Detalle del cuadro '¡Todo a babor!' de Ventura Álvarez Sala (1897).

Detalle del cuadro '¡Todo a babor!' de Ventura Álvarez Sala (1897). Museo Nacional del Prado

Letras

Mitos y naufragios, monstruos y pasiones: un recorrido por la relación entre el mar y la literatura

Alexander Pechmann proyecta en 'La biblioteca de los siete mares' su poderosa fascinación de lector por las historias marítimas.

Por sus páginas desfilan Homero, Defoe, Melville, Stevenson, Verne...

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La fascinación de Alexander Pechmann (Viena, 1968) por la literatura del mar es un asunto de familia que se remonta al libro favorito de su tatarabuelo marinero: Tom Cringle’s Log, de un tal Michael Scott.

El mar ha producido páginas memorables en el vértigo de la aventura y la exploración, con su densidad de conflictos y tempestades, sus motines, hallazgos, misterios y naufragios. La literatura ha explotado la versatilidad del mar y el barco como espacios para la expansión de las pasiones humanas, el odio, el amor, la rivalidad, el deseo de conquista, la melancolía, la soledad.

De eso trata La biblioteca de los siete mares, un recorrido en círculos temáticos, con inicio en Homero, por el vibrante repertorio de las declinaciones literarias del mar. Y resulta entrañable, por otra parte, que el libro sea publicado por una editorial llamada Acantilado.

El mar de los mitos, en el inicio de la literatura europea (siglo VIII a. C.), es el de Odiseo (aventurero, pirata, guerrero, náufrago, artesano, vengador) y sus hijos. La Odisea, entre otras muchas cuestiones, ofrece "un buen panorama de cómo se navegaba en la Antigüedad". Aquí el héroe (audaz, vanidoso) forja su destino a través de las decisiones que va tomando.

Dos siglos después surgió una "curiosa continuación" de La Odisea, la Telegonía, un "culebrón de la Antigüedad" que pretendía sacar partido de un material ya consagrado.

Inspirado por La Odisea y otras epopeyas, pero sin imitar el estilo de Homero, Apolonio de Rodas creó Las Argonáuticas (260 a. C.), que es sobre todo una historia de amor (Jasón y Medea). Del siglo III d. C. es Las Etiópicas de Heliodoro, que influyó en Verdi y en el Persiles de Cervantes.

Figura de referencia de la literatura oriental, también viajero y astuto, vencedor contra monstruos, superador de desafíos, Simbad el Marino es, en muchos aspectos, descendiente de Odiseo. Sus orígenes se encuentran en los llamados "libros de las maravillas", obras casi desconocidas hoy en día. Como apunta Pechmann, sus historias son un modelo para numerosos relatos fantásticos de viajes y aventuras desde la Edad Media hasta nuestros días, entre ellos Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

Hay que reparar también en las aves marinas que influyen en el viento y el tiempo, en las leyendas que han producido y las obras literarias que han inspirado, como Balada del viejo marinero de Samuel Taylor Coleridge, uno de los poemas más influyentes del Romanticismo inglés, que causó impacto en Mary Shelley y Herman Melville.

Coleridge observa y critica, como "desafortunado efecto secundario de la Ilustración", una continua decadencia de valores. Charles Baudelaire llevó la idea más allá, en un contexto distinto, en Las flores del mal, donde el albatros capturado por los marineros simboliza el fracaso del poeta.

La primera sección del libro acaba con la leyenda del holandés errante, de la que se encuentran alusiones en obras de Heinrich Heine o James Fenimore Cooper y a la que Richard Wagner dedicó una ópera.

La era de los descubrimientos

El mar de lo desconocido es el de los grandes descubridores. En Islandia, la Saga de los groenlandeses y la Saga de Erik el Rojo relatan viajes a las tierras occidentales que se produjeron 500 años antes que el de Colón.

También generó literatura otro "descubridor de América", en este caso chino, el almirante Zheng He, cuyos logros cayeron en el olvido durante siglos. No así los del genovés, a quien Washington Irving dedicó una biografía novelada. Una generación más tarde, Walt Whitman "se identificó con Colón y se vio a sí mismo como el intrépido descubridor de un nuevo continente poético".

