Montaje de Peter Grimes firmado por Deborah Warner en el Real.

Montaje de Peter Grimes firmado por Deborah Warner en el Real. Teatro Real / Javier del Real

Letras

'El significado de la ópera': el sublime tándem de música y teatro

El musicólogo británico Christopher Wintle describe en 'El significado de la ópera' la transfiguración que se da al dramatizar la música y musicar el drama.

El libro también incluye un análisis freudiano de personajes míticos.

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Este es un libro de comentarios sagaces y a menudo profundos sobre ópera. Son 58, de unas cuatro o cinco páginas cada uno, lo que nos da una idea de su naturaleza: no son piezas académicas, sino una recopilación de críticas, conferencias y notas al programa que se dirigen a un lector culto, amante de la ópera, pero no necesariamente capaz de leer música.

Portada de 'El significado de la ópera'

Portada de 'El significado de la ópera' Acantilado.

El significado de la ópera

Christopher Wintle

Edición de Kate Hopkins

Traducción de Francisco López Martín y Vicent Minguet

Acantilado, 2026

480 páginas. 28 €

Christopher Wintle, profesor emérito de música en el King’s College de Londres, pero también crítico de ópera del The Times Literary Supplement y notista de los principales teatros británicos, comprende y domina la divulgación, lo que no es siempre el caso en los musicólogos. Más que de juez, ejerce de guía, de cicerone inteligente y apasionado que en cuanto puede profundiza, pero sin dejarse al lector atrás y cuidando de que el efecto final de la explicación sea alentador y le incite a ir al teatro.

La edición, al cuidado de Kate Hopkins, es minuciosa: consigue dar unidad de propósito a esta multiplicidad de piezas añadiendo a cada una un párrafo introductorio y agrupándolas no cronológicamente, sino en categorías genéricas (fuentes, género literario, estilo, revisión, principio, final, psicología, etc.) que se concretan inmediatamente en casos prácticos, es decir, en títulos del repertorio. Eso da sentido lineal al libro, pero no impide una lectura salteada de esta o aquella ópera. Los índices, bien detallados, facilitan esa tarea.

Antes de entrar a explorar las categorías, Wintle sitúa el género mediante una definición ingeniosa que, por una parte, recurre a magnitudes de la física y, por otra, evoca teogonías trinitarias: una ópera es para él un campo de tres fuerzas irreductibles, engendradas las tres por el canto: la música dramatizada, el drama musicalizado y el poder transfigurador que los dos anteriores alcanzan cuando operan en tándem.

Es una definición brillante que, más que deslindar lo que es ópera y lo que no, desvela el meollo de la liturgia creadora que a diario sucede en los escenarios: una doble transustanciación de la música en teatro y del teatro en música, con el canto (“refinado”, puntualiza) como oficiante. Consecuentemente, el libro avanza también en doble dirección: del libretista al compositor y viceversa.

Wintle, versado en psicoanálisis, dedica un buen número de páginas al análisis freudiano de óperas. Le son de ayuda en esto los magníficos dibujos a lápiz de Milein Cosman. El ritmo de sus trazos nos conduce al interior de los personajes que retrató en creaciones históricas de postguerra: la Lucrecia de Elisabeth Höngen, el Wotan de Hans Hotter, el Falstaff de Mariano Stabile o el Grimes de Peter Pears.

El capítulo “Representación” trata con cierta extensión la controversia de la dirección de escena narcisista que sabotea la escucha. Anota, incluso diez antimandamientos para el director de escena de hoy y señala con el dedo a su bestia negra: el neoyorquino David Alden.