Manuel Molina, Raimundo Amador y Manuel Domínguez en el concierto de los gitanos de Triana celebrado el 28 de febrero de 1983 en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Manuel Molina, Raimundo Amador y Manuel Domínguez en el concierto de los gitanos de Triana celebrado el 28 de febrero de 1983 en el Teatro Lope de Vega de Sevilla. Fotograma del documental 'Triana pura y pura'

Flamenco

'Triana pura y pura', de Ricardo Pachón: cuando el flamenco más rupturista puso a salvo el tarro de las esencias

El único documental dirigido por el productor musical es un hito irrepetible dedicado al barrio sevillano.

En 1983 los viejos de Triana despidieron el barrio del que fueron expulsados con un concierto por todo lo alto.

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No hay obituario dedicado al gran Ricardo Pachón que no se haya detenido en resaltar la virtud más notable de su trayectoria: su vocación heterodoxa. La producción de álbumes tan disruptivos como La leyenda del tiempo, de Camarón, o Nuevo día, de Lole y Manuel, así como el lanzamiento de grupos como Veneno y Pata Negra, son su gran legado. Sin embargo, hay un hito en su carrera que evidencia que detrás de esa personalidad iconoclasta hay un perseverante explorador de la raíz flamenca y, por ende, gitana.

Triana pura y pura, documental aclamadísimo y nominado a los premios Goya en 2014, es el recuerdo del concierto, celebrado en el teatro Lope de Vega de Sevilla en 1983, con el que los viejos gitanos se despidieron definitivamente de su barrio tras ser expulsados más de dos décadas atrás.

En el arrabal emplazado en la orilla del Guadalquivir que mira de frente a la Maestranza, la Giralda y la Torre del Oro fueron a instalarse los hijos de Undibel allá por el siglo XV. Reunidos en corralas, los clanes de herreros, matarifes y otros oficios ya casi desaparecidos combatían la miseria a golpe de palmas y zapateaos, normalmente sobre una letra que evocaba tiempos de persecuciones y destierros.

No imaginaban que un día, en los albores del desarrollismo franquista, les iba a tocar también a ellos. Una decisión gubernamental que no pudo sino obedecer a intereses relacionados con la especulación urbanística les expulsaría de su barrio a finales de los años 50.

Primero fueron llevados a las cocheras de los tranvías, en las afueras de la ciudad, donde luego se levantarían barracones de uralita que distaban mucho de los antiguos patios de vecinos. Las fiestas continuaron, pero el traslado definitivo a las entonces recién construidas Tres mil viviendas fue fatal.

Gitanos expulsados del barrio de Triana (Sevilla).

Gitanos expulsados del barrio de Triana (Sevilla). Fotograma del documental 'Triana pura y pura'

Allí se mezclan con gitanos canasteros, entre otras etnias, y la propuesta institucional de erradicar el chabolismo acabó convertida en un proyecto fallido, un barrio marginal de los más peligrosos de España. El propio Ricardo Pachón, director del documental, lamenta que aquello hubiera significado, además, "perder la gitanería de Triana".

Heridos de nostalgia, no faltaba quien durante el día caminaba hasta su viejo barrio, aunque por la noche tuviera que volver a introducirse en aquellas horripilantes moles de hormigón. Entre recuerdo y recuerdo, nació una idea: despedirse definitivamente de Triana con un concierto por todo lo alto. El 28 de febrero en el Teatro Lope de Vega.

Contarían con jóvenes como Manuel Molina y Lole Montoya (entonces los miembros del dúo Lole y Manuel), con el guitarrista Manuel Domínguez y con el bisoño Raimundo Amador, también a la guitarra, aunque el protagonismo sería para los viejos. Casi ninguno de ellos, por cierto, había hecho carrera profesional.

Aquel concierto sería el registro último del flamenco trianero en todas sus vertientes. Un estilo genuino marcado por la espontaneidad –tanto que para la actuación ni siquiera ensayaron– y el desenfado. Tres guitarras, cantaores aleatorios y siempre alguien bailando. A cada cual, más singular. Desde Tragapanes, nieto del mítico matador Cagancho, hasta Pepa La Calzona, una gitana ciega con la que es imposible no emocionarse. Y El Pati y El Titi, con arte hasta para cantar fuera de tono.

Cada uno de los bailaores aporta su sello personal, su pataíta: la vuelta en el aire por bulerías de El Coneja, que asombraba al mismísimo Farruquito, o la patá pa’ atrás de El Herejía. Aunque es en los tangos donde vemos esa idiosincrasia tan propia de Triana. Gitanas apoyando los pies sobre sus cantos internos e irresistibles movimientos sicalípticos alejados de la ortodoxia –¿la ortopedia?– actual. Lo más contemporáneo que podemos encontrar en este sentido es el vídeo –está en Youtube– "Triana, puente y aparte", de Miguel Poveda, indudablemente inspirado en esta manera tan particular de bailar los tangos.

Con el contexto histórico a modo de introducción, el grueso del documental es el concierto comentado. Los testimonios siempre pertinentes de la bailaora y coreógrafa Matilde Coral, Manuel Molina, Raimundo Amador y el propio Pachón son casi tan valiosos como los momentos de la actuación, pero es que estos son un verdadero gozo. El corolario fue nada menos que la aparición inesperada de Farruco, el abuelo de Farruquito, que desató el éxtasis entre un público entregado.

Dos gitanos bailando en el concierto celebrado el 28 de febrero de 1983 en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Dos gitanos bailando en el concierto celebrado el 28 de febrero de 1983 en el Teatro Lope de Vega de Sevilla. Fotograma del documental 'Triana pura y pura'

Escuchamos, además, curiosidades a propósito de los palos flamencos. Por ejemplo, que el martinete no es un cante libre, como habitualmente se sostiene, sino que comparte el compás de la seguiriya, o que la bulería trianera es más lenta que la mayoría de las que se hacen en otros territorios andaluces. "Tú te puedes comprar un Porsche, pero no vayas a 300 siempre porque, si no, te vas a perder lo más bonito", remacha con mucho tino –y con mucho arte– Manuel Molina.

Para culminar, fin de fiesta, como no podía ser de otra forma. Baile libérrimo y puramente gitano. Dicen que, al terminar, Antonio Mairena, la quintaesencia del purismo, preguntó embriagado dónde habían estado metidos todos esos gitanos de Triana. Ricardo Pachón inmortalizó ese momento, sin duda irrepetible, y lo recordó en este fascinante documental. El más heterodoxo de los flamencos puso a salvo el tarro de las esencias. Eso también se lo debemos.