Bret Easton Ellis. Foto: Casey Nelson

Bret Easton Ellis. Foto: Casey Nelson

Novela

Bret Easton Ellis, ante el final de la inocencia: tan crudo como siempre, más serio que nunca

El autor de 'American Psycho' revive el mundo superficial de su juventud en su nueva novela, 'Los destrozos', donde no faltan las drogas ni los asesinatos

17 junio, 2023 03:31

Los Ángeles, año 1981. “Bette Davis Eyes”, de Kim Carnes, suena en la radio y El resplandor acaba de estrenarse en los cines. Bret, el protagonista de Los destrozos, la nueva novela de Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964), tiene 17 años y lleva varios meses solo en la casa de sus padres en Mullholland Drive al comienzo de su último año de instituto. Es un escritor en ciernes. También es homosexual, y no ha salido del armario.

Los destrozos

Bret Easton Ellis

Traducción de Rubén Martín y Luis Murillo. Random House, 2023. 680 páginas. 25,90 €

En la elitista Buckley School, Bret forma parte de un grupo muy popular con Thom y Susan, la estrella del fútbol americano y su novia, reina a regañadientes del baile de graduación del instituto, y Debbie, hija de un rico productor de cine y novia de Bret. En este mundo superficial, el adolescente se presenta a sí mismo como lo que él llama “el participante tangible”, es decir, heterosexual, falso, no paranoico.

Sin embargo, en privado se acuesta con dos chicos de la clase y se obsesiona cada vez más con un asesino en serie que actúa en Los Ángeles y al que se conoce por el apodo de ‘el Arrastrero’, una referencia pesquera que refleja los horripilantes asesinatos de mujeres jóvenes que comete.

Entonces entra en escena Robert Mallory, un nuevo alumno de Buckley, guapo a más no poder (y tal vez malvado), que amenaza con trastornar el círculo social de Bret. A medida que crece la desconfianza de este hacia Mallory –alimentada por la imaginación y el aislamiento del joven escritor, así como por el asesinato de un compañero de clase (relacionado o no con ‘el Arrastrero’)–, su capacidad de representar el papel del “participante tangible” se desintegra.

Ellis es un verdadero artesano de la literatura, y la imaginería de la novela es exuberante y magnífica. Los admiradores de sus novelas anteriores (Menos que cero, American Psycho, Lunar Park) disfrutarán de muchos de sus toques característicos: asesinatos, música, cocaína, valium, riqueza obscena, un narrador desmoronado, nombres de marcas, sangre, adolescentes descontentos, padres negligentes.

En 'Los destrozos' hay una vulnerabilidad nueva que invita al lector a adentrarse en el terreno emocional

Pero en el último libro de Ellis hay una vulnerabilidad nueva y excitante que invita al lector a adentrarse en el terreno emocional del protagonista más profundamente que con personajes anteriores. Mientras que Menos que cero, la novela con la que debutó en 1985, ambientada en un entorno similar de Los Ángeles, es ambivalente, y Lunar Park, de 2005, se muestra reservada en su coqueteo con la autoficción, Los destrozos da sensación de seriedad, al menos emocional. También es la obra más sensual de Ellis, y el lector percibe en el escritor una nueva libertad en las dimensiones del amor, el eros y la sensibilidad.

La novela tiene más de 600 páginas, y la narración vuelve sobre sí misma de un modo que no solo crea suspense, sino también un efecto visceral de lentitud del tiempo para un joven de 17 años que se siente atrapado en una vida que no es la suya. Y, sin embargo, la extensión y las repeticiones pueden resultar tan agotadoras que el lector se pregunta si el libro podría haber sido más corto, y aun así, haber conseguido el mismo efecto psicodélico y de collage. A pesar de toda la inversión narrativa que exige, el clímax y el desenlace de la novela acaban en fracaso.

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En cuanto al título (“Los fragmentos”, en el original), tenemos que sacar nuestras propias conclusiones sobre su significado. Hay fragmentos de pruebas forenses, las pistas a menudo circunstanciales que Bret va reuniendo. También hay fragmentos de recuerdos, el final de la inocencia de un joven. “Recuerdo que ese fue uno de los primeros momentos en que me acerqué a la edad adulta”, comenta Bret, “y me di cuenta de lo poderosa que es la memoria, o al menos, la primera vez fue cuando más me dolió”.

Y están los fragmentos de una psique fracturada: los intentos de recomponer múltiples yos. Por último, las líneas que separan la distorsión de uno mismo, la percepción externa y el recuerdo son porosos, y lo que se oculta siempre sale a la luz, aunque sea fragmentado.