Leiva durante su concierto en el festival.

Leiva durante su concierto en el festival. Sonorama

Música

Sonorama 2026: cuando "el hombre pájaro" escuchó el silencio y bajó del cielo

El festival ha celebrado su vigesimonovena edición con los conciertos de Ardé Bogotá, Love of Lesbian y Guitarricadelafuente.

En su actuación, Leiva hizo un emotivo homenaje a Robe Iniesta.

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Hay algo extraño en el último día de un festival como Sonorama Ribera. El cansancio pesa después de varias jornadas de música, el asfalto de Aranda de Duero arde bajo el sol de agosto y los escenarios empiezan a adquirir ese aspecto de estructuras efímeras que, en apenas unas horas, serán desmontadas para volver a dejar espacio a la ciudad de siempre.

Y, sin embargo, nadie parece tener demasiada prisa por marcharse. Al contrario. Existe una voluntad casi colectiva de alargar un poco más el tiempo, de apurar las últimas canciones y las últimas conversaciones, como si todos supieran que, una vez que el festival termine, algo de lo vivido durante estos días desaparecerá también con él. Queda todavía algún abrazo pendiente o alguna lágrima que esconder antes de emprender el regreso a casa.

En una de las calles del centro, un hombre de mediana edad, arandino de nacimiento, explica a un grupo de chavales que esa tierra que ahora pisan es tierra de vino y de inviernos largos. Los jóvenes escuchan mientras alrededor todavía resuenan los últimos ecos del festival. Cuesta imaginar cómo es Aranda durante el resto del año, cuando las pulseras desaparecen de las muñecas y los escenarios que durante cuatro días parecían formar parte del paisaje terminan por desaparecer.

Esta ha sido la vigesimonovena edición de Sonorama Ribera y también una nueva demostración de la capacidad del festival para convertir Aranda de Duero en uno de los grandes puntos de encuentro de la música en directo en España. Cerca de 200.000 personas han pasado por sus escenarios para encontrarse con artistas consolidados y nuevas voces. Pero explicar Sonorama únicamente a través de sus cifras, sus escenarios o los grandes nombres de su cartel sería quedarse en la superficie. La verdadera identidad del festival se encuentra en aquello que no aparece en ningún programa.

Uno de ellos ocurrió el sábado, cuando Leiva convirtió el escenario principal en un lugar de memoria. El artista, uno de los grandes nombres de esta edición, quiso rendir homenaje a Robe Iniesta, uno de sus músicos más admirados, fallecido el año pasado, con una versión de El hombre pájaro.

Durante unos minutos, el bullicio de las miles de personas reunidas frente al escenario pareció detenerse, en absoluto silencio. Leiva consiguió el extraño milagro de convertir a decenas de miles de asistentes en una sola escucha, casi reverencial, y devolver al presente a una figura que ya forma parte para siempre de la historia de la música.

También hubo momentos en los que no hizo falta mirar hacia el pasado para entender lo que significa Sonorama. Guitarricadelafuente, desde el escenario principal, levantó la mirada hacia el cielo de Aranda y pronunció una frase que parecía resumir el espíritu de aquellos días: “La vida es tan bonita que parece de verdad”.

En un festival donde durante unos días todo parece posible, la frase adquirió otra dimensión. Porque quizá eso sea precisamente Sonorama: un lugar al que se llega sabiendo que, fuera de allí, muchas de las cosas que suceden entre sus escenarios difícilmente volverían a ocurrir de la misma manera.

Valeria Castro durante su actuación en el festival.

Valeria Castro durante su actuación en el festival. Sonorama Ribera

Bajo los últimos rayos de sol del sábado, Valeria Castro puso voz a otro de esos instantes que no necesitan grandes gestos para quedarse en la memoria. Con ese quejido que parece nacer de un lugar más profundo que la propia voz, cantó aquello de “yo te llevaré en el alma la vida entera”. Frente al escenario, dos jóvenes se miraban a los ojos, con las lágrimas recorriéndoles el rostro, como si aquella canción hubiera encontrado las palabras exactas para decir por ellos todo aquello que todavía no se habían atrevido a decirse.

