Una escena del 'Ariadna y Barbazul' de Àlex Ollé. Foto: Javier del Real

Una escena del 'Ariadna y Barbazul' de Àlex Ollé. Foto: Javier del Real

Ópera

'Ariadna y Barbazul', la freudiana ópera de Maeterlinck que bucea en el subconsciente de las víctimas

El Teatro Real acoge por primera vez en más de 100 años un montaje de esta obra sobre la emancipación de la mujer, con dirección escénica de Àlex Ollé.

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"Ante todo hay que desobedecer. Es nuestro primer deber cuando la orden es amenazadora y no se explica". Así habla la protagonista de Ariadna y Barbazul, una ópera escrita por el dramaturgo belga Maurice Maeterlinck y orquestada por el francés Paul Dukas en 1899, setenta años antes de que la segunda ola del feminismo pusiera el foco en la violencia doméstica, sexual y psicológica como un problema político, no privado.

Basada en un cuento de Charles Perrault y estrenada en París en mayo de 1907, la obra vuelve al Teatro Real tras 113 años de inexplicable ausencia: solo se representó allí una vez, en 1913. Del 26 de enero al 20 de febrero regresa en una coproducción con la Ópera de Lyon —donde se estrenó en 2021— con Àlex Ollé al frente de la escena y Pinchas Steinberg en la dirección musical. El reparto incluye a Paula Murrihy y Silvia Tro Santafé, que actuarán junto al Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real.

Para Ollé, Maeterlinck "fue un autor visionario" porque "mucho antes del feminismo moderno presenta a una heroína emancipada: una mujer moderna, que no es una víctima, no muere ni paga ningún precio por su libertad ni por su rebeldía".

Barbazul entrega a su nueva esposa las llaves de todas las habitaciones del castillo con una única prohibición: no abrir la séptima. Ariadna abre todas las puertas y, tras la última, descubre a las cinco mujeres anteriores, maltratadas física y psicológicamente. Pero su reacción no es la huida, sino el intento de liberarlas.

Esa modernidad radical se explica en parte porque Maeterlinck escribió el libreto para una mujer excepcional: su pareja, la actriz y cantante Georgette Leblanc.

Amiga de Colette y de Jean Cocteau, compañera sentimental de la editora estadounidense Margaret Anderson y figura destacada del grupo sáfico La Cordée, Leblanc fue también actriz de cine (protagonista en 1924 de La inhumana, de Marcel L’Herbier) y una escritora de éxito en las últimas décadas de su vida.

Sin embargo, su técnica vocal era limitada para una partitura de tal ambición. Dukas eligió para ella un registro medio que, como explica Steinberg, "no es el más potente en una soprano".

Maeterlinck escribió el libreto para una mujer excepcional: su pareja, la actriz y cantante Georgette Leblanc

En la obra, Dukas sintetiza la influencia de Wagner con el refinamiento armónico y la poética del simbolismo de Debussy y la rigurosa arquitectura sinfónica de Vincent d’Indy. Pero, para el director israelí, "cometió algunos errores, porque no tenía experiencia escribiendo ópera".

No en vano, Maeterlinck había propuesto antes el proyecto a Edvard Grieg, que "hizo bien en rechazarla", afirma Steinberg, sin rodeos. "Dukas compone esta ópera como una obra sinfónica a la que añade voces. Es una obra extraña, con momentos fantásticos. La orquestación es una bomba, pero el equilibrio entre foso y escena es casi imposible".

Pero no fue la música sino su carácter híbrido —ni ópera tradicional ni poema sinfónico— lo que desató la polémica en su estreno. Como nos recuerda Joan Matabosch, el director artístico del Real, en las notas al programa, resultaba inaudito un título sin trama amorosa y con una teatralidad que escapaba a cualquier canon establecido.

Publicada el mismo año que La interpretación de los sueños de Freud, la obra se adentra en el inconsciente antes incluso de que el psicoanálisis se popularizara.

En el planteamiento de Ollé —inspirado en el mito del minotauro—, el castillo es la mente, y las puertas que Ariadna abre pertenecen al inconsciente. Y en esa visualización de su proceso de emancipación, la luz se vuelve central.

Pero tal mundo simbólico necesitaba anclarse en un plano más reconocible. "Pensamos: ¿y si todo sucede durante el banquete de la boda, desde la entrada hasta la salida final?".

Un momento del 'Ariadna y Barbazul' de Àlex Ollé. Foto: Javier del Real

Un momento del 'Ariadna y Barbazul' de Àlex Ollé. Foto: Javier del Real

Algo que no habría sido posible sin el equipo: "Vengo de La Fura, donde casi utópicamente no existía la figura del director. Para que las ideas funcionen hay que ser generoso", dice, y cita expresamente a la asistente de dirección Sandra Pocceschi, al escenógrafo Alfons Flores, a Josep Abril en el vestuario y a Urs Schönebaum en la iluminación.

"El estreno fue un parto", reconoce Ollé, que presentó la obra en Lyon en plena pandemia y sin público. Lo que late en Ariadna es, para él, "un cuestionamiento de las estructuras de poder: Barbazul es más un síntoma que una enfermedad; el enfermo es el sistema".

De ahí su lectura política contemporánea: la ópera interpela a cualquier espectador, enfrentado a posturas autoritarias y a la sensación de que nuestros derechos, logrados con tanto esfuerzo, se desmoronan.

Ariadna, incluso, intenta salvar a las otras mujeres. Pero ellas tienen tan interiorizado su cautiverio que no quieren marcharse. "¿Elegir no ser libre es una forma de libertad?", se pregunta Matabosch. "No se puede imponer la libertad a quien no la quiere", responde Àlex Ollé.

Factores psicológicos, económicos o familiares pesan en las víctimas de la violencia. La modernidad de la obra reside en aceptar esa imposibilidad. En la imagen final, con Barbazul atado y vuelto hacia la sala, el desenlace se condensa en una pregunta que el espectador no puede eludir: ¿Qué harías tú?