Una imagen de 'Rasputín'. Foto: Alba Muriel

Una imagen de 'Rasputín'. Foto: Alba Muriel

Danza

Rasputín o la cantera que desafía la sombra en el Círculo de Bellas Artes

JAC Ballet vuelve al cuerpo como centro. A la línea, al salto, al equilibrio, a la interpretación. Y en Rasputín: la sombra de la corona esa apuesta se ve con claridad.

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Este fin de semana Madrid se desbordaba en eventos: la Feria del Libro, Bad Bunny y una misa multitudinaria del Papa parecían disputarse cada metro de atención ciudadana. No obstante, la Sala Fernando de Rojas hizo lleno total para asistir a Rasputín: la sombra de la corona, ballet de Alessandro Alfonzetti para JAC Ballet, bajo la dirección de José Antonio Checa.

Ese dato dice mucho. La danza, cuando se trabaja con rigor, también convoca.

JAC Ballet es una agrupación danzaria con base en la academia del mismo nombre, empeñada en desmentir esa frase gastada según la cual el ballet es una empresa imposible en la España de hoy.

Allí, más de setenta jóvenes de orígenes diversos se forman en la disciplina y el amor por un arte excelso, demasiadas veces entendido como territorio de élites. No lo es. El ballet pertenece a quien lo trabaja, lo suda, lo defiende y lo comparte.

Checa lo sabe. Su proyecto parte de una convicción: la técnica no es una jaula, es una herramienta de libertad. En tiempos de atajos escénicos, JAC Ballet vuelve al cuerpo como centro. A la línea, al salto, al equilibrio, a la interpretación. Y en Rasputín: la sombra de la corona esa apuesta se ve con claridad.

La coreografía de Alessandro Alfonzetti nace de un estudio sobre las distintas etapas de la vida de Rasputín y su relación con la familia Romanov. El planteamiento tiene interés: usar lenguajes diferentes para enmarcar los grupos sociales que atraviesan la historia.

La familia imperial se mueve en un registro cercano al clásico; los mencheviques -la facción moderada y minoritaria del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, cuyo nombre significa “miembro de la minoría”- aparecen asociados a un contemporáneo de mayor exigencia física.

La idea funciona en muchos momentos. Permite distinguir mundos, tensiones, jerarquías. El problema surge cuando esa misma virtud introduce cierta distorsión en la continuidad coreográfica. La mezcla de estilos, por lo general eficaz, a ratos fragmenta el relato y obliga al espectador a recomponer la unidad de la obra.

El ballet ganará con el rodaje, afinando transiciones y limpiando los puntos donde el lenguaje cambia de piel con demasiada brusquedad.

Dicho esto, hay escenas memorables. Alfonzetti construye frases de gran dificultad física y actoral, exige a los intérpretes mucho más que corrección técnica. Les demanda presencia, intención, carácter. Les reclama asumir el riesgo de contar una historia oscura sin esconderse detrás de la forma. Y los jóvenes bailarines de JAC Ballet aceptan el desafío con una madurez que impresiona.

Destaca Miguel Macías como Rasputín. Su plasticidad aporta al personaje una fisicalidad ambigua, entre lo terrenal y lo espectral. No compone un villano plano ni un místico de postal. Su Rasputín parece arrastrar una fuerza que lo supera. Hay algo turbio, magnético, casi animal en su manera de atravesar el espacio.

Una imagen del espectáculo. Foto: Alba Muriel

Una imagen del espectáculo. Foto: Alba Muriel

La italiana Giorgia de Fazio fue una revelación en el difícil papel de Praskovia. Tiene gracia, entrega escénica y una presencia capaz de sostener la mirada del público sin necesidad de subrayado. Su interpretación aporta una humanidad necesaria en medio de un relato dominado por la sombra, el poder y la condena.

El incombustible Eric Soler volvió a regalar una excelente ejecución de Aleksej. Más allá de su limpieza danzaria, lo valioso está en el histrionismo bien medido con que construye el personaje. Pasa de la travesura infantil al dolor de una enfermedad sin origen conocido con una naturalidad que conmueve. Soler no baila sólo los pasos: entiende el arco emocional del niño condenado por la sangre y la historia.

También merece mención Eugenio Sangiovanni, dentro del grupo de las Almas, esos seres fantasmáticos que atormentan a Rasputín. En él parece no haber frontera física. Su cuerpo se pliega, se lanza, se suspende y cae con una libertad que roza lo imposible. Cada aparición suya añade tensión al clima de pesadilla que atraviesa la obra.

Rasputín: la sombra de la corona no es un ballet menor. Es una pieza ambiciosa, con hallazgos y zonas aún por ajustar, pero sostenida por una cantera que demuestra hasta dónde puede llegar la danza cuando encuentra método, dirección y hambre de escenario.

Este ballet que desafía la oscuridad es también una prueba de las canteras que existen en Madrid para construir una danza de altura. Y todo ello es culpa -bendita culpa- de un equipo que no entiende de barreras cuando se trata de generar belleza.