Image: El desastre de la guerra: El arte, el terrorismo, la guerra

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Letras

El desastre de la guerra: El arte, el terrorismo, la guerra

por José Jiménez

23 enero, 2003 01:00

Brueghel: La construcción de la Torre de Babel, 1563

Los grandes acontecimientos históricos y los cambios de época se asocian con formas y figuras concretas, tienen una resonancia en la imagen que nos permite establecer una asociación directa, de síntesis, entre imagen y acontecimiento. Por ejemplo: la guillotina como expresión de la Revolución Francesa de 1789. O, exactamente dos siglos después, la caída del Muro de Berlín, como expresión del hundimiento de lo que se llamó socialismo real.

Algo similar podría decirse, e incluso con más intensidad, del papel que juega la imagen del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y su caída, su destrucción, con la terrible muerte de miles de personas, como expresión de una nueva época. El mundo cambió a partir de septiembre de 2001: la globalización económica y comunicativa ha dado paso a un estado militar global, configurado por el binomio terrorismo-guerras focalizadas, que se implican mutuamente entre sí.

Con toda seguridad, una gran mayoría de los habitantes del planeta rechaza por igual los dos polos de ese binomio: no al terror, a la violencia indiscriminada sobre víctimas inocentes, y no a la guerra, a la acción militar alentada por razones de hegemonía política y económica, no menos destructiva e igualmente ejercida sobre poblaciones enteras, sobre víctimas inocentes. Como ha pasado ya en Afganistán. Como parece más que probable que pase en Irak.

Al hablar en términos de imagen estoy evocando un problema que resulta central, desde un punto de vista conceptual y ético, en estos momentos: ¿cómo refleja el arte, las artes, esos acontecimientos decisivos para los seres humanos, por qué vías discurre la representación sensible de la violencia de masas, terrorista o militar? Hay ya algunas distinciones previas que podrían establecerse: aunque la representación de la violencia y la guerra es un elemento recurrente en la tradición artística de Occidente, en todos los casos esa representación sensible implica una distancia, ya sea crítica o ensalzadora, pero en todo caso distancia, frente a los acontecimientos concretos. Y, además, es preciso advertir que lo que vivimos ahora presenta rasgos específicos de nuestra propia época: el terrorismo y la guerra actual son fenómenos de masas, generados por la expansión de la tecnología y sus diversos usos y derivaciones.

Volviendo al caso de las Torres Gemelas, es inevitable asociar ese terrible acontecimiento con lo que evoca en el universo de la imagen y en el arte: la torre que cae, como expresión del fracaso, la derrota, o la debilidad humana, está profundamente arraigada en nuestra mentalidad, remitiendo nada menos que a la Biblia. Por lo mismo que la elevación de la torre se asocia simbólicamente no sólo con la voluntad humana de elevación y de alzarse hacia los cielos, sino también con la soberbia y la prepotencia.
Todas las torres caen, antes o después, es un tópico recurrente en la literatura occidental, al menos desde los siglos medievales. Y en términos visuales, resulta por ejemplo impresionante comprobar los paralelos existentes entre la versión pictórica de La construcción de la Torre de Babel, de Pieter Brueghel, y algunas imágenes de auténtica desolación de las ruinas de las Torres Gemelas después del ataque terrorista. Brueghel representa el antes, no el después, pero su intención no es otra que mostrar la fragilidad de los proyectos humanos.

No cabe duda de que quienes planearon la acción terrorista del once de septiembre de 2001 en Nueva York situaron muy en primer plano esa fuerza simbólica de la imagen de la torre abatida y, sobre todo, la planificaron en una secuencia temporal, con el impacto de los dos aviones, que aseguraba su registro casi instantáneo por los medios de comunicación y su difusión masiva internacional.

Pero éste es un aspecto característico de lo que hoy llamamos terrorismo. El crimen y la violencia indiscriminada sobre inocentes están indeleblemente asociados con la historia del género humano, pero el terrorismo es un fenómeno de masas, que busca asegurarse la más amplia repercusión de sus acciones. Se trata, en definitiva, de la acción violenta expandida por los medios de comunicación. Es la otra vertiente respecto a la violencia soterrada de los poderes difusos en la sociedad del espectáculo, en la que el terrorismo se integra y de la que forma parte de manera constitutiva.

El gran compositor alemán Karlheinz Stockhausen generó una gran polémica y reacciones bastante histéricas en los ambientes más nacionalistas de EE.UU., al afirmar en unas declaraciones, luego desmentidas, que el ataque a las Torres Gemelas debía ser considerado "la mayor obra de arte que haya existido nunca".

Auna cierta distancia temporal ya del acontecimiento, justo al cumplirse el primer aniversario del mismo, el artista inglés Damien Hirst, conocido por su talante provocador, afirmaba literalmente que el ataque había sido del "género de una obra artística por su propio derecho" y resaltaba que los responsables del mismo "debían ser felicitados" por haber realizado "algo que nadie hubiera pensado posible" en un nivel artístico. Claro está, posiciones como éstas inevitablemente provocan en nosotros un rechazo inmediato: no se puede aceptar que se califique como artística una acción que ocasionó la muerte real de miles de víctimas inocentes. Como ya indiqué, lo específico del arte es introducir una distancia respecto al acontecimiento real y justamente eso es lo que le da valor como simulacro, como instancia moral y de conocimiento.

Pero en la sociedad del espectáculo esa distancia desaparece, lo real y lo ficticio se superponen, y las guerras o los crímenes terroristas se contemplan a través del filtro generalizado de la gran pantalla, que convierte el sufrimiento humano en algo lejano, distante. Los seres humanos han sido convertidos en incontables ocasiones en víctimas sacrificiales, en rituales y ceremonias de innegable fuerza estética, que incluso hoy, fuera de su contexto, podemos apreciar como arte. Lo que vivimos hoy es la utilización de la víctima desde un plano de negación total, convertida tanto en las acciones terroristas como en la tecnológicamente sofisticada guerra masiva, en un mero registro del espectáculo.

El arte es otra cosa, se sitúa en otro plano: lejos, a la vez, del ritual, del que sin embargo procede y, sobre todo, de la utilización alienante de la imagen en sus usos espectaculares. El arte da que sentir y da que pensar, y lo hace precisamente al establecer una distancia entre el acontecimiento y la representación, que es lo que le da a la imagen artística su auténtico valor, su capacidad para discernir el carácter criminal del terrorismo y de las guerras.