Cuando supe que el Rey Felipe había observado el eclipse desde la mallorquina sierra de Tramuntana, me acordé del entusiasmo con que nos mostró a Pilar Urbano y a mí el telescopio que le acababa de regalar su abuela Federica, durante aquella primera entrevista que nos concedió al cumplir los quince años.
Más de cuatro décadas después, aquel "capitán de quince años" —así titulé en 1983 mi artículo en Diario 16— ejerce, como Rey de España, el "mando supremo de las Fuerzas Armadas", según el artículo 62 de la Constitución.
Con esta perspectiva es con la que hay que interpretar su advertencia tras la invasión de Ceuta: "El Estado debe velar por su seguridad y evitar que estos hechos vuelvan a repetirse".
Y con la que hay que interpretar el coherente aviso de la ministra de Defensa, dirigido a su propio gobierno, empezando por el presidente y siguiendo por sí misma: "Lo que pasó el día 30 no puede volver a ocurrir".
Y con la que hay que interpretar el consecuente bloqueo por parte de Sánchez de la comparecencia anunciada por la ministra para este martes ante el Senado.
Es evidente que el presidente no quiere que Margarita Robles explique lo que a su entender "pasó" ni lo que tiene en mente para que "no pueda volver a ocurrir". Y que ella se conforma una vez más con ser amordazada.
Hoy quedan en Ceuta cerca de diez mil invasores —incluidos más de dos mil menores— y en plena escalada de declaraciones hostiles de Marruecos, el Gobierno sigue poniendo la otra mejilla, con Albares y Marlaska compitiendo por ver quién hace más el ridículo.
Sólo la heroica tenacidad de Juan Vivas, al defender Ceuta frente a la guerra híbrida declarada por Marruecos contra la ciudad y exigir soluciones inmediatas, nos recuerda a todos, incluido al propio Rey, cuáles son los lazos constitucionales que nos unen y las obligaciones que conllevan.
Pero Sánchez sigue de vacaciones. Toca desperezarlo.
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Un Yonqui en la Corte del Rey Felipe.
Acabo de recibir un voluminoso sobre sin remite. En su interior he encontrado las pruebas tipográficas de parte de un libro destinado a la imprenta, precedidas de una tosca anotación manuscrita, enganchada con un clip a la primera hoja.
"¡Qué ingenuos sois los que os creéis tan listos! Lo del buceo, las cremas y los libros recomendados es sólo la fachada. A escribir esto es a lo que está dedicándose el presidente en el verano de la invasión y del eclipse. Jano".
La letra me era familiar por su desaliño, pero al leer la firma me dio un vuelco el corazón. ¡Jano! El 'hombre de las dos caras', que me había servido de topo en la Moncloa en tiempos de Zapatero, reaparecía en mi vida veinte años después.
¿Trabajaba ahora en algún grupo editorial, manteniendo su fe en una democracia bien informada, y había decidido ejercer de whistleblower?
El primer folio mecanografiado incluía el título, subtítulo y reclamo publicitario de lo que se percibía como un sensacional lanzamiento inminente: "El Puto Amo". "Tercera parte de las memorias de Pedro Sánchez, prologada y editada por Óscar Puente, el ministro que mejor le comprende". "El presidente revela por primera vez sin pelos en la lengua lo que piensa de sí mismo, de los españoles y de la Monarquía".
Con tal fanfarria —o sea que, ante la batalla final Irene Lozano había dado paso a Óscar Puente— los ojos se me hacían huéspedes. En el segundo folio comenzaba ya un texto en primera persona que fui leyendo ávidamente en diagonal.
"Ser investido con la máxima autoridad está muy bien. Pero que te ocurra con el mundo entero contemplándote es todavía mejor… ¡Qué salto había dado! No podía dejar de pensar en ello y de contemplarlo como si hubiera tenido la suerte de encontrar petróleo…"
"Yo no era la sombra, sino la substancia del Rey. El propio Rey era mi sombra. Mi poder era colosal y no sólo en sentido nominal, sino en su expresión más genuina. Ahí estaba yo, en pie, como manantial y fuente de un nuevo gran periodo de la Historia del Mundo…
"Ahí estaba yo, un gigante entre pigmeos, un adulto entre niños, una mente suprema entre nulidades intelectuales. Se mire por donde se mire, el único verdadero gran hombre de todo este mundo.
"El único título satisfactorio con el que yo me podía sentir a gusto, tenía que venir de la propia nación, como exclusiva fuente de legitimidad. Me lo gané y lo llevé con elevado y limpio orgullo en el transcurso de los años.
