Image: Gato gato
Es inherente al niño esa capacidad metafórica que convierte a un objeto cotidiano en otro que goza del asombro infantil. La recreación de esta actividad lúdica ha sido constante en álbumes que apuestan por captar ese acto transformativo que encierra una disposición poética. Hay libros como El globito rojo de Iela Mari (Lumen) o el lamentablemente descatalogado ¡Oh! de Josse Goffin, que desarrollan este proyecto y consiguen despertar la fascinación en sus lectores-espectadores. Claudia Legnazzi parte de una propuesta más cercana al surrealismo. Sus ilustraciones actúan de modo similar al juego infantil y evocan un mundo en constante cambio. Sin embargo, detrás de las imágenes de Gato gato, así como de Yo tengo una casa (Fonde de Cultura Económica), subyace un misterio añadido. Ellas captan un ambiente onírico que sirve de preámbulo al sueño infantil. Así, con Gato gato nos encontramos en una obra que nos sumerge en un mundo desproporcionado donde tienen cabida los miedos y los anhelos y que, en definitiva, nos acerca a un nivel que pocas veces logran evocar los libros para niños.