David Toscana. Foto: Alfaguara.

David Toscana. Foto: Alfaguara.

Letras

‘El ejército ciego’, Premio Alfaguara: novela feroz y divertida sobre el emperador sacaojos de la Edad Media

David Toscana desborda imaginación en este relato sobre la masacre de Basilio II, cuando mandó cegar a quince mil soldados búlgaros, recreada aquí desde la voz de uno de los ciegos.

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David Toscana (Monterrey, 1961) parte en El ejército ciego de un suceso histórico. Se trata de un terrible episodio del siglo XI en el que, a raíz de la batalla de Klyuch, el emperador bizantino Basilio II, apodado Bulgaroktonos (matabúlgaros), capturó unos 15.000 soldados y ordenó que les sacaran los ojos, salvo a un mínimo porcentaje a quienes dejó tuertos para que guiaran a los ciegos a su tierra. El derrotado emperador búlgaro, Samuel, murió poco después, según parece abrumado por la impresión de tan dantesco cuadro.

El ejército ciego

David Toscana

Premio Alfaguara. Alfaguara, 2026. 229 páginas. 18,90€

David Toscana recrea aquel espanto por boca de uno de los ciegos, quien detalla las artimañas para vaciar los ojos y refiere el demencial viaje desde Constantinopla de la columna de desarrapados con destino a la capital del imperio de Bulgaria. Más tarde, hubo otra expedición en dirección inversa integrada por una fantasmal legión de soldados ciegos. Esta materia podría dar lugar, en un escritor tradicional, a una convencional novela histórica, pero el autor mexicano se decanta por la imaginación y aplica un criterio de absoluta creatividad. Nada de los detalles de la batalla aparece. Los horribles sufrimientos de las víctimas monopolizan la información.

“Cómo les sacaron los ojos” es curiosidad que despierta el interés de la gente, y el narrador se dispone a satisfacerla. Así, nos cuenta el trabajo de maese Zósimo, “maestro sacaojos de oficio y vocación”. También anota el entusiasmo de los voluntarios para completar la multitudinaria escabechina. Detalla, además, pormenores acerca de cómo se procedía a sacar los ojos, qué se hacía con ellos, qué problemas surgían para enterrarlos, cómo los pescaderos los depositaban frescos y limpios en ánforas entre las risas de los propios ciegos o cómo un malabarista que lanzaba un puñado al aire advertía al público del riesgo de pisarlos si fallaba y caían al suelo. O sea, mil horrores.

La novela es una auténtica fiesta de la inventiva que afecta tanto a los contenidos como a la forma

Consciente Toscana del peligro de reducir la novela a un macabro anecdotario, encarna las brutales experiencias en un amplio número de curiosos personajes que poseen rasgos individualizadores dentro de su condición de invidentes. Así desfilan tipos singulares, un carpintero que hace muñecas, un escriba cronista, un Numerista encargado de la intendencia, un titiritero, un soldado muy obeso, una mujer que roba veinte ojos, un panadero que hace música con cráneos…
Si la nómina de personajes evidencia el predominio de la imaginación, la novela entera revela una auténtica fiesta de la inventiva que afecta tanto a los contenidos como a la forma.

El ejército ciego puede tenerse como una antología de historietas populares y cuentos folclóricos. El humor frecuente atempera y contrapesa una materia sobradamente truculenta. Las desmitificadoras referencias evangélicas aportan un contraste vivaz al tiempo histórico del relato. Y en la forma, las letras del alfabeto glagolítico que encabezan los breves y dinámicos capítulos suponen un aliento vanguardista, si no un espíritu autorial juguetón.

También la actitud distanciada del narrador –entre impasible, escéptica y burlesca– marca a hierro este raro relato antiépico, kafkiano, sarcástico y desbordante de fantasía algo heredera del realismo mágico. En conjunto, El ejército ciego produce un efecto contradictorio. Una sustancia de estremecedora brutalidad resulta un relato ameno y hasta divertido, sin dejar de ser atroz.