Sara Torres, autora de El pensamiento erótico.

Sara Torres, autora de "El pensamiento erótico". Cristina Villarino

Letras

Una mañana en casa con Sara Torres, la escritora que tuerce la norma: "Las amantes son una subcultura acogedora"

Acompañamos a la autora del ensayo más vendido en España, 'El pensamiento erótico', para hablar de excentricidad, fuga y dulzura con un café en las manos.

Más información: Lana Corujo debuta con 'Han cantado bingo': "No escribí sobre la muerte, sino cómo se sobrevive al silencio que deja"

Publicada
Actualizada

Es domingo por la mañana. La luz se insinúa por la ventana e ilumina el mantel de cuadros amarillos y blancos sobre la mesa del salón. Nos hemos despertado todas a la vez y, como cada día, nos sentamos con nuestra taza de café con leche y una tostada de aguacate.

"¿Quieres que lo hagamos como amigas?", me pregunta Sara. Todas asentimos y sonreímos, conscientes de la fortuna de tenernos aquí cada mañana, de compartir espacio y cuidados que generan dulzura en nuestros cuerpos.

"Es como hemos hablado tantísimas noches y tantísimas mañanas en esta casa". No podemos fingir: al final, El pensamiento erótico (Reservoir Books, 2026) es una conversación entre amigas en torno a la mesa de casa. Un pensamiento que no nace en la abstracción, sino en la intimidad compartida.

Se ajusta un mechón oscuro detrás de la oreja y sube a Pan a su regazo. De inmediato, la perrita se acurruca en sus brazos y se aquieta. Sara Torres (Gijón, 1991) acaba de publicar este ensayo, "un coro transtemporal de voces amantes que a veces se confunde con algo así como mi propia voz", escribe en la introducción.

La pregunta de una vida

No podía seguir evitando escribir este ensayo. "Cuando en la tesis me pregunté por lo específico del deseo lesbiano, me di cuenta de que así la pregunta no me servía; antes necesitaba entender cómo funciona la educación de los cuerpos en el marco heterosexual".

Este libro nace de muchos años trabajando esa cuestión: qué es lo compartido en el deseo, sobre todo en el mundo de las fantasías y las imágenes. "Y, en paralelo, viene de la búsqueda —también en primera persona— de prácticas que desvíen la inercia de esa fantasía compartida".

Sara Torres en el parque de El Retiro.

Sara Torres en el parque de El Retiro. Cristina Villarino

Como afirmaba la filósofa francesa Monique Wittig, solo un trabajo creativo y consciente con la imaginación puede ofrecer alternativas al régimen heterosexual. Sara propone la figura de la amante lesbiana: un sujeto "excéntrico", desplazado del centro simbólico.

El término es de Teresa de Lauretis, fallecida hace unos días, quien hablaba de un sujeto feminista situado en tensión con la norma patriarcal. Esa excentricidad enlaza, dice, con Wittig, quien planteaba que "las lesbianas no conocen el mundo solo como mujeres, sino como sujeto político y deseante en fuga del contrato heterosexual".

Desde ahí, la escritora insiste en una idea: "A mí me gusta pensar que no conocemos el mundo solo desde la norma". Ese "no solo" es la experiencia inevitable del margen que, si se le concede creatividad, introduce diferencia en el relato.

Reciclar la imaginación

Si el deseo se forma dentro de una imaginación hegemónicamente heterosexual, la amante no parte de cero. Debe reciclar. Reinventar su símbolo con los mismos materiales que la excluyen. Trabajar activamente a favor de un deseo que entra en conflicto con la base que lo produjo. "Ese reciclaje es creación, pero también supervivencia".

En el libro vuelve a los lugares de reciclaje de su infancia. De niña, cantaba Amiga mía, de Alejandro Sanz, pronunciando una diferencia que todavía no tenía nombre. El reciclaje empieza ahí: en usar una lengua que no estaba hecha para ti y, sin embargo, hacerla vibrar.

"Si la gente pudiera admitir su propia excentricidad, emergerían en el relato común muchas experiencias del estar fuera y luego autorregularse para encajar". Y ahí se bifurcan los caminos: reconocer el margen como potencia o corregirse para volver al centro.

El lado de la fuga

Las amantes que convoca el libro se fugan. Ellas reciclan: participan de la fantasía compartida, pero huyen hacia otros lugares. Para la misma escritora, la fuga ha sido un modo de existencia.

La imagen común del cuerpo condenado a la fuga está inevitablemente asociada a la ansiedad permanente, pero Sara le da un giro. "Carmen Rojas lo dice siempre, y yo con ella: la fuga de la amante no la deja a la intemperie, sino que la protege y genera lugares posibles. Es habitable".

