El destino de España, la propia supervivencia de esa democracia constitucional imperfecta pero viable que construimos hace medio siglo, se juega en las próximas seis semanas.

Como mucho en los próximos siete meses.

Porque después de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en Ceuta no podemos llevarnos ni un día más a engaño. Es muy perturbador que esto nos pase en agosto, pero a la vez nos da margen para planificar con reposo lo ineludible.

Si no somos capaces de desembarazarnos de Sánchez, su cohorte de pretorianos y su centenar de jenízaros mediáticos, nuestra democracia sucumbirá.

Hay que parar por medios lícitos el golpe de Estado legal, es decir la mutación constitucional paulatina, que esta gente, apenas trescientas personas con un 25% del electorado detrás, viene perpetrando desde hace ocho años contra el consenso institucional y la concordia cívica de la Transición.

Una formidable obra de teatro ha terminado de abrirme los ojos sobre la forma en que Sánchez y los suyos están tratando de aplicar a la España actual la versión política de la segunda ley de la termodinámica.

Saben que los procesos de dispersión de la energía colectiva, sostenidos en el tiempo, son irreversibles y desembocan en el caos. Así es como pretenden acabar, paso a paso, con "el régimen del 78" y a veces se les va la mano.

Este shock fronterizo que el propio Sánchez describió durante su visita de 105 minutos a Ceuta como "violación de la integridad territorial de España" —y ahora ha devenido en violación de niñas indefensas arrojadas al turbión de una invasión enquistada—, debería obligarnos a levantar la cabeza y mirar hacia atrás.

Descubriremos que la avalancha consentida sobre Ceuta, con el saldo adicional de 150 cadáveres y la estela de ochenta mil españoles tan angustiados como si vivieran en el sur del Líbano o el norte de Israel, no es sino un episodio más del proceso de degradación paulatina al que el sanchismo viene sometiendo a la Nación española.

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Mohammed VI is watching you… and you, and you.

Mohammed VI is watching you… and you, and you. EE.

Desde su llegada a la Moncloa, Sánchez comprendió que la satisfacción de su ansia de poder dependía proporcionalmente del tamaño de las tragaderas de los españoles. De hecho, lleva más de ocho años poniéndonos a prueba sin dejar de elevar la presión e imponer su yugo.

Planteó una moción de censura con apoyo de los terroristas de una década atrás y de los golpistas del otoño anterior… y tragamos.

Retrasó un año su compromiso de convocar elecciones generales de inmediato… y tragamos.

Puso al frente del CIS a un dirigente del PSOE, caracterizado por su fanatismo, con el encargo de convertir los sondeos electorales en arma de manipulación permanente… y tragamos.

Dio entrada en el Gobierno a Pablo Iglesias, Irene Montero y demás ministros de la izquierda antisistema, después de advertir que a él mismo le "quitaría el sueño" hacerlo… y tragamos.

Recortó drásticamente nuestras libertades de forma inconstitucional durante la pandemia, sin decretar el preceptivo Estado de Excepción… y tragamos.

Promulgó normas extravagantes y dañinas, a tono con sus ministros de extrema izquierda, como la 'ley del solo sí es sí' que favoreció a cientos de violadores o la 'ley trans' que supeditó la biología a la autodeterminación… y tragamos.

Eludió cualquier explicación sobre la doble destitución de su lugarteniente Ábalos —sospechoso ya de una panoplia de desmanes— y su posterior rehabilitación como diputado… y tragamos.

Cambió de la noche a la mañana la posición española sobre el Sahara, pese al asalto masivo de las vallas de Ceuta y Melilla y el presunto espionaje de su móvil por Marruecos… y tragamos.

Hizo de la necesidad personal una hipócrita virtud utilitarista, al vender por siete votos la amnistía que él mismo acababa de descartar por inconstitucional… y tragamos.

Pactó en secreto facilitar las excarcelaciones de la mayoría de los presos etarras, incluidos asesinos múltiples, a cambio del apoyo parlamentario de Bildu… y tragamos.

Cambió a uña de caballo las reglas del juego en RTVE —obligó a votarlas el día de la dana— para convertirla en el medio más sectario de España… y tragamos.

