Jesús Carmona en un momento de 'Bailar al tiempo'.

Jesús Carmona en un momento de 'Bailar al tiempo'. Carlota Guzmán / Madrid Destino.

Danza

'Bailando al tiempo': el flamenco sin fisuras de Jesús Carmona en Los Veranos de la Villa

El bailaor presenta un espectáculo que es una celebración de la memoria, el virtuosismo y el placer de compartir el escenario.

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Hay espectáculos que necesitan contar una historia para mantener al público atento. Otros se apoyan en una escenografía deslumbrante, en un concepto que debe explicarse o en una dramaturgia que obliga a leer el programa de mano antes de que se apaguen las luces. Bailando al tiempo, dirigido e interpretado por Jesús Carmona, no necesita nada de eso.

Su argumento es la danza. Su hilo conductor es el flamenco. Su razón de ser está en el encuentro de cuatro artistas que se conocen, se admiran y disfrutan compartiendo el escenario. La propuesta parece sencilla, aunque no lo es.

La memoria y la vanguardia se dan la mano para crear recuerdos nuevos en el espectador. La frase podría resultar grandilocuente, pero el espectáculo la demuestra. Cada intérprete lleva consigo una historia, una forma de pisar, de mirar, de ocupar el espacio.

Un momento del espectáculo 'Bailando al tiempo' en Veranos de la Villa.

Un momento del espectáculo 'Bailando al tiempo' en Veranos de la Villa. Carlota Guzmán / Madrid Destino.

No se trata únicamente de ejecutar alegrías, soleás, tarantas o bulerías. Se trata de mostrar cómo esos palos permanecen vivos porque cada cuerpo los recibe, los transforma y los devuelve al público.

Jesús Carmona ha construido un espectáculo sin una trama argumental de compleja comprensión. Se agradece. No hay símbolos innecesarios ni escenas que pretendan ocultar la danza bajo una capa de solemnidad.

En cambio, hay un paseo por distintos estilos, temperamentos y maneras de entender el flamenco. Ese recorrido reúne las vivencias pasadas y una mirada hacia el futuro. No propone una ruptura con la tradición, sino una conversación con ella.

Un momento de 'Bailando al tiempo', en Veranos de la Villa.

Un momento de 'Bailando al tiempo', en Veranos de la Villa. Carlota Guzmán / Madrid Destino.

La música ocupa un lugar esencial. Los músicos no funcionan como un acompañamiento subordinado a los bailarines, diría que son una presencia activa que respira con ellos. El cante, la guitarra y la percusión construyen un espacio sonoro preciso, generoso y atento.

El flamenco exige esa escucha compartida. Un taconeo puede mandar, pero también responder. Una pausa puede ser tan importante como una llamada. En Bailando al tiempo, los músicos entienden que acompañar no significa seguir desde atrás, sino participar en igualdad en la creación del instante.

Lucía Campillo destaca desde sus primeras apariciones por un virtuosismo fuera de lo común. Su taconeo es enorme, no solo por la velocidad o la potencia, sino por la claridad. Cada golpe llega donde debe llegar. No hay ruido, sino articulación. No hay una exhibición vacía, sino una escritura rítmica compleja construida con los pies.

Un momento de 'Bailando al tiempo', en Veranos de la Villa.

Un momento de 'Bailando al tiempo', en Veranos de la Villa. Carlota Guzmán / Madrid Destino.

Campillo posee además una cualidad difícil de encontrar: puede desplegar una técnica abrumadora sin perder ligereza. Su baile avanza con seguridad, pero nunca parece pesado. Hay en ella una energía que atraviesa el espacio y una conciencia musical que evita que el virtuosismo se convierta en mero alarde. Cuando acelera, no precipita. Cuando golpea, no aplasta. Su dominio técnico está al servicio de una personalidad escénica luminosa.

