La escritora Sara Barquinero antes de la entrevista con El Cultural. Foto: Cristina Villarino

La escritora Sara Barquinero antes de la entrevista con El Cultural. Foto: Cristina Villarino

Letras

Sara Barquinero: "La amistad femenina se imagina como un espacio puro, pero muchas veces es un nido de ratas"

La autora de 'Los escorpiones' publica 'La chica más lista que conozco, donde retrata las complicadas y a veces turbias dinámicas dentro del mundo académico español.

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Sorprendió el rumbo literario que tomó Sara Barquinero (1994, Zaragoza) después de su mastodóntica novela Los escorpiones (Lumen, 2024), en la que encontrábamos un derroche de páginas y apuestas formales que nos recordaba a La broma infinita de David Foster Wallace, obra admirada por la autora.

Su nuevo proyecto, que llega ahora a las librerías, es de dimensiones más comedidas. Frente a las 800 páginas de su anterior trabajo, La chica más lista que conozco sobrepasa ligeramente las 400.

Su argumento también parecía, a priori, más sencillo que el que veíamos en Los escorpiones. Atendemos a la historia de Alicia, una muchacha vallisoletana de 18 años, soñadora, solitaria y de excelente currículum académico, que se instala en Madrid para estudiar la carrera de Filosofía en una universidad ficticia que, casualmente, se encuentra donde en la vida real se sitúa la Universidad Complutense, entre las verdes colinas al norte del faro de Moncloa. Allí vivirá una carrera académica dominada por el desencanto, que orbitará en torno a su relación amorosa con un profesor que le dobla la edad.

Barquinero despliega desde este punto de partida un bildungsroman (novela de aprendizaje) que le sirve para realizar un retrato crudo del ambiente universitario español, a veces en las relaciones alumno-alumno, pero también con los profesores. Comparecen también la siempre tediosa burocracia, que asquea y decepciona al estudiante y aspirante doctoral más motivado, y las tan turbias dinámicas de poder que, a menudo, se traducen en relaciones sexo-afectivas descompensadas entre maestros y pupilos.

Una novela que, pese a la impresión inicial, mantiene la ambición literaria —si no la sobrepasa— del anterior libro. Acierta la escritora entrelazando las vivencias de la joven con breves pero muy certeras disquisiciones filosóficas, a menudo provenientes del material académico que lee la protagonista y que le sirven para darle un sentido a sus preocupaciones, por otro lado tan mundanas, como las de otra estudiante cualquiera.

Sara Barquinero antes de la entrevista con El Cultural. Foto: Cristina Villarino

Sara Barquinero antes de la entrevista con El Cultural. Foto: Cristina Villarino

A ello le acompaña un aparato de notas de lectura obligatoria y que termina de darle un volumen contundente al relato. Recuerda Barquinero durante su conversación con El Cultural su pasado como doctoranda, cuando escribió su tesis sobre lo sublime en el pensamiento kantiano: "Fue una época en la que estaba muy cabreada todo el rato. Pasaba bastante tiempo en el despacho que nos dejaban a los becarios, que era un zulo sin ventanas. Y cuando me irritaba, cuando más cabreada estaba, escribía unos fragmentos que luego se han convertido en esas observaciones".

Pregunta. ¿Qué es lo que te enfadaba tanto de tu vida académica, como para necesitar desahogarte por escrito?

Respuesta. Una de las cosas que a mí me dolían más era que, con la pasión que yo tenía por la filosofía, una carrera muy vocacional, me la estaban minando día tras día con una mezcla de cosas que son los temas centrales de esta novela: burocratización del conocimiento, cómo se trata a los autores, cómo se trata la propia tesis doctoral... Me ponía negra y me quitaba las ganas de vivir.

»A lo mejor no estoy hecho para la vida académica, pero yo antes leía un libro de filosofía como algo que me podía cambiar la vida, que me revolvía por dentro y podía aplicar a las cosas de mi día a día y con el trabajo doctoral eso se apagó.