Consumó su amenaza de gobernar "sin el parlamento", incumpliendo la obligación constitucional de presentar los presupuestos durante tres años consecutivos y eludiendo convocar el debate del Estado de la Nación en lo que va de legislatura… y tragamos.

Arremetió con zafios insultos contra la prensa crítica, llamándonos "fachosfera" y quitándonos la publicidad institucional, y estimuló la ofensiva de la trama de 'la Fontanera' contra policías, fiscales y jueces incómodos… y tragamos.

Nos subió una y otra vez los impuestos, recortando nuestro poder adquisitivo, para sufragar el gasto clientelar —incluido su millar de asesores— sin impedir el deterioro de los servicios públicos… y tragamos.

Consumó su amenaza de gobernar "sin el parlamento", incumpliendo la obligación constitucional de presentar los presupuestos durante tres años consecutivos y eludiendo convocar el debate del Estado de la Nación en lo que va de legislatura… y tragamos.

Eludió depurar culpa alguna por el gran apagón (fruto de la gestión politizada de Red Eléctrica), e incluso por la tragedia de Adamuz (fruto de la renovación defectuosa de la vía)… y tragamos.

Mantuvo al fiscal general en el puesto hasta ser juzgado y condenado en el Supremo y mantiene a altos cargos imputados como la directora de la Guardia Civil o la presidenta de la Sepi… y tragamos.

Se niega a asumir cualquier responsabilidad por la condena por prevaricación contra su hermano, por el juicio abierto contra su esposa o por la imputación múltiple de su "pana" Zapatero… y tragamos.

Ha regularizado de golpe —y ya veremos con cuantos porrazos— a más del doble de los 500.000 migrantes que anunció… y tragamos.

Ha manipulado el espectro radioeléctrico para regalar un canal de televisión a los amiguetes que pretenden forrarse echando aún más leña gubernamental al horno de la polarización en el que nos cuece a los españoles… y tragamos.

Ha emprendido un proceso acelerado de nacionalización de descendientes de españoles, tras falsificar en el BOE lo aprobado en el parlamento, para adulterar el censo electoral… y tragamos.

Ha consentido por negligencia, torpeza, irresponsabilidad o traición deliberada la entrada ilegal de casi cien mil invasores en Ceuta… y tragamos.

Nueve días después de su viaje relámpago consiente que miles de esos invasores continúen haciendo imposible la vida a los ceutíes, hasta el punto de plantearse algunos abandonar la ciudad para siempre… y tragamos.

No me digan que todo esto no merece una 'capillada'.

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Así llamaba Modesto Lafuente a sus diatribas en la revista 'Fray Gerundio'. Pero cuando publicó en 1840 la 'capillada' dedicada a "Las tragaderas" de sus contemporáneos, nunca podía imaginar que casi dos siglos después las fauces de los españoles pudieran abrirse tanto.

Y es que la sociedad actual se ha acostumbrado a vivir en un régimen de baja veracidad, en el que la batalla narrativa ha sustituido al examen riguroso de las consecuencias de las decisiones que se toman.

Pero, claro, todo tiene un límite. Hasta el tamaño de las ruedas de molino que caben en la tráquea expandida de una España acomodaticia y narcotizada por la propaganda gubernamental.

Ahora resulta que por la suma de todos esos factores de debilitamiento institucional que nos han ido arrinconando en el espacio occidental al que pertenecemos, estamos a punto de quedarnos sin la sede de la final del Mundial de 2030.

¡Oh, terror y conmoción! Esa final en la que todos los males de la patria podrían quedar curados si conquistáramos la tercera estrella que adornara nuestra camiseta está a punto de desvanecerse.

Y, claro, por ahí ya no pasamos. Podremos perder la separación de poderes, la igualdad ante la ley o los mecanismos de contrapeso. Podremos perder poder adquisitivo, prestigio en la Unión Europea e incluso un trocito del territorio. Todo ello podremos perderlo. Pero no la final del Mundial de Fútbol. De nuestro Mundial de Fútbol.

El autócrata Sánchez al fin tiembla. ¡Ah, no! Ese gol en propia puerta, de ninguna manera. Con eso ya no tragaremos.

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"¿Es 'Arcadia' la mejor obra de teatro de los últimos cincuenta años?" se preguntaba el Daily Telegraph en 2023 con motivo del trigésimo aniversario del estreno de la "comedia ideológica" de Tom Stoppard.