Cubierta de 'La biblioteca de los siete mares' de Alexander Pechmann (Acantilado, 2026)

Cubierta de 'La biblioteca de los siete mares' de Alexander Pechmann (Acantilado, 2026) .

El que cumplió el sueño de encontrar una nueva ruta marítima a la India fue el portugués Vasco da Gama, convertido en héroe nacional gracias a Luís de Camões y Los Lusíadas. En territorio inglés resulta resaltable la colección de relatos de viajes (finales del siglo XVI) del clérigo Richard Hakluyt, que incluso inspiró a William Shakespeare (que supo reconocer "el lado oscuro de la era de los descubrimientos y la colonización").

También es el mar de los robinsones, entre los que destaca el Crusoe de Daniel Defoe, de éxito inmediato y al que cabe ver como "una versión más realista del Próspero de Shakespeare". Sentó las bases de un género propio, la "robinsonada", cultivado por Ludwig Tieck, James Fenimore Cooper, Julio Verne y J. G. Ballard, entre otros, y también de amplio desarrollo en el cine, con películas como Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), con Tom Hanks como robinsón moderno.

La isla de Crusoe está en el Caribe, pero las robinsonadas posteriores se suelen desarrollar en el Pacífico. Hay muchas novelas y relatos que idealizan a los pueblos de los Mares del Sur. Melville logró una gran popularidad con su primera novela, Taipi, y siguió contando sus experiencias en los Mares del Sur en Omú.

En sus últimos relatos, Robert Louis Stevenson ofrece una visión nada idílica de este escenario, en el que las potencias coloniales se pelean y se desarrollan comportamientos crueles. También denunció estas cuestiones en cartas en el Times. En Ocho años de problemas en Samoa y en otras obras ajusta cuentas con el imperialismo colonizador de alemanes, ingleses y estadounidenses.

También Jack London apreció "lo poco que tenían que ver los románticos sueños de los Mares del Sur con la realidad". Sus Relatos de los Mares del Sur y la novela Aventura muestran el lado oscuro del mundo isleño. El hombre blanco, aseguró, es "un saqueador nato".

Y están las maravillas de los mares de hielo, descritas por muchos narradores pero contempladas en directo por muy pocos, entre ellos Arthur Conan Doyle. En este apartado comparecen el Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, La esfinge de los hielos de Julio Verne y En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft.

El idilio aventurero

El tercer bloque está dedicado al mar de las aventuras. En la primera mitad del siglo XIX nace la novela marítima inglesa, que tiene entre sus antecedentes a Tobias Smollett. Frederick Marryat, observa Pechmann, solo fue igualado en términos de autenticidad y suspense por James Fenimore Cooper, cuyas novelas marítimas están un tanto olvidadas y que tuvo un notable partidario en Francia, Eugène Sue.

En cuanto a los piratas, experimentan una evolución moral en la literatura europea de los siglos XVIII y XIX. Defoe fue un gran experto en piratería. Un punto de inflexión fue el relato en verso de Lord Byron El corsario, que influyó en Emilio Salgari (creador de Sandokán y el Corsario Negro) y en Rafael Sabatini (El capitán Blood, a quien muchos evocan con los rasgos de Errol Flynn).

En el mar de las aventuras hay personajes tremendos: cazadores de tesoros como el capitán Kidd, que fascinó a Washington Irving, el pirata cocinero de barco John Silver el Largo (La isla del tesoro de Stevenson), barones contrabandistas y ladrones costeros.

Nos asomamos al mar del trabajo. Autores como Smollett, Marryat o Cooper se han esforzado en describir de manera realista la vida en alta mar y las labores que se desarrollan en los barcos. Sus obras están llenas de terminología y conocimientos. Proliferan las historias de sufrimiento y penurias, que suelen ser entretenidas. Pero también abundan los clichés, que fueron superados a mediados del siglo XIX por Richard Henry Dana Jr. en Dos años al pie del mástil, que sirvió de modelo (historia de iniciación a la madurez) para Capitanes intrépidos de Rudyard Kipling y algunos relatos de London.

