Paso a la mujer que se abre paso. Carme Riera se ha encaramado en lo más alto de nuestra República de las Letras no por ser mujer, sino por calidad literaria. Destaca en ella la imaginación que no cesa, la inteligencia siempre en carne viva, el conocimiento profundo de la condición humana.

Carme Riera no necesita cuotas. Son muchos sus relatos, sus ensayos, sus novelas admirables, y ahí están, robusteciendo una obra abrumadora y unos éxitos que pocos escritores españoles pueden exhibir. La palabra pedernal de Riera bordonea año tras año su musculatura literaria.

El compromiso de Carme Riera se engrandece con la pasión por la libertad. Me disgusta generalizar. Sin embargo, no me parece aventurado afirmar que Carme Riera sobresale sobre las muchas y excelentes escritoras de ficción que triunfan hoy en la literatura española. Su novela Una sombra blanca es una auténtica obra maestra y así lo han subrayado críticos exigentes de reconocida independencia.

Medio siglo después, la autora entrega al lector una edición revisada del libro con el que se abrió camino: Te dejo, amor, en prenda el mar (Alfaguara). Se trata de una veintena de relatos imaginados en una época que se fue para siempre. “Mallorca –escribe Carme Riera– pertenecía a los autóctonos, no a los foráneos, como ahora...”. Y cita la catástrofe turística: la “balearización, nombre con el que se conocen en Europa los desmanes urbanísticos en la costa de la isla”.

Difícil destacar entre los relatos. Casi todos son sobresalientes. Los he leído sin que decayera un instante mi interés. En “¿Está Ángela?” se deslizan afirmaciones que podrían vertebrar la propia biografía de la autora: “Yo, que siempre de los hombres me burlé; yo, que siempre de los hombres me reí; yo, que nunca sus palabras escuché, hoy en busca de un amante vengo aquí”.

Gran Carme Riera. Es una escritora formidable, independiente y libre, que todos queremos tener cerca y que está siempre lejos, en cada libro más

En otro relato certero, una pareja de enamorados entra en un bar del extrarradio y cuando el camarero pregunta qué van a tomar, la respuesta es idéntica: “Una rebanada de amor con mantequilla, es el pan nuestro de cada día”.

Y en “Ella, María, pariente de James Bond”, concluye: “Cerrar los ojos con el sueño suficiente como para soñarte tan solo una vez más y entregarte después como ofrenda –no prenda, no mar– al necesario olvido, donde, tan a menudo, te he esperado”. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, escribió el poeta grande.

Carme Riera se atreve a decirle al lector, como Unamuno: “Cuando me creáis más muerto, retemblaré en vuestras manos, cuando vibres todo entero soy yo, lector, que en ti vibro”. Espléndido, por cierto, el relato que dedica a su hijo Ferrán, Elegía por unas manos. Lo he releído varias veces.

Basta de carga, carne de cañón, la escritura de Carme Riera se estira hasta la crítica profunda desde un feminismo real: “Y de todos modos, una mujer siempre será una mujer y, si topa hoy, tiene que obedecer al hombre y respetarle”. Descarga la autora en esta frase la faceta más ácida de su escepticismo, del escepticismo que la define. “Espérate –escribe–. Espérate, no está hecha la miel para la boca del asno. Espérate, ya vendrá uno mejor…”.

Gran Carme Riera. Es una escritora formidable, independiente y libre, que todos queremos tener cerca y que está siempre lejos, en cada libro más lejos.

Gran Carme Riera, triunfante en un mundo muy distinto al de Emilia Pardo Bazán. No cede en talento literario a la escritora gallega ni en imaginación creadora a la autora de Los pazos de Ulloa.

Gran Carme Riera. Tiene todavía muchos años por delante para atizar su capacidad creadora. Nadie discute que ocupa lugar preferente en el mundo literario e intelectual. Y cincuenta años después permanece en ella lo esencial de su vida, “el compromiso moral con la libertad, la tolerancia y la dignidad humana”.