Momento del 'Eugenio Oneguin' de Laurent Pelly. Foto: Karl Foster

Momento del 'Eugenio Oneguin' de Laurent Pelly. Foto: Karl Foster

Ópera

El triste destino de Eugenio Oneguin: aterriza en el Palau de les Arts el clásico de Chaikovski con acento ruso

Muy esperado este montaje de Laurent Pelly que cuenta con un reparto prometedor en el que destaca Corinne Winters. En el foso, Timur Zangiev.

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Se programa (20, 23, 25, 29 de enero y 1 de febrero) en el Palau de les Arts Eugenio Oneguin. En esta ocasión en una producción del generalmente inspirado Laurent Pelly, de quien hay que esperar siempre lo mejor.

Se cuenta con un reparto cuajado de nombres rusos, lo que en principio es una buena base para buscar autenticidades. El director que se va a situar en el foso, Timur Zangiev, es discípulo de Guennadi Rozhdéstvenski, y llega tras unas aplaudidas Dama de picas del propio Chaikovski en La Scala y El jugador de Prokófiev en el Festival de Salzburgo.

Hará pronto precisamente Oneguin en La Scala, el Metropolitan y la Ópera de Viena. No le falta conocimiento del métier a este músico.

Gobernará un reparto muy prometedor, con la Tatiana de Corinne Winters —a quien se vio hace algún tiempo una estupenda Jenufa de Janácek y a la que escuchamos una Halka de Moniuszko en Madrid—, el Oneguin de Mattia Olivieri, un joven y adiestrado barítono lírico que debuta en el papel y que fue alumno en 2012 del Centre de Perfeccionament del Palau de les Arts, y el Lenski del tenor lírico-ligero Dmitry Korchak. Hay que retener asimismo el nombre del joven bajo Giorgi Manoshvili, Príncipe Gremin.

Son mimbres para trenzar una buena noche de ópera presidida por la estupenda música de Chaikovski. Sin duda, el personaje más interesante, más humano y simpático —más que cualquier otra de las heroínas chaikovskianas — es el de Tatiana, que protagoniza la famosa escena de la carta, plagada de alternativas, tierna, efusiva o dramática. Una obra maestra en la que se alternan los recitativos y las secciones melódicas.

Cabría destacar otros muchos números de la partitura, como, por supuesto, el aria de Lenski, antes del duelo con Oneguin, de un doloroso y melódico lirismo. O los dos dúos, tan diferentes, entre Tatiana y Oneguin.

Sin duda, el personaje más interesante, humano y simpático es el de Tatiana, encarnada por Corinne Winters. Mattia Olivieri hará de Oneguin

En el primero, situado en el tercer cuadro del primer acto, ella se expresa en frases nerviosas y convulsas; abatida y resignada. Él desarrolla una melodía elegante, calma y dominadora. No es totalmente indiferente a la actitud amorosa y entrañable de Tatiana. Su rechazo no es el de un hombre insensible sino el de un ser lúcido de una objetividad fundada en su experiencia sobre la vida. Sus últimas palabras, "aprended a dominaros", se superponen a una repetición del coro inicial de los aldeanos. Un cierre evasivo y púdico.

El segundo, más extenso y complejo, expone, en el segundo cuadro del tercer acto, una conversación entre los dos personajes. Al principio, las frases de uno y de otro se alternan. Luego las voces se unirán musicalmente. Los muchos temas se suceden rápidamente.

Destaca el de la resistencia de Tatiana en las palabras "yo seré siempre inflexible". El final está en do mayor, única evasión tonal del constante mi menor, que vuelve en fortísimo en el tutti. "Adiós para siempre"; es el grito de Tatiana en un si natural agudo, la nota más alta de su tesitura. Oneguin se queda solo y abatido: "¡Ignominia!, ¡Angustia! ¡Oh, triste destino!".