"Ese título brotó casualmente, un día en una aldea, de los labios de un herrero y pasó de boca en boca entre sonrisas y guiños hasta convertirse en un voto afirmativo generalizado. En diez días se había extendido por todo el Reino y era ya tan familiar como el propio nombre del Rey.
"Desde entonces no se me ha conocido por ninguna otra denominación, ni en el habla popular ni en los sesudos debates de los órganos del Estado. Este título en el lenguaje actual sería "EL AMO".
"Había sido elegido por la nación y encajaba conmigo. Era un título estupendo. Hay muy pocos a los que se identifique con un "El" por delante y yo era uno de ellos. Si tú hablas del duque, del conde o del obispo nadie sabe a cuál te refieres. Pero cuando se habla de 'El Rey', de 'La Reina' o de 'El Amo' es muy diferente".
Claro, claro… ser 'El Amo', sentirse 'El Amo', debía ser, sí, "muy diferente"
Me detuve junto a estos primeros alardes del autor sobre el título que creía ejercer con tanto merecimiento. En el margen, con una letra que pretendía ser distinta a la del breve manuscrito de 'Jano', pero que muy bien podía ser la misma disfrazada, había tres escuetas anotaciones garabateadas: "Mejor EL PUTO AMO". “Cambiar por El Puto Amo”. "Remítase a las palabras de Óscar Puente".
Fuera quien fuera, el editor tenía razón a tenor de la literalidad de la sublime laudatio que el ministro dedicó hace dos años al presidente: "No es que tenga predicamento… Es que es el puto amo. Esa es la realidad"
Pero fue esa interrupción de la lectura la que de repente activó en mí el resorte de la memoria. Lo del herrero y 'El Amo' ya lo había leído yo en otra parte, mucho antes de conocer a Puente y al propio Sánchez. Lo de que él no era la sombra del Rey sino al revés, también.
Apreté las meninges, busqué citas literales en Google, pregunté a la IA y por fin me acordé de mi primera biblioteca —yo también tuve quince años— si es que podía llamarse así al centenar de libros que atesoraba con los grandes títulos de Julio Verne, Karl May, Salgari o… ¡Mark Twain!
No había duda, aquello era un fragmento de Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo. Cómo se acordaba 'Jano' de mis fantasías infantiles, pese al paso del tiempo…
Era el libro que más me había gustado siendo niño. El que me había abierto las puertas de los mitos artúricos con la Tabla Redonda, Excalibur, Merlín y Camelot. El que me había hecho disfrutar el doble con sus secuelas en el teatro musical y el cine. El que me había llevado a compartir la fascinación que JFK sentía por el "breve momento de esplendor" de aquel reino imaginario y por la transformación de la bella Ginebra en Jackie.
Enseguida me di cuenta. El sobre con las falsas galeradas era una broma personalizada para hacerme pensar.
Y, claro, en medio de todo estaba el eclipse.
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La gran diferencia es que en la novela con la que Mark Twain se burló ácidamente de los ingleses el eclipse sucede al principio y en la saga-fuga de Sánchez parece destinado a ocupar, en sentido estricto, el penúltimo o antepenúltimo capítulo.
Pero también es cierto que, si nos ceñimos a su utilización como estratagema política, Sánchez ya nos ha proporcionado unos cuantos eclipses y el más performativo de todos ellos fue el de los cinco días de reflexión de abril del 24, cuando amenazó con privarnos por completo del nutriente de su luz.
No es difícil equipararle a Hank Morgan, el empleado de la planta de armamentos de Connecticut quien de resultas de un golpe en la cabeza se despierta en la Inglaterra del siglo VI y pronto se ve atado a una hoguera para ser quemado por brujería. (Algo que, como pronto comprobaría, no era sino una forma primitiva de lo que hoy llamamos corrupción).
Sánchez ya nos ha proporcionado unos cuantos eclipses y el más performativo de todos ellos fue el de los cinco días de reflexión de abril del 24, cuando amenazó con privarnos por completo del nutriente de su luz.
Y no es difícil imaginarle, extendiendo teatralmente su brazo hacia el sol, fingiendo gestionar un eclipse que sabía que iba a producirse, para conseguir no sólo la salvación sino el poder y una comisión del 1% sobre todos los ingresos del reino.