En un acorde parecido se sitúa Redburn de Melville, autor de la obra más importante del subgénero ballenero, Moby Dick, en la que recicla experiencias propias en las aguas del Pacífico. La lucha del hombre contra los elementos de la naturaleza está también en Los trabajadores del mar de Victor Hugo, mientras que Conrad relata la vida y el trabajo de marineros corrientes en El negro del 'Narcissus'. El mundo de los faros y sus cuidadores ha interesado a escritores como Stevenson o Walter Scott.

Los terrores del mar

Llegamos, ay, al mar de la calamidad. En la literatura marinera, desde las intervenciones de Poseidón y Eolo en La Odisea las tormentas y el viento son temibles. Los encontramos en Shakespeare, Hugo, Conrad, Lafcadio Hearn, Richard Hughes, Theodor Storm. El naufragio del buque británico Wager suministró material a Lord Byron para su Don Juan y a Patrick O'Brian para La costa desconocida. Y el de la fragata francesa Méduse (al que Théodore Géricault dedicó un memorable cuadro) fue recordado por Sue y Verne.

También son calamidades que comparecen en la literatura de los mares el amotinamiento y la alevosía. El famoso y cinematográfico motín del Bounty ha dejado su huella narrativa y poética (Byron, Dickens, Verne), así como la menos conocida (pero sangrienta) historia del Globe, de la flota ballenera de Nueva Inglaterra, que impresionó a Melville.

Vista del cuadro 'La balsa de la Medusa' de Jean Louis Théodore Géricault (1818-1819).

Vista del cuadro 'La balsa de la Medusa' de Jean Louis Théodore Géricault (1818-1819). Museo del Louvre

Y cómo no hablar de los monstruos de las profundidades. Estamos ya en el mar del miedo, en los versos de El paraíso perdido de John Milton, en Moby Dick de Melville, en el poema de Alfred Lord Tennyson El Kraken, en las fantasías de John Wyndham, William Hope Hodgson, Julio Verne, Lovecraft, H. G. Wells o Peter Benchley (autor de La bestia y Tiburón, convertida por Steven Spielberg en una de las obras maestras del cine de terror).

Es hora de citar los barcos fantasma, que nos llevan al Manuscrito hallado en una botella de Poe, la novela de Michael Scott (publicada anónimamente) Tom Cringle’s Log, la balada The Palatine del poco recordado John Greenleaf Whittier y relatos de Conan Doyle o W. Clark Russell.

Y los espíritus de los barcos, cuyas formulaciones literarias suelen remontarse a los viejos cuentos de marineros. De nuevo Conan Doyle y London, con sus relatos El capitán del 'Polestar' y That Dead Men Rise Up Never, y William Hope Hodgson con Los piratas fantasmas y The Voice of the Ocean, a los que sumamos a Francis Marion Crawford con La litera de arriba, que acongojó incluso a Lovecraft, y las historias de fantasmas de Elinor Mordaunt.

Terminamos este recorrido apasionante en el mar de la pasión, el de las grandes historias de amor: encuentros, separaciones y esperanzas con sus Penélopes anhelantes y sus errantes Odiseos en las páginas de Elizabeth Gaskell, Conrad, Alexander Grin y Jane Austen (Persuasión). También hay grandes historias de amistad (en El corsario rojo de Cooper y en Moby Dick), y alusiones homoeróticas en los relatos de Charles Warren Stoddard. Billy Budd (Melville) y Querelle (Jean Genet) son, para Pechmann, "figuras literarias fascinantes, muy acordes con las fantasías cargadas de erotismo sobre marineros".

Hay expresiones del deseo del mar, el amor por el mar, el anhelo que despierta en sensibilidades muy distintas, en Jenofonte, Defoe, Percy B. Shelley, Heine, Emily Dickinson, Whitman… Y, desde luego, este libro de Pechmann, "que no aspira a la totalidad ni a la validez eterna", también es una expresión de amor.