El pianista Gregori Sokolov. Foto: Vico Chamla
El pianista Gregori Sokolov redescubre a Beethoven y Schubert a su paso por Madrid
El intérprete ruso participa en el ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo en una cita que acoge el Auditorio Nacional.
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Fiel a su cita con el ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo, he aquí de nuevo al concentrado e intachable Grigori Sokolov (San Petersburgo, 1950), quien, pese a su casi provecta edad, sigue conservando los atributos que lo han convertido en uno de los más conspicuos pianistas de nuestro tiempo. La cita es este mismo lunes 23 de febrero, en el Auditorio Nacional.
Ello nos dará de nuevo la oportunidad de enfrentarnos a su habitual análisis riguroso, casi enfermizo, de cada compás, al control exhaustivo de la digitación, al ataque preciso, al control de un pedal que le permite extraer insólitas luces y recrear múltiples colores con un magnífico sentido de la articulación.
Pese a la seriedad, al hermetismo de la figura, advertimos en todo momento el flujo bienhechor, la severidad constructiva, la expresividad honda, el análisis de las estructuras formales y la revelación de sus más íntimos secretos.
La dicción, la ligazón, la minuciosidad del examen, la infalibilidad de los ataques, la homogeneidad y carnosidad (permítasenos la expresión) del sonido, la exposición iridiscente, sin que el discurso pierda nunca el ensimismamiento son aspectos destacables siempre.
En los muchos años que lleva actuando en Madrid ha ofrecido programas de todo tipo. En esta ocasión nos va a obsequiar con partituras de Beethoven y Schubert. Del primero, una sonata poco habitual, la N.º 4 op. 7 en Mi bemol mayor, y las seis Bagatelas de la Opus 126.
Aquella nos muestra ya, en 1797, la exuberancia del joven compositor en un soberano Allegro inicial cuya exposición se extiende a lo largo de 136 compases, algo insólito para la época. Resalta asimismo la insondable profundidad del Largo, "en el que el tiempo y el espacio son abolidos", en expresión de Wilhelm Kempff.
Las Bagatelas, aunque pueda parecer extraño, contienen, según muchos autores, todos los saberes pianísticos concentrados y desarrollados frecuentemente en una estructura vagamente bipartita en la que la habitual repetición nunca es tal. Algunas, como la 1 y la 3, incluso se elaboran según el principio unificador tan caro al compositor de la variación continua. Estas piezas visionarias, tan originales a la postre, de increíble detalle, fueron publicadas por Schott en Maguncia en 1823.
La severidad constructiva, la expresividad honda, la homogeneidad del sonido... son rasgos del gran Sokolov
La sesión se cierra con la última sonata de Schubert, la D 960, que lleva a sus postreras consecuencias aquello de la genialidad de lo informal. De la mano de su vena melódica, verdaderamente única, Schubert hace que la música crezca, evolucione, varíe sobre sí misma, se repita e imite, se transforme hasta el infinito a través de continuas y geniales modulaciones.
La armonía explora los más alejados límites del territorio de una tonalidad ya bastante ampliada, rozando episódicamente el de la atonalidad. Esta armonía sorprendente es, como decía el musicólogo Harry Halbreich, "audazmente funcional, sutilmente impresionista y profundamente psicológica".
Estamos ante un concierto denso, con obras de gran profundidad —aunque a veces no lo parezca— que estarán en las manos de un pianista que se las sabe todas.