Belén López ofrece uno de los registros más intensos de la noche. Su dramatismo no necesita excesos. Aparece en la forma de sostener una mirada, de detener un brazo o de dejar que el cuerpo se tense antes de liberar el movimiento. López baila desde un lugar profundo. Su presencia escénica tiene algo de confesión y algo de desafío.

En sus intervenciones, el flamenco recupera su dimensión más trágica sin caer en el tópico. No hay impostura ni una búsqueda artificial del desgarro. Hay verdad teatral. Belén López comprende que el dramatismo no consiste en acumular gestos, sino en dotar a cada gesto de una necesidad. Su danza posee peso, arraigo y una intensidad que permanece incluso cuando está quieta.

Alfonso Losa representa otra forma de grandeza. Su baile avanza desde la contención hasta la explosión. Primero mide el terreno, escucha y concentra la energía. Después la libera. Ese tránsito está realizado con una inteligencia extraordinaria. Losa no tiene prisa por demostrar quién es. Deja que el baile lo revele.

Su cuerpo parece guardar una fuerza que solo emerge cuando resulta imprescindible. De ahí nace la emoción. Cuando llega la explosión, no es un recurso efectista, sino la consecuencia de todo lo anterior. Su arte pertenece al de los grandes porque sabe administrar el tiempo. Entiende el valor de la espera, del silencio y de la preparación. En una época inclinada a mostrarlo todo de inmediato, Losa recuerda que el flamenco también consiste en retener.

Jesús Carmona reúne las cualidades de un bailarín excepcional. Sus condiciones físicas le permitirían transitar incluso por los códigos del ballet clásico: líneas limpias, control del eje, amplitud de movimiento y una coordinación precisa. Sin embargo, su lenguaje está firmemente anclado en el flamenco. No utiliza esas capacidades para alejarse de él, sino para ensancharlo.

Un momento de 'Bailando al tiempo', en Veranos de la Villa.

Un momento de 'Bailando al tiempo', en Veranos de la Villa. Carlota Guzmán / Madrid Destino.

Carmona despliega una pléyade de aptitudes dancísticas. Es rápido, elegante, musical y poderoso. Puede resolver una secuencia de gran dificultad técnica con naturalidad y, en el instante siguiente, reducir el movimiento hasta dejarlo en un gesto mínimo. Su baile no se conforma con la brillantez. Busca matices, contrastes y formas diferentes de relacionarse con la música.

Como director artístico, tiene además la inteligencia de no convertir el espectáculo en un vehículo exclusivo para su lucimiento. Comparte el escenario y permite que cada artista conserve su identidad. No pretende uniformarlos. Precisamente ahí se encuentra uno de los grandes valores de Bailando al tiempo: Campillo, López, Losa y Carmona no se parecen entre sí, ni falta que hace.

El encuentro funciona porque la diversidad no rompe la unidad. Cada uno aporta una temperatura, un acento y una forma distinta de entender el flamenco. El diálogo surge de esas diferencias. A veces se retan. Otras se acompañan. En ocasiones parecen celebrar el puro placer de coincidir sobre las tablas.

El título adquiere así pleno sentido. Bailarle al tiempo no significa únicamente mirar hacia atrás ni apresurarse hacia el futuro. Significa reconocer lo aprendido, habitar el presente y permitir que la tradición continúe transformándose. El flamenco lleva siglos haciendo exactamente eso: conservarse mediante el cambio.

Bailando al tiempo es una cita ineludible para quienes aman el flamenco y una puerta de entrada excelente para quienes desean conocerlo. No exige conocimientos previos. Basta con mirar y escuchar. La técnica impresiona, pero la emoción resulta accesible. La variedad de palos ofrece distintos caminos hacia un mismo centro.

Estamos ante un espectáculo sin fisuras, sostenido por cuatro intérpretes extraordinarios y unos músicos excelentes. No sobra nada. Tampoco falta. Al terminar, queda la sensación de haber asistido no solo a una función, sino a un encuentro irrepetible. Merece la pena verlo. Y merece, sin duda, la pena repetirlo.