El mensaje de Sánchez fue subliminalmente equivalente: o me permitís luchar contra la "máquina del fango", legislar contra los "seudomedios" y gobernar sin el parlamento u os abandonaré en vuestro oscuro valle de lágrimas. Las tinieblas se abalanzarán sobre el proyecto progresista y las criaturas de la "fachosfera" se apoderarán de una noche perpetua.
Siempre recordaremos los violentos espasmos de los mandos socialistas, personificados entonces en María Jesús Montero, para tratar de exorcizar, con exclamaciones, sudores y convulsiones de vudú, ese negro destino de su cuerpo solidario.
Cualquiera diría no ya que el siglo y medio transcurrido desde la publicación de la novela de Mark Twain ha pasado en vano, sino que la disposición humana a la servidumbre voluntaria se mantiene inalterada en el milenio y medio que nos separa de aquella Corte del Rey Arturo.
El trasplantado Morgan veía a los campesinos ingleses "tan pintorescos, tontorrones y crédulos como los conejos". Cual émulo del flautista de Hamelin, ya puesto en circulación por los hermanos Grimm, podía hacer con ellos lo que quisiera y llevarlos donde quisiera.
Esa es la misma perspectiva de todos los mesías populistas, dispuestos a engañar a los votantes con mentiras, estadísticas falsas, necesidades convertidas en virtud y predicciones del estilo de las de Tezanos que ya hubiera querido poder manejar Merlín.
Zanahorias para los conejos.
En su camino hasta convertirse en "El Puto Amo" –"The Fucking Boss", escribió la prensa internacional tras oír a Puente- esos mesías populistas sólo perciben un obstáculo: las fuerzas de la reacción.
El concepto es ideológicamente transversal. Para Milei o Trump lo reaccionario es el peronismo o el comunismo en versión Kamala Harris. Para Sánchez, "la extrema derecha y la derecha extrema": no sólo Abascal sino también Feijóo.
Da igual que el grito de guerra sea "¡viva la libertad, carajo!" o "¡en pie los parias de la tierra!". El Puto Amo siempre promete escuelas, hospitales y viviendas como mobiliario de la autocracia.
Pero cuando su poder no está sometido ni a límites temporales, ni a controles críticos, ni a reválidas presupuestarias el desenlace es, también indefectiblemente, la opresión y/o la tragedia.
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El yanqui modernizó Camelot en un pispás. Introdujo la electricidad, el jabón y el teléfono, pero también la pólvora y las armas de fuego. Sustituyó los torneos medievales por el béisbol y parecía dispuesto a convivir con la Monarquía y demás instituciones del Reino.
En su etapa reformista se conformó con volar la torre de Merlín como si sirviera de sede a la Fundación Francisco Franco y compendiara la venta de mascotas, la tauromaquia, los vapeadores, el sexo sin consentimiento expreso y las bebidas azucaradas.
Pero llegó un momento en que necesitó ir más lejos para satisfacer sus pretensiones 'progresistas'.
En el falso manuscrito atribuido a Sánchez que me ha enviado 'Jano' aparecen unas líneas muy significativas de las memorias de Hank Morgan: "Bueno, el Rey me caía bien y lo respetaba como tal. Es decir, le respetaba en función de su cargo, en la medida en que se puede respetar a alguien que no se ha ganado su supremacía".
El mensaje de Sánchez fue subliminalmente equivalente: o me permitís luchar contra la "máquina del fango", legislar contra los "seudomedios" y gobernar sin el parlamento u os abandonaré en vuestro oscuro valle de lágrimas.
En definitiva, el yanqui hacía suya la ocurrencia de su creador cuando decía que, si a un rey se le suelta desnudo en una plaza junto a otros hombres en igual circunstancia, sólo podría distinguírsele si se le pintara de azul. Más o menos lo que ocurriría con cualquier mandatario, excepto que a Lincoln se le permitiera conservar la chistera.
Cuando el rey Arturo muere de un súbito ataque al corazón, el yanqui proclama la República en un edicto firmado como "The Boss". No oculta su pretensión en convertirse en presidente vitalicio. Pero el pueblo, los “conejos” movilizados por los nobles y la Iglesia, se subleva en masa contra su gobierno.
Su resiliencia como "Puto Amo" le empuja a refugiarse entonces con sus leales en una cueva protegida por un muro de arena electrificado, sembrado de minas y defendido con cañones y ametralladoras Gaitling.
Toda la tecnología militar de finales del XIX, fabricada y desplegada en el siglo VI. La pugna resulta tan desigual que recuerda a la de los autócratas contemporáneos cuando tratan de ser reelegidos con toda la panoplia de ventajas del poder.