Y hubo también espacio para las despedidas. Love of Lesbian regresó a Aranda dentro de su gira de despedida y lo hizo, además, en su sexta participación en Sonorama. Demasiada historia compartida como para que el concierto del viernes pudiera ser simplemente otro concierto. Cada canción parecía arrastrar consigo un recuerdo, una época y una parte de la memoria de un festival que también ha crecido junto a sus artistas y a su público. Sobre el escenario no solo estaba una banda que volvía a tocar en Aranda: estaba también la huella de todas las veces anteriores.

La música es, sin embargo, solo una parte de todo lo que volvió a suceder aquí. Con los años, Sonorama ha construido una identidad que trasciende los escenarios y que también está ligada a la defensa de los derechos humanos, una dimensión que volvió a hacerse presente durante esta edición.

Desde el escenario, Santi Balmes dejó una de las frases más contundentes del festival al recordar que “honestidad, inteligencia y fascismo no pueden ir de la mano”, mientras Javier Ajenjo, el director del festival, quiso reivindicar que “Sonorama no tolera que la gente se ahogue en el mar y que no se cuide de la gente a la que hay que cuidar”, dijo ante los medios.

Pero si existe un rincón capaz de condensar como ningún otro la personalidad de Sonorama, ese es la Plaza del Trigo. Arde Bogotá, que fueron cabeza de cartel el año pasado, regresó al escenario que fue testigo de sus primeros pasos delante de un público que ha crecido al mismo tiempo que la banda.

Asimismo, Sexy Zebras demostraron que lo suyo con este festival es una cuestión de química. Dos días, dos escenarios. Primero en el escenario principal y después en la Plaza del Trigo, la banda volvió a lanzarse, a ritmo de pogos, contra un público que respondió con la misma intensidad. En Sonorama hay artistas que actúan y artistas que parecen formar parte del propio ecosistema del festival. Ellos pertenecen claramente al segundo grupo.

Y si hay una historia que resume como pocas la relación entre Sonorama y su tierra, esa es la de La M.O.D.A.. David Ruiz, su vocalista, recordó aquellos primeros años en los que la banda se subía a los escenarios del festival ante apenas unas decenas de personas. Esta vez, las canciones fueron coreadas por miles.

La MODA durante su actuación en el festival.

La MODA durante su actuación en el festival. Sonorama Ribera

La escena tenía algo de recompensa y también de agradecimiento: una banda que creció aquí regresaba convertida en uno de los nombres imprescindibles de la música española. Y todavía quedaba una última sorpresa. El domingo, La M.O.D.A. volvió a la Plaza del Trigo como último artista sorpresa de la edición para despedir el festival precisamente donde tantas historias comenzaron.

Es una de las particularidades que hacen diferente a Sonorama: aquí los artistas no siempre se marchan después de cumplir con su gran actuación. Algunos regresan voluntariamente a un espacio mucho más pequeño, donde el escenario está mucho más cerca del público y la distancia entre quienes tocan y quienes escuchan prácticamente desaparece. Una plaza de una ciudad convertida de repente en uno de los grandes escenarios de la música en directo.

Ahora, en los próximos días, los escenarios irán desapareciendo, las vallas serán retiradas y las calles recuperarán poco a poco su pulso habitual. La Plaza del Trigo volverá a parecer demasiado grande y las pulseras se guardarán en cajones, junto a otras pulseras, sumando otro año más.

Ahí reside, quizá, el verdadero secreto de Sonorama. El festival que continúa acompañándonos y nos persigue. Que nos devuelve a lugares donde fuimos felices y que nos transporta a recuerdos como el de la noche en la que 50.000 personas contuvieron el aliento, en absoluto y riguroso silencio, para homenajear a una leyenda.

Porque Sonorama fabrica recuerdos colectivos, pero cada persona termina llevándose uno distinto. Esa es también la memoria de un festival: una colección de instantes que, juntos, terminan construyendo algo mucho más grande que una experiencia.

Porque este festival tiene esa extraña capacidad de existir durante apenas unos días y, sin embargo, quedarse, quizá, para toda la vida.