Una imagen del espectáculo de JAC Ballet. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

Una imagen del espectáculo de JAC Ballet. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

Danza

JAC Ballet: la disciplina rusa encuentra futuro en Madrid

En el Auditorio Montserrat Caballé, entre la disciplina y el deseo, la compañía dirigida por José Antonio Checa mostró algo más que una función. Mostró una dirección. Y eso ya es empezar a volar.

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El JAC Ballet no debería leerse como una simple muestra de alumnos. Ese sería el error. Lo que se presentó en el Auditorio Montserrat Caballé fue algo más ambicioso: una declaración de principios sobre cómo puede formarse una nueva generación de bailarines en Madrid sin renunciar al rigor del ballet clásico ni a la necesidad de dialogar con el presente.

El propio programa lo define como una propuesta que conecta la tradición lírica con la creación contemporánea y reúne a más de setenta bailarines de distintas nacionalidades en un viaje escénico de dos horas.

Ese dato importa. No por la cifra, sino por lo que revela.

JAC Ballet, bajo la dirección artística de José Antonio Checa, está construyendo algo singular. Hay escuela, sí. Hay técnica, disciplina, repetición, línea y control. Pero también hay una voluntad de escena. Es decir, de mundo.

El primer acto, dedicado al Grand Pas Classique de Paquita, funciona como prueba de fuego. Pocas piezas exponen con tanta claridad las virtudes y carencias de una formación clásica. Paquita no perdona -decimos siempre-. Exige colocación, musicalidad, estabilidad, sentido del estilo y esa mezcla de elegancia y resistencia que define al ballet clásico.

En la versión adaptada por Elena Leontyeva y José Antonio Checa, la pieza conserva su carácter de gran escaparate técnico, y, a la vez, se ajusta a las características de los intérpretes. Esa decisión resulta inteligente: respetar la tradición sin convertirla en una camisa de fuerza.

Confieso que justo ahí se percibe la mano rusa que atraviesa el proyecto.

Checa no trabaja el clásico como una reliquia, sino como una lengua madre. La herencia de la Academia Vaganova de San Petersburgo se nota en la importancia concedida a la limpieza, al eje, al uso del torso, a la proyección de los brazos, a la manera de sostener una variación sin convertirla en gimnasia.

En tiempos donde demasiadas propuestas confunden modernidad con descuido formal, ver a jóvenes bailarines enfrentarse a Paquita con seriedad produce una satisfacción particular.

El JAC Ballet, en el Auditorio Montserrat Caballé. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

El JAC Ballet, en el Auditorio Montserrat Caballé. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

Tanto el cuerpo de baile como los solistas tuvieron momentos de solvencia y otros donde se evidenció el temblor de la juventud. No obstante, brillaron con fuego Marina Galón, Eric Soler y Eugenio Sangiovanni. Ellos demostraron la precisión que exige un solo, de esos que se suelen conquistar con aplomo y experiencia.

El caso específico de Soler habrá que seguirlo con detenimiento, estamos ante un bailarín en ciernes que encabecerá elencos de sitios excelsos.

El segundo acto abrió el abanico hacia la creación contemporánea y neoclásica. Y ahí apareció la otra cara del proyecto. JAC Ballet quiere bailarines capaces de sostener el repertorio, pero también de atravesar lenguajes actuales.

Las piezas de Ilya Jivoy, Alessandro Alfonzetti, Kirill Radev y Marta Papaccio dibujaron un paisaje diverso, a ratos íntimo, a ratos físico, a ratos más preocupado por la atmósfera que por la narración.

La transición desde Paquita hacia ese territorio resultó reveladora. El clásico ordena el cuerpo; la contemporaneidad lo interroga.

En esa tensión se juega buena parte del futuro de estos bailarines. Algunos parecían más cómodos en la arquitectura académica; otros encontraban mayor libertad en las obras del segundo acto.

Esa diferencia, lejos de ser un problema, confirma la riqueza.

Entre las propuestas contemporáneas destacaba una preocupación común por la vulnerabilidad, la búsqueda y la transformación. El programa hablaba de identidad, fragilidad, conexión, heridas, resistencia y crecimiento. Son palabras que podrían sonar abstractas, pero en escena encuentran sentido cuando quienes bailan consiguen encarnarlas.

Una imagen del espectáculo. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

Una imagen del espectáculo. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

No siempre ocurrió con la misma intensidad. Algunas piezas necesitarían mayor depuración dramatúrgica para no quedarse en estados emocionales reconocibles, pero todavía generales. Sin embargo, hubo muchos momentos de verdad física, de entrega y de escucha.

Tremendamente interesante resultó comprobar cómo los intérpretes más jóvenes asumían códigos que exigen algo más que flexibilidad y fuerza. La danza contemporánea pide presencia, riesgo, capacidad de sustentar el silencio, inteligencia en el peso y una relación honesta con el compañero.

No basta con moverse bien. Hay que saber estar. Y ahí JAC Ballet mostró un material humano de altura. Esa frontera, cuando se alcanza, produce algunos de los mejores momentos de la noche.

El riesgo de un programa tan amplio es la dispersión. Dos horas, más de setenta bailarines, repertorio clásico, creación original, distintos coreógrafos y múltiples registros pueden convertir la velada en una suma de materiales.

En ciertos tramos, habría venido bien una estructura escénica más compacta, un hilo que ayudara a conducir al espectador entre mundos tan distintos. Pero esa misma amplitud permite entender la ambición del proyecto: mostrar no una pieza cerrada, sino un ecosistema.

Y ese ecosistema tiene algo muy valioso: hambre. Hambre de bailar, de aprender, de escena. Se ve en los cuerpos jóvenes que salen a defender una variación como si les fuera la vida en ello. Se vislumbra en los intérpretes que atraviesan las piezas contemporáneas buscando una voz propia.

Especial atención merece el trabajo de Alessandro Alfonzetti –coreógrafo residente de JAC ballet—. Sus piezas, repartidas en el programa, funcionan como puentes entre la técnica neoclásica y una fisicalidad más actual. Hay en ellas una exigencia clara: bailar con precisión sin perder humanidad.

Merece la pena mencionar dos. Con Elio –interpretada por un exquisito Eugenio Sangiovanni— el coreógrafo italiano afincado en Madrid busca la plasticidad del bailarín para revelarnos que la fuerza suele surgir en lo frágil. En contraste, 22:22 –también de Alfonzetti— el creador abandona el solo para usar toda la compañía y crear un único organismo compuesto por más de setenta seres. ¿Locura? Quizá, pero de esas que son dulces.

JAC Ballet, en Madrid.  Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

JAC Ballet, en Madrid. Foto: Jonathan Ocampo Yandy.

El JAC Ballet confirma que Madrid cuenta con un proyecto que merece atención. No por promesa vaga, sino por resultados visibles. Habrá que pulir transiciones, afinar ciertos conjuntos, dar más madurez interpretativa a algunos jóvenes y ordenar mejor la dramaturgia global de futuras muestras. Pero la base está. Y cuando la base es sólida, el futuro deja de ser consigna.

José Antonio Checa parece haber entendido algo esencial: el ballet no sobrevive por nostalgia, sino por transmisión. Y transmitir no significa copiar el pasado, sino entregarlo a cuerpos nuevos para que lo continúen.

Esa noche, entre Paquita y las heridas contemporáneas, entre la escuela rusa y Madrid, entre la disciplina y el deseo, JAC Ballet mostró algo más que una función. Mostró una dirección.

Y en danza, tener dirección ya es empezar a volar.