Sara Torres.

Sara Torres. Cristina Villarino

No es una huida de algo que te persigue. Viene de prohibiciones y castigos, sí, pero mira hacia un horizonte de dulzura, un lugar afectivo que existe. La cuestión, dice, es dónde situarlo, con quién compartirlo, en qué mundo común inscribirlo.

Sin embargo, lo bello es que todo ocurre en el presente. "Mientras me fugo, lo hago: construyo ese lugar". En esta idea se apoya en José Esteban Muñoz, quien habla de la utopía como un no-lugar que empieza a hacerse en el mismo gesto de desear.

"Esta casa es una utopía. Y es muy material", sonríe mirando a su alrededor. El libro recoge una genealogía de las amantes a través de las voces de varias filósofas para recordar que muchos cuerpos antes se han refugiado allí.

"Es una subcultura concreta, la de las amantes, que ofrece acogida, aunque sea difícil porque vive en los márgenes de los discursos". Gloria Anzaldúa, Djuna Barnes, Mary Oliver y muchas otras habitaron esa fuga, con conciencia política. Y la pregunta, vuelve a la imaginación.

Transformar las imágenes

Si el deseo se forma en imágenes heredadas, no basta con negarlas. Sara sostiene que hace falta transformarlas. "No elegimos las primeras imágenes que se vinculan a nuestra idea de lo sexual. Aparecen como misterio en la infancia y, más tarde, como repertorio explícito".

Por eso advierte que, si negamos todas las imágenes ligadas a la energía libidinal, es probable que renunciemos también al acceso a esa energía. Su apuesta es otra: "Convocar ciertas estructuras normativas y retorcerlas".

No destruir el punto de partida, sino desviarlo. El reciclaje reaparece aquí bajo otra forma. El arco se tensa pero la mirada no coincide con el destino de la flecha. "Ronda por el paisaje como quien no quiere ruta", escribe.

La amante amazona

Representada por las artistas Carla Cervantes Caro y Mònica Figueras Domènech, la amante amazona no es solo la portada del libro. Encarna el sujeto colectivo de este ensayo, sigue una brújula ética que sitúa la atención en lo que está ocurriendo. Con su arco, tensa el cuerpo deseante. "Es el instante en que la vida se intensifica hacia el deseo erótico", explica Sara.

Sara Torres con Pan.

Sara Torres con Pan. Cristina Villarino

Sara con Pan en brazos.

Sara con Pan en brazos. Cristina Villarino

Esa tensión, que suele percibirse como obstáculo para la vida cotidiana, aquí se convierte en orientación. El pensamiento erótico es esa arquera que invita a su lectora a seguirla hacia otras creatividades posibles.

La amazona peregrina hacia la otra sin saber lo que les espera, sin garantía de destino. "Hay algo muy fuerte en esa capacidad de las amantes de coger un autobús, un avión, un camino hacia cualquier lugar. Es un acto de generosidad y de apertura a las posibilidades".

Y no implica, puntualiza, perderse a una misma. "No existe un lugar propio que no haya sido siempre en relación". Y esa idea desarma las lógicas capitalistas y patriarcales que prometen destinos escritos de antemano.

Proteger la vida

El libro es denso, pero no pesado. Sara da forma a un mundo donde no opera una dialéctica de dominación, donde persiste un deseo obcecado que avanza en su dirección a pesar de la ley simbólica patriarcal. En su búsqueda de dulzura, encuentra una forma de paz.

"El pensamiento erótico es una práctica de deshacer inercias del pensamiento", dice. "Desacelerar puede ser la única vía para evitar la destrucción en todos los sentidos: político, material, económico, corporal". No se trata solo de ir más lento, sino de liberar una atención que proteja la vida común.

Sara Torres sentada en un banco con azulejos.

Sara Torres sentada en un banco con azulejos. Cristina Villarino

El ensayo surge de la vida presente de un cuerpo deseante que tuvo que escribir mientras un genocidio pasaba ante nuestros ojos, con la mano de Carmen entre las suyas. Esa intemperie histórica atraviesa y sostiene el libro.

"Conocí un amor cuya lengua potencia mi vida, en lugar de dejarme atrapada en bucles de duda, miedo y conflicto". Desde ahí, el deseo se vuelve también político: "Recibir eso te hace desear que otras lo vivan. No solo en lo romántico, también en la amistad, también con lo no humano".

Sus pies se mueven al unísono debajo de la mesa; suben y bajan al mismo ritmo, como si escucharan una melodía que solo ellas perciben. Quizás sea esto lo que Sara Torres quiere ofrecernos. "Para no pisar al caracol, sé más lenta que él", escribió, cuando el café en nuestras tazas ya se había terminado.