Siempre me han gustado mucho las películas y libros que tratan de captar, abarcar y reflejar el todo, la completitud, la multiplicidad de cosas del mundo. Recuerdo, por ejemplo, mi fascinación cuando vi Baraka, el documental de 1992. Tuve la sensación de que el director, Ron Fricke, había intentado y casi conseguido filmarlo todo. No una historia o un conflicto particular, no solo una serie de personajes, sino el planeta entero en toda su inmensidad.

Aparecen fábricas, templos, monos que se bañan en termas, pasos de cebra a cámara rápida, desiertos, rascacielos, niños, humo, y una puede sentir de verdad lo pequeños e insignificantes que somos, y estar satisfecha con ello, estar satisfecha con no importar nada.

Me viene todo esto a la cabeza porque el otro día fui a ver otro documental que me recordó, en cierto modo, a Baraka: el genialísimo Madrid, Ext. de Juan Cavestany.

Es lo que podría considerarse un ensayo fílmico, y trata sobre el paso del tiempo en Madrid, sobre locales que llevan años aquí, sobre personas y oficios de todo tipo, sobre muelles, y peluquerías, y videoclubs, y obreros, y señoras, y churros, y bares.

Se ha dicho que es una sinfonía de Madrid, pero yo estoy más de acuerdo con un usuario de Letterboxd que decía: “Esto no es una sinfonía, es un réquiem”. Porque sí, es verdad, Madrid, Ext. nos muestra una Madrid que, en realidad, ya no existe. Nos muestra lo que fue, lo que pudo haber seguido siendo.

Y, una vez más, no quiero caer en la nostalgia de algo que ni siquiera conocí, pero, en un momento del documental en que aparecen una serie de rótulos, mi amiga Almudena se puso a llorar, se giró y me dijo: “No me puedo creer que esté llorando por unos rótulos”.

Yo también lloré por los rótulos, y por la belleza de una ciudad que se está convirtiendo muy rápidamente en una diferente. Como aquellos versos de la poeta Juana Bignozzi que dicen: "Usted no tuvo que volver a la ciudad amada/ y encontrar otra".

Esa pulsión por intentar abordar todo el espectro de emociones, por escribir la gran novela o filmar la película definitiva, me encanta

Siguiendo con los documentales que intentan abarcar el todo, recordé una rareza llamada Cinemania, dirigida en 2002 por Stephen Kijak y Angela Christlieb, y que sigue el día a día de una serie de cinéfilos neoyorquinos absolutamente tarados que ven entre tres y cinco películas al día (alrededor de dos mil al año) en distintos cines de la ciudad y cuyo objetivo es: ver todas las películas que existen. Hablan incluso de las dietas de alimentos astringentes que siguen para no tener que ir prácticamente al baño en todo el día, y en cierto momento uno dice: "You can make neurosis a vehicle for discovery".

Y también el documental En el sótano, de 2014, dirigido por Ulrich Seidl, que nos muestra cómo son una serie de sótanos austriacos en los que encontramos personas con los fetiches y secretos más insospechados, y que te hacen preguntarte constantemente cómo es posible que la gente viva así.

Recuerdo que lo vi cuando era una adolescente que se sentía muy especial, acompañada de otra amiga adolescente que también se sentía muy especial, y al salir nos miramos y suspiramos con un poco de alivio y un poco de pena al darnos cuenta de que ninguna de las dos éramos tan especiales.

En fin, creo que lo que más me enternece de este tipo de obras no es tanto su ambición totalizadora, sino el modo en el que fracasan inevitablemente.

Esa pulsión por intentar abordar todo el espectro de emociones, por escribir la gran novela o filmar la película definitiva, me encanta. Me encanta por lo infantil e ingenua que es. Como la canción Immensità de Andrea Laszlo De Simone, que dice: "Tutta la volontà/ d’un tratto se ne va/ di fronte all’ovvietà/ tutto questo è immensità".