo la primera clase de un taller que durará tres meses, intentando conocer un poco a los alumnos. A una serie de personas que olvidaré en cuanto termine y que, pasado un tiempo, al encontrármelas por la calle, me preguntaré durante un rato de qué las conozco, sin adivinarlo.

Así que ahí estoy, sonriendo, bebiendo agua, citando a Flannery O’Connor en tono jocoso y vestida como todo el mundo se imaginaría que se viste una profesora de escritura creativa lesbiana; vestida como Eva Victor en la maravillosa Sorry, Baby; vestida como Diane Keaton en todas las apariciones de Diane Keaton; vestida de un modo que llama a la autoparodia, a la caricatura, al chiste fácil: pantalones de traje, mocasines, camisa blanca, corbata azul oscuro y chaleco granate de cachemira, todo de una talla más grande de lo que me corresponde, todo comprado en tiendas de segunda mano, perteneciente posiblemente a un anciano muerto.

Y de pronto, en respuesta a no sé qué pregunta mía, una alumna dice que solo le gustan las novelas basadas en hechos reales. Las novelas que narran cosas que han pasado “de verdad”. Y yo, con cierto esfuerzo, evito lanzarle una mirada condescendiente, me ahorro el discurso del pacto de ficción, el discurso de que lo inventado explica más de la realidad que la propia realidad, y le pregunto: “¿Por qué?”. Queriendo saberlo de verdad. Y ella, de una manera honesta y automática, me dice: “No sé, me ayuda a meterme más”.

Esa misma semana leo Un asunto de familia de Claire Lynch, publicada hace un mes en Random House, y encuentro el libro perfecto para intentar convencerle a mi alumna de que debería intentar conmoverse con historias inventadas. La novela transcurre entre 1982 y 2022, saltando entre generaciones con la misma precisión y delicadeza que la brillante Las horas de Michael Cunningham.

Cuenta la historia de un joven matrimonio de un pueblo británico de los ochenta que se rompe cuando la mujer se enamora de otra mujer, y las consecuencias emocionales y judiciales que eso conlleva. Y habla, sobre todo, de la pérdida de custodia de su hija Maggie, de la pérdida de la custodia total que sufrían la inmensa mayoría de las mujeres homosexuales en los casos de divorcio de esa época, de esa dureza infame de la Inglaterra de Thatcher, tan cercana y lejana a la vez.

Claire Lynch cuenta la historia de un joven matrimonio de un pueblo británico de los 80 que se rompe cuando la mujer se enamora de otra mujer

Pero, más allá del evidente interés que puede suscitar una historia así a la gente que se puede identificar con ella, lo mejor es la manera en la que está escrita, el modo en que construye personajes profundos, con grises, que cometen errores y, como dice la dedicatoria, hacen todo lo que pueden. Porque eso es lo máximo que se puede hacer.

Acierta en señalar, no a la torpeza del padre o la de la madre, sino a un sistema que estaba muy alejado de la vida. Lynch, doctora en literatura por la Universidad de Oxford, se documenta con la avidez de los académicos y bebe de la mejor tradición literaria inglesa para construir una historia que nos recuerda lo importante que es dejar constancia. “Serás tantas personas a lo largo de tu vida que un día mirarás atrás y no reconocerás siquiera a alguna de las que has sido”, nos advierte uno de los personajes.

A la semana siguiente, llego a clase, me acerco a mi alumna, le dejo el libro y, de un modo que intento que sea entre afectado y divertido, le digo: “No está basada en una historia real, pero sí en un montón de historias verdaderas”.