"No tengo problema con ser densa, pero sí que me obsesiona ser aburrida"

»En esa época me preguntaba muchas veces qué iba a ser de mí. Ya veía que no tenía puntos suficientes para que mi departamento me fuera a querer dentro de él. Me preguntaba, frustrada, cómo estamos construyendo la educación pública, que funciona gracias a becas estatales, si luego esos profesionales no pueden ir a ninguna parte. También me cabreaban las relaciones que veía permanentemente entre profesores y alumnas, las camarillas... Los seres humanos somos cotillas y ruines y nos encanta decir quién se ha liado con quién y esas cosas, pero a mí ya me parecía demasiado.

P. ¿Fue esta decepción la que propició su cambio de la filosofía a la literatura de ficción?

R. Fue una sucesión de azares. Cuando yo entregué la tesis, no quería saber nada del mundo académico. De hecho, estuve a punto de no entregarla, y si lo hice al final fue por la insistencia de mis padres, pareja y amigos. Y justo en ese momento pasó lo de Los escorpiones. Pero lo de pasarme a la literatura no fue una decisión racional, simplemente fue la vida.

P. Pero las dinámicas del mundo literario también son complejas... ¿No le asustan?

R. Una diferencia fundamental es que no nos tenemos que olvidar que la universidad es una institución pública. Entonces, que empresas privadas que quieren ganar dinero con sus libros tengan ciertas dinámicas me puede parecer mal, pero será malo de una forma diferente a lo que vemos en un espacio público. Las universidades deberían ser el centro del saber de España, no esto otro.

P. Ni Los escorpiones, ni La chica más lista que conozco son lecturas ligeras. ¿Tiene miedo a aburrir?

R. Tengo muchísimo miedo a aburrir. Cuando mando los borradores a amigos, siempre les pido que me señalen lo que les aburre. Odio los libros aburridos, a menos que sienta que estoy leyendo una obra maestra, cuando un libro me aburre lo dejo. En este libro se ha quitado mucha de la filosofía que había originalmente precisamente porque me advirtieron que aburría. No tengo problema con ser densa, pero sí que me obsesiona ser aburrida.

P. Entre otras cosas, la novela nos habla de la ventaja con la que parten alumnos que heredan capital cultural, es decir, con una familia en la que el acceso a la cultura está garantizado por la formación de los padres. ¿Qué hay de los estudiantes que no cuentan con ello? ¿Es un escollo insalvable?

R. Es superable, pero un escollo al fin y al cabo. Y es, sobre todo, un punto de partida que nos hace más vulnerables a entrar en dinámicas terroríficas. Si eres el primero de una familia humilde en ir a la universidad, y te quejas de que tus jefes te hacen hacer cosas que no están en tu contrato, tus padres te van a decir que eso ha pasado toda la vida de Dios y que desde luego no arriesgues tu posición cultural. Es algo que creo que ni siquiera te plantearías si vinieras de un lugar más privilegiado. Este tipo de estudiante es el sujeto perfecto para entrar en dinámicas horribles simplemente porque no sabes si eso es lo que se espera de ti o no.

»Por ejemplo, pensando en relaciones de alumnas y profesores, siento que probablemente muchas chicas acaban así en un movimiento aspiracional, como diciendo: "Soy la chica que ha elegido el profesor aunque mis padres vivan en Vallecas y tengan una carnicería".

P. ¿Nace, entonces, de una necesidad de validación?

R. Sí. Lo que desde luego no podemos hacer es seguir ignorando, como a veces se ha pretendido, que el capital cultural—que normalmente va unido al capital económico— no importa. Si analizamos a las personas que tienen una posición privilegiada en las artes, las letras, la cultura, el diseño, etcétera, vemos que no hay tanto triunfo capitalista de gente que viene de la nada y se hace a sí mismas. Hay más de lo otro.

P. ¿Es a esto a lo que se refiere el título de la novela?

R. Nace de eso y de experiencias compartidas con otras mujeres. Es la frase favorita para ligar en relaciones de este estilo, en las que hay una diferencia de edad importante. Intuitivamente saben que eso es lo que buscamos: que nos digan que somos la chica más lista que han visto nunca. Aunque nos saquen 15 años. Aunque lleven 10 o 20 años codeándose con las mentes más privilegiadas de su generación.