Antes de asentir tendría que pedir opinión al menos a Ignacio Amestoy y Luis María Anson, pero el hecho objetivo es que su aclamada reposición en el Duke of York Theatre, tras la muerte el pasado noviembre de su creador, ha consagrado a Arcadia como un gran clásico contemporáneo.

Stoppard también ha sido engullido por la "segunda ley de la termodinámica" —el tiempo sólo se mueve en una dirección— pero sus geniales reflexiones sobre la condición humana perduran.

Y el elemento subjetivo es que, desde que vi la función, las dos tramas paralelas de Arcadia no han dejado de hablarme de la España actual.

A pesar de que una acontece en las fronteras entre el clasicismo ilustrado y la disrupción romántica a comienzos del XIX y la otra refleja el pulso entre la búsqueda de la verdad y la manipulación mediática a finales del XX.

Anticipando la técnica de la película que ganó el Oscar hace cuatro años, todo sucede "a la vez y en todas partes" en la aristocrática mansión de Sidley Park.

En la primera trama irrumpe un rupturista diseñador de jardines, Richard Noakes que, con el beneplácito de los propietarios, va destruyendo todos los elementos armónicos —orden, lógica, racionalidad, setos, parterres, arboledas— que habían convertido el lugar en una idílica Arcadia en la tierra.

En su lugar da rienda suelta a la vegetación salvaje, construye desniveles, deseca el lago del ensueño con la primera bomba de agua precursora de la revolución industrial para crear un hábitat infestado por sapos y culebras e incrusta una ermita sin ermitaño, para que lo que antes era fruto del pensamiento lógico se convierta en expresión del sentimiento desbocado.

El sanchismo se alimenta del desorden, de la degradación de las reglas, de la confusión narrativa. Por eso propicia el colapso de nuestra arquitectura institucional para convertirla en una selva, pretendidamente idealista, gobernada tan sólo por la entropía.

Es el apogeo del "barro pegajoso", como dictamina uno de los personajes que conserva la cordura en medio de tal 'máquina del fango'.

Todo lleva a un quevediano "miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados". Con la particularidad de que en Sidley Park, como en la España constitucional, es la mano del hombre la que, aunando negocio y arrogancia, ha acelerado el desgaste del tiempo.

Porque el sanchismo se alimenta del desorden, de la degradación de las reglas, de la confusión narrativa. Por eso propicia el colapso de nuestra arquitectura institucional para convertirla en una selva, pretendidamente idealista, gobernada tan sólo por la entropía.

Sánchez ha convertido la ocupación del poder en un ejercicio de gestión del caos en el que una escenografía que él pretende sublime no descubre sino ruinas y sobresaltos, mientras lo que era sólido se derrite.

Es el viaje de la ilustración al gótico salvaje, del orden al desorden, de la certeza a la incertidumbre.

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En la segunda trama nos encontramos con Bernardo Nightingale un académico petulante y sin escrúpulos, que cree haber descubierto una interpretación del pasado que permitirá cambiar la Memoria Histórica del presente.

Este ridículo 'ruiseñor,' fiel antecedente de los actuales politólogos y cantamañaneros gubernamentales, dice tener las pruebas de que Lord Byron mató en duelo en Sidley Park a un poetastro al que le ponía los cuernos.

El más nimio detalle le sirve a Bernardo para proclamar su postverdad y alimentar una espiral performativa de aclamaciones dirigidas a sí mismo, no demasiado diferentes de los balances de fin de curso de Sánchez.

El pasado se convierte así en un trampolín para reescribir el presente con tintes de estado de excepción emocional. Así como 'el ruiseñor cantamañanero' necesita que Byron sea un criminal, Sánchez necesita que Feijóo sea un ultra neofranquista.

Para que todo encaje y sus seguidores se sientan cómodos en esa lectura esquemática de la historia que transforma la complejidad en polarización.

Lástima que la antagonista del 'ruiseñor cantamañanero', una investigadora rigurosa y paciente llamada Hannah Jarvis, demuestre que el susodicho poetastro murió en África tras ser mordido por un mono.