La llamada "Batalla del Muro de Arena" —Morgan la denomina así en su parte de guerra— termina con una grotesca hecatombe. Veinticinco mil caballeros saltan por los aires cuando abordan la barrera protegida con dinamita.
Pero sus cadáveres y los de sus caballos, envueltos en fragmentos de armaduras, lanzas y espadas forman una amalgama metálica que tapona el búnker y hace sucumbir, atrapados por el hambre y la peste, a todos sus defensores.
Merlín reaparece entonces disfrazado de mujer y suministra un brebaje a un malherido Hank que se despierta delirando en una cama del hospital de Connecticut más cercano a la fábrica en la que recibió el golpe. Es un pobre diablo que dice que sigue siendo "El Amo".
El atajo revolucionario apoyado en la imposición del racionalismo científico ha fracasado en la Corte del Rey Arturo. No es casualidad que, cuando escribió la novela, Mark Twain estuviera leyendo la impactante Historia de la Revolución Francesa de Carlyle, planteada como una sangrienta epopeya de la "anarquía desencadenada".
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A mediados de la pasada década, dentro del retablo de la corrupción en la Comunidad Valenciana, surgió un extravagante personaje llamado Marcos Benavent. Había pasado de concejal del PP a comisionista y 'saltinbanqueaba' de sumario en sumario.
Lo singular fue el público descaro con que explicó su conducta como una "adicción". Como una dependencia. Otros eran adictos a las drogas, al tabaco o al alcohol. Él era "un yonqui del dinero". Ni más ni menos.
Antes y después de Benavent otros ladrones y estafadores han merecido esa misma descripción lindera con la cleptomanía patológica.
Pero hasta que Sánchez irrumpió en la política española no habíamos conocido a nadie a quien en justa correspondencia se pudiera tildar de 'yonqui del poder'.
Sólo esa adicción en su grado más extremo explica que le diera lo mismo gobernar con Ciudadanos que con Podemos, con una inmensa bandera de España o contra ella, ganando las elecciones o perdiéndolas, repudiando la amnistía o ensalzándola, con mayoría parlamentaria o sin ella.
Hasta que Sánchez irrumpió en la política española no habíamos conocido a nadie a quien en justa correspondencia se pudiera tildar de 'yonqui del poder'.
Sánchez está enganchado al poder, adherido a él con opopónaco,, goma arábiga y alquitrán de abedul. No es capaz de dejarlo. No hay tratamiento de desintoxicación ni centro especializado en el mundo que sirva para resolver su caso. Si perdiera la Moncloa, se atrincheraría en Ferraz pensando en pasar el 'mono' y obsesionado por recuperar el mando.
El problema es que cuando te dicen que eres 'El Amo', perdón 'El Puto Amo', y te lo crees, ya no puedes vivir sin comprobarlo día tras día, CIS tras CIS, BOE tras BOE, TelePedro tras TelePedro.
El destino ha querido que los dos principales emblemas de la sátira de Mark Twain sobre el fracaso del mesianismo en nombre del progreso hayan venido a converger en este verano de las postrimerías de Sánchez: el muro y el eclipse.
Parapetado tras 'el muro' que taxativamente erigió a modo de búnker ideológico contra la ultraderecha, sigue ejerciendo el mando con un nivel de popularidad y aceptación bastante más bajo que el de Trump. Ese ‘muro’ es el burladero desde el que se ríe de los 'conejos' y tras el que se esconde para no tener que verlos ni escucharlos.
A la vez, Sánchez está siendo incapaz de defender la única barrera que la Ley de Leyes le obliga a proteger: la de nuestra frontera, violada y perforada en Ceuta, mediante una invasión sin precedentes. El único 'muro' que ha construido allí son las boyas de la playa del Tarajal.
El eclipse, con sus alardes seudocientíficos, su movilización ministerial y su onda expansiva mediática, le ha durado unos días como maniobra de destrucción. Pero el carro del sol vuelve a hacer su diario paseo y lo que ilumina es una Ceuta ocupada, una inflación rampante, miles de hectáreas desprotegidas consumidas por las llamas y una retahíla interminable de casos de corrupción esperando su slot en los juzgados para poder despegar a la vista de todos.
De ahí que, puestos a citar a Mark Twain en materia de desnudeces, me quede con su advertencia de que "el ciudadano que ve cómo a una sociedad se le despoja de su ropaje democrático y no dice nada, no es un patriota sino un traidor".
Que cada uno se mire al espejo y avise a su vecino.