P. ¿Y funciona?

R. Funciona, por desgracia.

"Muchas veces, las personas que trabajan en el mundo académico se siguen comportando como niños"

P. La protagonista llega a autodenominarse pick me girl, un término muy peyorativo.

R. Sí, pero no pasa nada por identificarte con descalificativos. Es una forma de honestidad. Yo he sido una pick me girl toda la vida, y lo sé y no pasa nada por decirlo. Es algo con lo que obviamente intento luchar pero que es acertado. Por ejemplo, a mí cuando era adolescente me encantaba My Chemical Romance, pero, como estaba en un círculo de puretas en el que lo que molaba era escuchar Metallica, ocultaba lo otro e incluso lo criticaba.

P. Uno de los vínculos más llamativos de Alicia es el que mantiene con Cristina, su supuesta mejor amiga a la que continuamente critica y con la que siempre se respira cierta tensión. ¿Qué ocurre ahí?

R. Me interesa mucho ese personaje. Fue uno de los primeros que tuve claro porque explica mucho de cómo se relacionan las mujeres. La amistad femenina se imagina en la literatura y en la vida como un espacio puro y sin problemas, con chicas intercambiándose tampones en los baños de discotecas. Pero mi experiencia particular es muy distinta, sobre todo en aquellos en los que hay un factor laboral en juego. Muchas veces es un nido de ratas.

Sara Barquinero durante la entrevista con El Cultural. Foto: Cristina Villarino

Sara Barquinero durante la entrevista con El Cultural. Foto: Cristina Villarino

»Quise hacer a Cristina y a Alicia contrarias. Una tiene el capital cultural y se frustra por no destacar y la otra no tiene ese bagaje familiar, lo envidia, pero despunta. Vemos que constantemente se dan rabia la una a la otra. La pregunta que aparece al final es: ¿No están las dos desde el principio preocupadas porque la otra le quite el sitio como si solo hubiera un único puesto de chica interesante? Creo que es algo súper común en dinámicas amistosas en la universidad, la literatura y supongo que en otros mundos.

P. ¿Cómo le cae a usted Alicia?

R. Intenté que cayera bien. Todo el mundo me ha dicho en muchas novelas mías que el libro muy guay pero todos los personajes eran insoportables. En esta ocasión me esforcé porque no fuera así [ríe].

P. Se queja de todo y de todos. ¿No suele ser cargante ese tipo de gente?

R. Pero creo que algo que tiene en común con muchas personas y que la puede hacer más simpática es que si se queja de todo es porque se siente de menos y quiere otra cosa. Es un sentimiento de inferioridad con el que creo que todo el mundo nos podemos sentir identificados.

P. Algo que también sorprende, en cuanto a su relación con un profesor, es que ella es la que se obsesiona con él antes siquiera de que él se dé cuenta de su existencia.

R. Era eso lo que quería retratar. No quería que fuese la historia de un depredador sexual malísimo, sino que tuviera grises. Creo que es supernormal por la cultura que tenemos y por cómo hemos construido las relaciones románticas que una estudiante se sienta atraída por un profesor de más edad, sobre todo si es relativamente joven y más o menos mono.

»Si tienes un puesto público de responsabilidad en una universidad y ya tienes una edad... ¿Qué haces? No me meto ni siquiera en el hecho de que una persona se sienta atraída por otra a la que dobla en edad, que es casi adolescente todavía. Pero tiene que poner freno.

P. ¿Es una cuestión de ego?

R. Para Alicia sí que es una cuestión de ego, de aspiración, de querer ser la chica que le gusta al profesor, a la que ha escogido de entre 30 personas. En el caso de los hombres que ligan una y otra vez con sus alumnas, creo que es una mezcla de ego, infantilismo e inseguridad. Muchas veces, las personas que trabajan en el mundo académico se siguen comportando como niños. No tienen un trabajo de oficina al uso y se siguen rigiendo por el calendario escolar. Creo que eso les afecta. Es, quizás, una forma de no aceptar el paso del tiempo.