Lástima que ella reivindique con serenidad ordenada —tal vez en homenaje a Hannah Arendt— que "lo que nos hace importantes a los humanos es el ansia de saber la verdad".

Y eso atañe por igual a las andanzas de Lord Byron, las saunas de Sabiniano, las adjudicaciones a Barrabés, las joyas de Zapatero o la desprotección de la frontera de Ceuta.

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Mohamed VI ve Ceuta, para él Sabta, como un bello ataifor, rebosante de higos de Alhucemas, fresas de Larache, dátiles de Tafilalet y arándanos de Tetuán. En el fondo del ataifor hay un engobe andalusí con dibujos geométricos esbozados por los siglos.

Pero la indiscutible contigüidad geográfica choca con la contigüidad histórica, sociológica y constitucional de esta ciudad tan española como mi querida Logroño o la Santa Coloma de Gramanet de Rufián.

Una ciudad en la que, junto a los frutos exóticos, se funden las religiones y las etnias en un ejemplo de convivencia e integración al que todos deberíamos aspirar a parecernos.

Allí preside y lidera —son cosas distintas y esta vez coincidentes— Juan Vivas el hombre más suave en las formas y más fuerte en la determinación que, sobreponiéndose a contratiempos y achaques, queda en nuestra vida pública.

El rey de Marruecos nos vigila. Colectivamente y de uno en uno.

Verle lidiar con doliente paciencia el otro día con la meritoria de la televisión pública empeñada en incitarle a atizar el fuego entre el PP y Vox, era como imaginar al Santo Job sometido al tercer grado en una comisaría de la Stassi.

La unidad de los ceutíes apela a la de los españoles y retrae a Mohammed VI en las ansias, heredadas de su padre y de su abuelo, por apoderarse del hermoso ataifor cincelado por tantas manos y culturas.

Pero el rey de Marruecos nos vigila. Colectivamente y de uno en uno.

Está pendiente de todos nosotros. De lo que hagamos. De lo que decidamos ser.

No es una labor policial, sino de auscultación. Porque de nuestra conducta dependerá la suya.

Cada día se siente más fuerte, trenza alianzas y acumula protectores poderosos. Pero su arrojo será inversamente proporcional a nuestra resistencia. O lo que es lo mismo, correlativo a nuestro desistimiento.

Lo que hagamos con Sánchez será el canario en la mina. Si volvemos a someternos a él y a su cuadrilla, si consigue imponerse de nuevo con sus trampas y mentiras, todo se irá perdiendo enseguida —empezando por Ceuta— porque seremos la democracia más débil del mundo.

Mohamed VI votará por Sánchez en las elecciones generales y si contribuye a que se perpetúe en la Moncloa, durante la próxima legislatura a la tercera irá la vencida. Tras la siguiente invasión se apropiará del ataifor de Sebta —por supuesto también del de 'Malïliyya'— y arrojará sus frutos al mar.

Venciendo, claro, la heroica resistencia de Marlaska, Margarita Robles y Albares, siempre en paz consigo mismos, siempre convencidos de estar cumpliendo certeramente con su obligación, entre un equivocado estruendo de abucheos.

Que tanta paz lleven como descanso dejen.

La principal enseñanza que nos ha legado Tom Stoppard en Arcadia es que ni el tiempo ni el movimiento dan nunca marcha atrás. Como dice Tomasina, precoz protagonista de la primera trama, cuando la mermelada se mezcla con el pudin no hay forma de "desrevolverla".

Pero siempre cabe el idealismo de quien como ella propone "detener cada átomo en su actual posición… para escribir la fórmula del futuro".

Por eso, se reencarna en Hannah cuando en la segunda trama se encara con el 'ruiseñor cantamañanero': "Eres como un niño exasperante pedaleando con su triciclo hacia el borde del precipicio y yo tengo que hacer algo".

Es exactamente lo mismo que siento observando la extraviada huida hacia delante de Sánchez y los suyos. Tenemos que "hacer algo" de aquí a las elecciones. Un Maidán virtual, una "revolución de terciopelo" cívica, una labor de pedagogía indesmayable, una investigación de la corrupción a corazón abierto, un redoble de conciencia clamoroso.

Porque en ese triciclo viajamos todos y el día que votemos nos irá la vida en ello.